Termina el viaje a San Francisco. FIN.

17 08 2010

El lunes nos despertamos como buenamente pudimos y desyunamos algo de lo que nos quedaba. El día anterior, al llegar al casino confiábamos en tener nevera en la habitación donde gyuardar la fruta y la comida que compramos en el supermercado. Resultó que no tenía tanto nivel nuestra habitación. De modo que en un acto de pensamiento creativo, quité las bolsas a las dos papeleras que aun no habíamos usado y Sali al pasillo a rellenarlas con el jielo de una máquina. Gracias a eso pudimos ir tirando y las uvas, los albaricoques y los yogures nos aguantaron el resto de los días. A las siete salia el autobús hacia el Gran Cañón y como teníamos un buen trecho hasta la frontera de Nevada con Arizona, intentamos recuperar las horas de sueño. Y digo intentamos porque una vez atravesamos el desierto y entramos en la Reserva Natural del Gran Cañón la carretera se volvía de todo menos carretera y no pudimos dormir nada de los saltos que pegaba el autobús. Entramos en la reserva de los indios nativoamericanos a todo trapo, nos hicieron esperar lo menos cuarenta minutos hasta darnos todos los papeles para salir marchando a ver el cañón y, como teníamos que regresar a la Terminal principal antes de las dos y aun no habíamos comido, tuvimos que parar en Eagle Point a comer una asquerosa bandeja de comida que nos costó 60$ (estos nativoamericanos están montados en el dólar) y asomarnos un poco al barranco, apenas sacamos un par de fotos desde Guano (en serio que se llama asi) Point y regresamos a Terminal con el tiempo justo, sólo para que nos hiceran esperas una hora y cuarto hasta que el chino-guía que teníamos se organizó con las agencias de vuelos para ver en qué helicóptero nos mandaba volar. A estas alturas yo ya tenía un cabreo que no me aguantaba. Por mucho menos en España ya les estarían demandando, pero con estos jodíos chinos no hay forma de hacerse entender, son expertos en hacerse los despistados. Yo no sé por qué seguimos usando la expresión “me han engañado como a un chino” si en realidad son los chinos quienes nos engañan a nosotros, especialmente si trabajan en una agencia de viajes. Y conste que esto no lo digo para todos los chinos en general, sino solo para aquellos que estafan a los turistas hindúes, occidentales e incluso chino-coreanos con viajes a contrarreloj. En fin, que después de la tremenda pérdida de tiempo (recordemos que no disfrutamos del Gran Cañón al ir con prisas) y mi consecuente cabreo, finalmente nos despacharon un nos sacaron al helipuerto desde donde pudimos volar. Y vaya si volamos. Descendimos el barranco con unas vistas dignas de cualquier documental de la dos. Nos dejaron en el fondo, a la orilla del rio Colorado, donde una pqueña barquita a motor nos navegó rio arriba y dejó que la corriente nos arrastrase de regreso al puertecito (de paso el capitán nos explicó algunos detalles como la altura máxima del barranco, la división territorial del Gran Cañón y como los indios se estaban forrando a base de explotar la Reserva Natural). Cogimos de nuevo el helicóptero y volvimos a la superficie, donde nos metieron de nuevo en un autocar de regreso a las Vegas. Llegamos allí con tiempo de sobra, en comparación al día anterior, para ver el espectáculo de luces y agua del Bellagio, entrar en el MGM donde era tan tarde que habían guardado a los leones y caminar hasta el Luxor. Un lunes, a aquellas horas de la madrugada solo estábamos Lola, Sara, la alemana y yo junto a nuestro medio metro de licor para llevar la fiesta. Vimos que la policía se llevaba a una esposada y decidimos volver en autobús. Nos equivocamos y terminamos al otro lado de La Riviera. Tuvimos que caminar de nuevo hasta el Circus-Circus (me duele hasta escribir su nombre) y llegamos a las tres de la madrugada.

El martes fue dia de carretera las doce horas que tardamos en regresar a San Francisco. Salimos a las siete de la mñana tras apenas tres horas de sueño. Intentamos descansar haciendo contorsionismo en los asientos del autobús (ya sabeis como van estas cuasa cuando alguien quiere dar una cabezadita durante el viaje en esos incómodos asientos). A veinte minutos de llegar ya se veía cómo las nubes sorteaban las lomas de las colinas del pacífico y nos sumergimos (literalmente) en una masa compacta de niebla que invadía la autopista. Como ya eran las siete de la tarde y estábamos para el arrastre, nos las apañamos para intentar tomarnos unas cervezas en un bar y despedirnos de la alemana, que se iba a Nueva York aquella misma madrugada. No pudo ser. Entre pitos y flautas, para cuando la alemana (y un amigo suyo que estaba en la residencia de Lola) a parecieron, Sara y yo ya nos habíamos tomado las cervezas y nos recogíamos. No habia ni rastro de Lola o de su amiga que había venido de visita. como ya era tarde y Flores, la compañera de cuarto de Sara, se había ido de viaje a Los Ángeles con Victor y Sergio, me quedé a dormir en su residencia, total, los recepcionistas ya se pensaban que vivía allí.

El miércoles, por hacer algo diferente en clase, leí mi redacción sobre el fin de semana en inglés con acento hindú. Durante el descanso me acerqué a preguntar sobre cómo figurarían las horas lectivas en el certificado que tendría que enviar al ministerio. Me sorprendió ver que era diferente a lo que me dijo el primer día y lo comenté con algunas personas que tambien venian con beca y a quienes les afectaría el proeblema, de modo que decidí esperarme al final de las clases para poder hablar con el director. Dio la mala suerte de que el director se habia echo un lio y no estaba muy convencido de querer poner uncamente las sesiones lectivas en vez de las horas reales, justo lo contrario de lo que me dijo cuando se lo comenté el primer día que puse los pies en su academia. Quería poder pasar y hablar con el en un sitio mas apropiado que el pasillo, pero fue imposible ya que estabamos completamente rodeados de españoles y el director, a pesar de tener que hablar conmigo estaba pendiente de los comentarios que gritaban todos los demás. Fue muy confuso y, de mala manera, conseguimos llegar a un acuerdo, no porque el director no quisiera sino porque debía sentirse intimidado rodeado de tantos alumnos con cara de pocos amigos. Por la tarde quedé con Lola, su amiga Fani, Jose y Sara para acercarnos a ver más murales a Mission. Paseamos por las calles principales por donde ya estuve anteriormente y, después de cenar en una taquería, nos recogimos cada cual a su sitio.

El jueves, como era mi ultimo día recogí mi diploma con tranquilidad para poder mandarlo al ministerio cuando regresara. Por la tarde se suponía que íbamos a hacer botellón en Baker Beach, de modo que dejé a la gente en la puerta de clase y me fui a soltar todas mis cosas a casa, que con la tontería, todavía no había pasado por casa desde el martes. Me duché, hice la maleta y sali cagando leches a la avenida 19 donde compre unas latas de cerveza mientras esperaba a que llegara el autobus. Cada poco rato comprobaba mi movil para saber si habia noticias de la gente y mandaba mensajes para asegurarme, sin embargo ninguno llegaba a pesar de encontrarme bien de cobertura, batería y saldo. Poco sospechaba que la tarjeta de mi movil me habia caducado y estaria incomunicado. Ante la falta de noicias segui adeñante con el plan, cogi el autobus, me baje al pie del Golden Gate Bridge, recorrí los tres kilómetros de senda a pie de carretera por la costa acantilada que me separaban de Baker Beach solo para llegar y no encontrar a nadie. Ahi fue cuando decidí llamar y una voz mejicana me decia que no podría usar mi movil hasta que no recargara más dinero. Cabreado y cansado, con las cervezas ya tibias, cogi un autobus de regreso a mi casa desde donde llamé con el fijo de la señora para saber que cojones habia pasado con lo del botellon en Baker Beach y por que coño no me habian avisado. Estaban todos reunidos en Lalola, el café de hermano de ALex, porque habian visto que en Baker Beach hacía muy mal tiempo (como pude comprobar en mis carnes atravesando la vegetación cargado con las cervezas) y se habian vuelto para ponerse a resguardo. La niebla inundaba San Francisco como nuca la habia visto y, de noche, la luz de las farolas me hacia recordar el Silent Hill. Cuando nos asomamos para ver el espectáculo, coincidimos con un grupo de españoles de los cuales estuve hablando con una en el aeropuerto de Filadelfia, cuando venía. Eran de San Diego y estaban de turismo en la ciudad, iban a ver Chinatown a pesar del frio, la niebla y de que, joder, era de noche. Alex les invitó a pasar sin ir a cuento y, una vez que entraron, me vi en la dificial e incomoda situación de mantener una conversación con un grupo de siete desconocidos, de los que conocía a una de hablar diez minutos con ella. Como veía que ni Lola, ni Sara, ni Alex estaban por la labor de unirse en tan delicado atolladero, fui cortando los temas de conversación, hasta que la idea de irse surgió de la boca de una del grupo y, finalmente se largaron. Como resultó que aquella noche tambien era la última noche de un camarero del bar, iban a salir de fiesta, asi que nos apuntamos para ver a cómo seria aquello. Tras mucho caminar, terminamos en un sitio un poco pijo donde se servían vinos mayormente y la media de la clientela rondaba los treinta y pocos años, de largo, nuestras idea de fiesta distaba mucho de aquel sitio. Aceptamos cortesmente unos tragos de vino y en cuanto se hizo un poco tarde y lola, Fani y Sara se recogían, me fui con ellas sabiendo que en aquel sitio no sucedería nada más interesante. de nuevo me quedé a dormir en la residencia de Sara, aprovechando que su compañera Flores seguía de viaje.

El viernes desyunamos waffles e hicimos tiempo hasta qe llegó la hora en la que habíamos quedado con el resto. Sara se fue a ver Twin Peaks y Chinatown, mientras yo me iba al cine con Jose, a quien convencía para ver Scott Pilgrim contra el mundo el día del estreno. Tal vez no me quedase el fin de semana para disfrutar del concierto indie en el Golden Gate Park de los Strokes y Kings of Leon, pero al menos tendría algo de lo que hablar al regresar a España. tras la pelicula, nos encontramos con las chicas en North Beach y dimos vueltas viendo el museo Beatnik y las callejuelas anteriores a Telegraph Hill. Luego bajamos Chinatown hacia Market, topándonos continuamente con un grupo de turistas de San Diego que iban de viaje de colegas y no dejaban de hablarnos. Fianlmente les dimos esquinazo cuando entramos a una tienda de ropa donde nos tiramos un buen rato. Después de aquello me fui con jose a su resi para pasarme fotos mientras las chicas seguian de compras y, a eso de las nueve, regresé a la residencia de Sara, donde íbamos a cenar. Tomamos el control de la cocina y nos hicimos unos buenos macarrones con beicon. Para bajarlos, nos sentamos en el salón a ver la pelicula de Wanted, cuyo comic me comencé a leer aquella tarde que pasé en el Borders solo para leerme el final de Sacott Pilgrim antes de que estrenaran la pelicula. Como la cosa ya estaba decayendo y a mi se me hacía tarde, hice un inteto de despedirme, que resultó en que fani, lola y sara se pusieran en marcha para salir de fiesta y, finalmente, en la puerta del hostal nos depedimos. Regresé a mi casa en el metro con tan mala pata de sentarme al lado de un norteamericano muy raro que no hacia más que protestarme sobre lo mal que habían jugado los Giant, cuando le pregunté me comentó cosas acerca de los sitios por donde solí salir él de fieta y de más cosas raras sobre el turismo que tendría que hacer yo en San Francisco. Menos mal que s bajó antes que yo. En la casa estaba todo en silencio. la señora hacia rato que se habia ido a dormir. Me duché, revisé mi correo, le dejé una nota de agradecimiento y saqué las maletas al recibidor. Entonces me di cuenta de que en lsofé habia más parientes durmiendo. Me despedía con un seco “Buenas noches” y me salí a la calle a esperar el shuttle que me llevara al aeropuerto donde, tras una larga cola de facturación, conseguí meterme en el avión.

Al contrario de lo que me ha sucedido otras veces, esta vez, en San Francisco, no tuve una sensación de querer marcharme de allí cuanto antes. Creo que ya me había empezado a acostumbrar a vivir allí, a coger el metro todos los días, a encotrarme a la misma gente siempre. Dudo mucho que mi nivel de inglés haya mejorado mientras he estado allí, pero, una vez más, lo más interesante de ir a un sitio nuevo es conocer a gente nueva, y de eso he tenido ocasiones a patadas. Los ha habido buenos, malos y mejores. De todos he aprendido algo y de todos he logrado mejorarme un poco. Sigo sin conseguir el principal objetivo de este viaje pero por lo menos tengo la satisfacción de poder decir que lo he intentado. Ya habrá más suerte la próxima vez.





Viajando más allá de San Francisco.

11 08 2010

El lunes me quedé dormido. No lo planeé. De hecho, me desperté a las siete y media con el tema de apertura de los Soprano (como todos los días) y apagué el despertador del movil. Lo siguiente que recuerdo fue bostezar y mirar el reloj. Ya habían pasado dos horas. Como llegaba tarde, intenté despertarme cuanto antes. Me encontré a la señora en la casa, cosa rara porque siempre está fuera cuando yo me levanto. Sali a todo trapo a coger el tranvía. Cuando ya casi había llegado al final de Sunset (la zona en la que vivo) me di cuenta de que no tenía llaves, asi que tuve que darme la vuelta y regresar a la casa. Con las llaves en el bolsillo cogí de nuevo el tranvía a eso de las once menos cuarto. Llegué a la puerta de la escuela justo a tiempo para el descanso del almuerzo y, como no había desayunado, me compré un taper de comida en el deli tailandés al que solíamos acudir cuando hacía buen tiempo. Parece ser que mientras yo dormía hicieron un examen con el que tendría que ponerme al día. Por la tarde hice un par de compras y cogimos un cable car hasta Fisherman’s Wharf (otra vez, otra vez). Por el camino, como había confianza, íbamos colgados de los barrotes exteriores y cada vez que el tranvía arrancaba sacábamos los pies como si lo impulsáramos al estilo Picapiedra. Además de tener un público que estaba flipando al hacer esas chorradas, la gente de la calle se partía el culo al vernos arrancar el tranvía y frenarlo. También nos tocó un conductor simpático que nos seguía el rollo. En una parada dijo: “Voy lleno, voy lleno. No puedo coger a nadie más aquí arriba. Bueno, si hay alguna señora soltera igual si, igual si tengo algun hueco”. Fue muy divertido. Vimos el mítico Muséé Mechanique donde tenían recreativos de todas las épocas (incluyendo zootropos que se ponían en marcha con monedas de diez centavos y que mostraban un dibujo de una cabaretera que enseñaba las piernas arremangándose la falda), aunque la estrella para mí fue una máquina recreativa original de Atari con el Pong. Los veinticinco centavos mejor invertidos, a pesar de la paliza que me dio Jose. Y es que, por extraño que parezca, el mando de la primera recreativa de la historia de los videojuegos es muy complicado de manejar. También tenían una recreativa de Ms.Pacman horizontal, como a la que juegan los personajes de 500 Días Juntos. Se nos hizo tarde y volvi a mi casa con el tiempo justo.

El martes hicimos excursión al barrio de Mission, a ver los murales que mantienen a raya las luchas territoriales entre bandas, ya que no suelen grafitear sobre los murales y, por ello, casi todas las calles están cubiertas de pinturas para que no puedan reclamarlas como su territorio. También me compré el burrito sencillote la taquería El Farolito que, para ser sencillo, iba muy completo. Pedazo burrito que me meti para el cuerpo. Finalmente, mientras el grupo descansaba en Dolores Park, Alex, Victor y yo nos escaqueamos para comprar unas cervezas en el 7eleven que había cerca y disfrutamos de una breve siesta al sol tirados en el césped del parque mientras los demás comían en un corrillo. Por la tarde el grupo se iba a ver Alcatraz, de modo que me quedé leyendo en Borders haciendo tiempo hasta que regresaran. Por cierto que me ha molado el último número de Scott Pilgrim. A ver que tal está la película. A eso de las siete me puse en contacto con el grupo y, tras coger el tranvía a Embarcadero, acabé encontrándoles bajo la Pirámide Transamericana. Allí nos separamos y me quedé con Sara dando vueltas por Chinatown, buscando las agencias de viajes en las que estuve con el grupo de profesoras de la Autónoma cuando buscaban tours a Las Vegas. Resultó que estaban cerradas. Dimos un par de vueltas, encontramos a unos compañeros de clase y tras aquello fui a cenar a la resi de Sara y salimos tal cual íbamos a un pub donde servían bebidas a 2$. Aquello estaba petadísimo y como veía que eran las diez y media y aquello iba para largo, dejé a la gente en la cola que había para entrar y regresé a casa. No cené de lo cansado que iba (todavía me aguantaba el burrito y la cena con Sara).

El miércoles resultó que a la profesora le dio una reacción alérgica en los labios en medio de clase. La gente empezó amurmurar y a hacer bromas a sus espaldas a pesar de ser evidente que se trataba de una reacción alérgica y, después el almuerzo, tuvo que irse, algunos dicen que llorando, aunque no me creo esto último. Tras el almuerzo vino la chica de la oficina a sustituirla. Ella dejó claro que no era profesora y que era la primera vez que la pedían dirigir una clase, se la notaba muy nerviosa y los malagueños no dejaron de estresarla a base de preguntas comprometidas (comprometidas para la cultura estadounidense ya que aquí no se estila como “gracioso” el preguntar de buenas a primeras cuántos hemanos tienes, qué haces en tu tiempo libre, a qué lugares sales de fiesta y si algun día me enseñarás esos lugares). Por fortuna no em quedé mucho tiempo viendo como vacilaban a la pobre muchacha, que encima era más joven que nosotros, ya que tenía que encontrarme con Patricia frente al puerto 33 donde cogeríamos el ferry hasta Alcatraz. La visita a la isla no estuvo mal. Hombre, aquello tenía casi todas las instalaciones cerradas y como se considera un parque natural y no pueden echar a las gaviotas apestaba a mierda de pájaro, pero la mayoría del audiotour te guiaba por dentro del edificio con lo que evitabas los malos olores y, si tenías que salir afuera, el intenso viento que soplaba hacía que se te congelaran los huesos, de modo que el olor era la menor de tus preocupaciones. Acabamos el tour y nos sentamos a merendar mientras dejábamos salir el ferry de las cinco. Esperando me mandó un mensaje Lola diciendo que acababa de acordarse de que tenía hoy lo de Alcatraz y que si ya estaba en la isla. Respondí y terminamos por encontrarnos en el ferry de vuelta. Alex me llamó diciendo que acaban de declarar inconstitucional la Proposición 8 que legaliza el matrimonio entre homosexuales, de modo que iba a haber movida en el Castro, evidentemente porque cuando los gays se manifiestan no lo hacen como el resto de las personas. Asi que difundí la noticia para ver si alguien se animaba a salir de fiesta por Castro, pero parece que el fin de semana de accidentes todavía les estaba pasando factura y el plan no cuajó del todo. Al bajar del ferry me tenía que encontrar con Flores, Sergio y Victor, que estaban de camino a la residencia. Aunque pensaba recoger un par de cosas de la residencia de Sara y Flores, su compañera de habitación, podría abrirme, acabé yéndome con ellos a su residencia de Van Ness donde terminé de echar la tarde. Vimos un poco de i-Carly y a Steve Urkel mientras esperábamos a que empezase el partido del Madrid contra otro esquipo de Sudamérica y a las nueve regresé a casa. Resultó que llegué al mismo tiempo que los familiares de la señora, que han venido para la boda del sobrino del que ya me habló hace unas semanas. Estuve de palique con ellos todo lo que semejante incómoda situación me lo permitió mientras cenábamos juntos y, cuando todos se fuerona  dormir, fregué como siempre los platos que quedaban y me puse con el ordenador hasta que me dieron las mil y monas y me fui a dormir.

El jueves teníamos excursión a Muir Woods (una de mis pocas oportunidades para ver secuoyas gigantes) sin embargo, debido a la repentina desparición de la profesora nos han puesto un sustituto que se parece a Brian Griffin si se pintase la nariz de negro. Tras las presentaciones, quedó bastante claro, especialmente por parte de los malagueños, que no les caia bien (en un piedra, papel o tijera, uno de ellos sacó media tijera, es decir, solo el dedo corazón, para mandarlo a la mierda), principalmente porque estaba haciendo algo con nosotros a lo que no estábamos acostumbrados: nos estaba haciendo trabajar. Por la tarde, Sara y yo reservamos un tour en una agencia de Chinatown, que venía a ofrecernos lo mismo que la agencia de Internet de GoToBus y después, junto a Flores y Jose, fuimos a Mission a enseñarle los murales que vimos en nuestra última excursión. No estuvo mal, pero se echó en falta el carisma de Sergio y Victor, quienes se habían quedado en el hostal debido a la fiebre que le apareció a Sergio en los últimos dos días. Se nos hizo de noche allí, de modo que regresamos.

El viernes, tras una mañana tranquila en la cama todo el rato, me puse un rato con el ordenandor antes de encontrarme con Sara a la entrada del Golden Gate Park. Esperamos a que llegara Victor (que hasta entonces no se había separado de Sergio para ayudarle con el tema del seguro médico) y vimos el Jardín de Té Japonés, que ya era hora y me dejó alucinado, atravesamos el parque hasta los bisontes y el molino holandés para llegar a la costa y, tras unas compras, cogimos un bus hasta la residencia donde estaba Sergio, para despedirnos de él, ya que al día siguiente saldríamos de viaje y no volveríamos a vernos. Sergio estaba medio muerto en la cama, asi que de poco nos sirvió el viaje.

El sábado me desperté cagando leches a las cinco de la mañana para llegar a tiempo al autobús de la agencia china que nos llevaría con el tour que reservamos el jueves. Salimos de San Francisco a las siete y tras cinco arduas horas de trayecto, llegamos al PAruqe Nacional de Yosemite, donde me quedé alucinado con el tamaño de los árboles en semejante bosque, vimos cascadas de caidas kilométricas y, por unos breves minutos (ya sabeis como va el tema de los viajes organizados con agencias chinas) contemplamos la descomunal roca de granito El Capitán que compone la mayor pieza de granito sin agrietar del mundo; la Half Dome, otra roca de granito prácticamente esférica a la que parece que hayan cortado por la mitad, de ahí el nombre de media cúpula; y los tres picos de los Tres Hermanos. Abandonamos el parque apenas dos horas después de llegar y pusimos rumbo a Las Vegas. Paramos a pasar la noche en un hotelazo de Fresno, donde nos dimos un chapuzón nocturno en la piscina antes de irnos a dormir.

El domingo llegamos a Las Vegas prácticamente a la hora de cenar. Afortunadamnete, nos habíamos tomado la libertad de comprar cosas en un supermercado cuando nos daban tiempo para comer o ir al baño en las muchas paradas que hicimos durante el trayecto, y cenamos rápidamente, antes de echarnos a caminar por las calles iluminadas de neón de la Strip. Una alemana que estaba de verno sabático y que se había apuntado sola al viaje se unió a nosotros en cuanto vió que, de no ser por nosotros, el autobús no se distinguiría de uno de los viajes del Inserso de lo lleno de abuelos chinos, coreanos e hindúes que estaba. Aquella noche bajamos hasta el Caesar’s Palace y nos apresuramos hacia el Stratosphere antes de que anocheciera. Como no nos dio tiempo, paramos a por una cerveza en el Sahara y continuamos hacia el norte hasta alcanzar la torre del Stratosphere que imita al conocido edificio de Seatle. Las vistas nocturnas de la ciudad eran impresionantes. Llegamos al casino Circus-Circus (me da vergüenza mencionar siquiera el nombre) donde nos hospedábamos a la una de la mañana, lo cual no suena tan mal si consideramos que dabíamos estar de pie a las seis del día siguiente.





Los riesgos de ser turista en San Francisco

3 08 2010

El lunes me desperté algo más lento de lo habitual, en gran medida porque mis musculos aún no habían descansado lo suficiente después de escalar dunas verticales el sábado y pedalear a todo trapo el domingo. En la escuela decidimos acercarnos a Twin Peaks y Haigh Asbury (¡oh, que novedad!) al día siguiente y, tras nuestro horario habitual, los que íbamos con la beca del MEC para seis semanas tuvimos que quedarnos a la clase de pronunciación ya que nos hacen falta más horas para llegar a las 20 semanales que nos pide el ministerio. En una sala nos reunimos todos aquellos a los que Language4You nos ha estafado con un curso de 22 lecciones a la semana, a 18 horas reales a la semana. Tras una interminable hora que me hizo retroceder a las clases de fonética con Paulino (algunas de las becadas venian de la Autónoma y tambien sufrieron en sus carnes la asignatura de semejante profesor de Fonetica del Inglés I) salimos de la clase, el primero, el propio profesor, quien miraba impaciente el reloj constantemente y suspiraba por lo lento que se le estaban pasando las manecillas. Yo tenía que ir a recoger las entradas a Alcatraz al Pier 33 y, como después el grupo de profesoras de la Autónoma (a quienes Language4You ha alojado en una residencia de ancianos) tenía que acercarse a una agencia de viajes en Chinatown, decidí irme con ellos a ver si encontraba alguna oferta bien de precio para poder largarme, este fin de semana si, a Los Ángeles. En el grupo habia un chaval andaluz que, para mi asombro, era el que más procupado parecía por el viaje y el que más se preocupaba en enterarse de las cosas. Después de dejarles camino a su residencia de ancianos, me fui a la de Jose de Pamplona donde me esperaba el resto de españoles para pasar la tarde. En vista del plan intenté hablar con una chica que tambien quería ir a Los Ángeles este fin de semana, Sara, para conseguir organizar algo y concretar. Se supone que la gente habia quedado en aquella misma residencia para jugar al póquer pero yo ni me enteré porque terminé enganchado al ordenador y al móvil, pendiente de los mensajes de Patricia y Lola sobre sus viajes de fin de semana y buscando furgonetas para alquilar con las que llegar hasta allí. Una locura y al final quedó todo en agua de borrajas porque no habia suficiente comunicación. Finalmente terminé por tirar la toalla y dejarlo para el día siguiente. Intenté guiar a los españoles hasta el tailandés donde solíamos comer las semanas anteriores para cenar algo sólido por alli, pero estaba cerrado, de modo que me despedí y regresé a casa pensando en las posibilidades pedagógicas sobre el iPad que me había comentado Jose. Cené decentemente y comprobé que ya había leche buena en el frigorífico para mañana.

Con la tontería de llegar tarde a casa ya se me ha pasado una semana y no recuerdo lo que hicimos el resto de la semana. El martes se que hicimos una excursión a lo alto de Twin Peaks con la clase, a disfrutar de las vistas de la ciudad y del viento que soplaba. Desde alli bajamos hacia Haigh-Asbury atravesando Buenavista Park y encontramos a unos policias echando fotos a unos conitos naranjas dentro de un recinto acordonado (en otras palabras, una escena del crimen) que tuvimos que abandnar cuando vienieron a echarnos por quedarnos mirando. Nos dimos un voltio por la zona hippie que ya me la conozco de sobras aunque siempre es de agradecer la información turística que nos iba dando la profesora, y cogimos un autobús de vuelta a la academia, aunque ya no recuerdo que hicimos después. El miércoles la profesora nos trajo un recorte de prensa sobre la pelea de dos indigentes en Buenavista Park que terminó con uno de ellos muerto a cuchillazos. Muy edificante, la lectura. El jueves hicimos otra excursión a la zona del ayuntamiento y la librería, atravesando el Tenderloin que es donde estan todos los mendigos. Antes de nada, pasamos a la biblioteca y me hice el carné de socio, quea aunque no se si lo llegaré a usar, como recuerdo de la ciudad está bien. En frente de Civic Center nos esperaba un voluntaio para guiarnos, un viejo al que le costaba tenerse en pie y me daba angustia excucharle de lo bajito que hablaba. No llegamos a terminar el tour porque llegabamos tarde a una exhibición de tambores taiko patrocinada por el consulado de Japón en los Yerbabuena Garden. Alli comimos y luego fuimos a ver el Cartoon Art Museum, que me decepcionó muchisimo, ya que te lo venden como el museo del comic y en realidad no es más que una mísera exposición de tiras cómicas de las que apenas se sabe nada fuera de los estates.

Esto es continuación del jueves pero forma parte del fin de semana. Al acabar las clases, me acercqué a recoger mi mochila con mi ropa a la residencia de Patricia, ya que habiamos quedado en Powell para que nos recgieran los amigos de Lola con los coches alquilados y pusiéramos rumbo a Los Ängeles. Finalmente nos echamos a la carretera a eso de las cinco y llegamos al hostal a la una y media de la madrugada. No era como el de Me llamos Earl, pero al menos no habia ningun cadáver flotando en la piscina. Al dia siguiente, mietras se terminaban de vestir mis compañeras de habitación, me dio por hacer la coña de buscar biblias en los cajones de la habitación y Sara encontró un estuche con una bolsa de yerba. Tras el desyuno, a pesar del solaco de justicia que hacía, decidimos posponer la playa y ver el paseo de las estrellas (donde nos multaron por aparcar fuera de hora), las letras de Hollywood desde Mulholland Drive, Beverly Hills y dar vueltas por Bel Air buscando la casa de Will Smith. Terminamos cenando en Santa Mónica, una playa muy bonita. Aquella noche decidimos resarcirnos dándonos un chapuzón en la piscina del hotel, pero nos acabaron echando porque a las once y media de la noche la piscina llevaba una hora y media cerrada, de modo que nos quedamos en el patio tomando unas cervezas. El sábado ya no hacia tanto sol y no pudimos disfrutar de Venice Beach como habríamos querido, aun asi, vimos los tubos de skate, las másquinas de ejercicios y los circuitos de bicis que salen en la serie de Pacific Blue por donde los polis resuelven los problemas de las calles montados en sus bicis. Regresamos al hostal para cenar y salir de fiesta arreglados a un sitio donde pagamos para salir porque apenas estuvimos una hora dentro, y habríamos llegado antes si la policía no nos hubiese parado por detenernos en una parada de autobús a intentar mirar en el mapa dónde diablos estábamos. El domingo fue prácticamente dia de coche, de vuelta a San Francisco. Atravesamos Malibu sin detenernos a ver todos los surfistas que había congregados en una especie de festival, paramos en otra playa más paradísiaca todavía, en la que no pudimos bañarnos bajo pena de regresar con el bañador mojado durante el trayecto en coche. Al llegar a San Francisco, Lola se arriegó mucho tomando una curva con el coche y derribamos un semáforo. A pesar de que podría estar en casa para las once de la noche, entre que dispersamos a los indigentes que rodeaban la zona del accidente, vino la poli y se llevaron el coche, me dieron las cuatro de la mañana hasta que llegué a casa.





Soplan nuevos aires en San Francisco

26 07 2010

El lunes llegaron nuevos españoles a la acedmia y, a pesar de intentar hacer conversación con gran parte de ellos, se mostraban poco comunicativos, imagino que decepcionados por el mal tiempo y el viento frío que han regresado a la ciudad. Ahora somos demasiados estudiantes en la clase de nivel avanzado de Betty, de modo que han abierto una nueva clase en la planta diez (las vistas son mejores) que, según la nueva profesora, será más práctica y haremos excursiones donde podamos aplicar de primera mano nuestros conocimientos de inglés. Me llama mucho la atención comprobar el funcionamiento de esta metodología, ya veremos en que queda. Tras la clase queríamos visitar las Painted Ladies en Alamo Square (las de Padres Forzosos) y caminar atravesando Japantown para acabar en Lalola, el bar del hermano de Alex. Alex había convencido a su hermano para dejarle usar el sótano mientras el bar estaba cerrado para poder echar una timba de póquer. Se supone que habíamos quedado a las siete, pero ya desde el primer momento se veía que la gente no se pondría en marcha para ir a ver las casas victorianas, de modo que, en cuanto vi que una de la residencia se iba para hacer unas compras, la acompañé al Walgreens donde pude reaprovisionarme de pan de molde y lonchas de queso. Tras aquello regresamos a la residencia y, haciendo tiempo, reservé tres billetes a Alcatraz, pregunté a todo el mundo si se queria venir, pero solo le interesaban a dos. Después a eso de las seis de la tarde, como veía que tendríamos una hora de viaje hasta Lalola y al gente estaba perezosa, subi a avisarles. Los encontré jugando al billar, al ping pong y toqueteando un portátil. De alguna manera, mientras intentaba hablar con ellos, intuía que me ignoraban más de lo normal. Mi sentido arácnido agudizó mi oído y pude intuir que tramaban un viaje a Las Vegas al que no me habían invitado a pesar de todas mis exclamacines de “Si vais a algun lado yo me apunto a un bombardeo” y parecía ser que tenían problemas para pagar online ya que ninguno tenía tarjeta de crédito (o no se fiaban de los demás como para cargar con el pago de los vuelos y el hotel, porque esa es otra, había que ir en avión que era más rápido). Como veía que allí no había movimiento y nos faltaba tiempo para llegar al bar dije que me iba yendo y que viniese conmigo quienquisiera. Se incorporaron finalmente un chico y una chica que nada tenían que ver con los que estaban reservando el viaje a Las Vegas. Cogimos el metro hasta Powell y desde allí, aprovechando el abono transportes, nos subimos (por primera vez todos) a un tranvía de los de época que nos subiera toda la colina hasta las proximidades del bar. Ya eran casi las siete y temía que, al retrasarnos esperando al tranvía antiguo, los de la residencia hubiesen parado un taxi y llegasen antes que nosotros. Llegamos justo para ver cómo el hermno de Alex abría el bar y le dejaba las llaves. Le saludamos y preparamos las mesas para la timba en el sótano. Como tardaban en llegar Alex les mandó un mensaje. Comenzamos una Fanta de naranja que había traído para beber y jugamos un rato al Jungle Speed, ya que ninguno traíamos las cartas de póquer. Yo pensaba recogerme a las ocho, pero a esa hora todavía estábamos esperando a los de la resi. Llamaron diciendo que estaban a mitad de camino (en diccionario malagués-castellano: estaban a punto de salir del hostal) y que cuanto calculábamos que tardarían en llegar. Ellos no tenian abono transportes y no se les ocurriría pagar 5$ por subirse a los tranvías de época, Alex tenía que cerrar el bar a las nueve y medi y devolverle las llaves a su hermano, una timba duraba por lo menos dos horas, era más que evidente que ya no les iba a dar tiempo. Renunciaron a venir y, los cuatro que estábamos comenzamos a hacer planes para los días siguientes ya que se irían pronto y aún les quedaban cosas por ver. Antes de las ocho y media salimos del bar y nos despedimos de Alex. A las nueve llegamos a Powell y cogimos un tranvía hasta Van Ness. A las diez llegué a casa. La señora me había dejado media bandeja de macarrones con pollo gratinados que saboreé con celeridad tras llevar tres días a base de hamburguesas congeladas y sándwiches mixtos sólo de queso fundido. Organicé mi mochila para mañana, pronostiqué algunas cosillas con la bola mágica, revisé mi correo, escribí el informe y me fui a dormir.

El martes vagueñe durante quince minutos antes de decidirme a salir de la cama. Hacía más frío que de costumbre asi que intuí que necesitaría el forro polar en algun momento de la tarde. En el descanso de clase para comer, los nuevos estudiantes de la nueva profesora fuimos a Union Square, ya que los edificios nos protegerían mejor del viento que quedándonos en Yerbabuena Gardens. Allí la gente comenzó a conocerse un poco. Me enteré de que con los chicos de mi clase no podía contar para ir a Las Vegas o a Los Ángeles porque acaban de pasar una semana allí antes de empezar el curso. Al terminar las clases intenté reunir algo más de gente que las cinco personas que quedamos para ir a ver las Painted Ladies, pero resultó que esta gente española nueva tambien tenía conocidos a quienes esperar y, como si nos poníamos a esperar no avazábamos, decidimos ir tirando a ver si nos seguían. No nos siguieron. Subimos en un tranvía antiguo hacia Civic Center y cogimos un autobús para llegar al Alamo Square. Allí estuvimos un buen rato, tirados en el césped durante el poco rato que brillase el sol, mirando las casas y viendo cómo un bebé intentaba ponerse de pie pero se caia siempre para atrás porque el suelo del parque estaba inclinado en la loma de un monte. Después pusimos rumbo al Japan Center, un centro comercial en Japantown lleno de… bueno, pues eso, comercios japoneses. No era lo que me esperaba y tras comprar un par de mangas temí que la gente empezara a aburrirse. Pero no. Resulta que, aunque el centro comercial fuese aburrido en si, había muchas ñoñerías de Hello Kitty y demás pijadas para el móvil, peluches y demás, asi que nos quedamos un rato más. Al salir, había cerca un bar llamado Tony’s Joint donde uno de clase me recomendó las hamburguesas. Parece ser que hoy no había hamburguesas y como, dentro de lo quecabe todos teníamos algo de hambre, acabamos encargando algo para comer. Aquello no era una hamburguesería sino un bar-restaurante tçipicamente americano, de modo que pudimos comer sentados cómodamente en un cubículo similar al de Cómo Conocí a Vuestra Madre. Al terminar pensábamos ir a Chinatown a por souvenirs, pero la gente ya estaba cansada y de cinco que éramos, tres acabaron bajando Van Ness en autobús rumbo a la residencia. Otra muchacha, Patricia, y yo nos fuimos a echar un vistazo en Chinatown antes de que cerraran. Ya estaban recogiendo los mostradores de la calle cuando llegamos pero pudimos comprar recuerdos con mayor o menor diferencia de precios de una tienda a otra y antes de que anocheciera, como empezaba a hacer mucho más viento fresco que a lo largo de la tarde, regresamos a Powell para coger el metro. Patricia se bajó en u parada y yo seguí hasta donde la señora tenía su casa, casi en la otra punta de la ciudad. Llegué más temprano que de costumbre y me encontré dos perritos calientes, media mazorca de maíz y una patata hervida para cenar. Intenté acompañarlo con uns mac&cheese instantáneos que me compré de emergencia pero algo tenían que no podía terminármelos. Tras cenar y prepararme los bocadillos para mañana, revisé mi correo y redacté el informe antes de irme a dormir.

El día anterior en clase, la profesora nos dijo que el miércoles la entrada a la Academia de Ciencias de California era gratis, de modo que, si queríamos ir, tendríamos que quedar más temprano. A mi, como me pillaba de paso en la línea N, me bajé antes de tiempo y si habíamos quedado a las nueve, a eso de menos veinte yo ya estaba por allí. La cola era kilométrica en proporciones inimaginables a pesar de todo el frío que hacía y el intenso viento que soplaba. Mandé sms a la profesora diciéndole que ya estaba en la fila y, al poco rato, a Alex porque me temía (y así fue) que la profesora no lo habría leido. Durante más de media hora esperé a que llegaran mis compañeros de clase ahí solo y, cuando aparecieron había caras que no conocía. Una de ellas bastante atractiva que, para más sorpresas, también formaba parte de la Universidad Autónoma (Patricia también era de allí y su compañera Sara se parece tremendamente a Arancha, una de las que estuvieron de Erasmus en Varsovia). Una vez iniciadas las conversaciones (ya que las presentaciones nunca llegaron a formalizarse) la cola empezó a avanzar y pudimos pasar al edificio, ecológicamente diseñado para ser ecológicamente sostenible aprovechando ecológicamente la energía del entorno y el aislamiento térmico-sonoro del ambiente, nos dispersamos. Terminé con Alex, y un chavalín asiático llamado Allan que me siguió, viendo la bóveda dedicada a la selva tropical, cosa que necesitaba después de tirarme la primera hora de la mañana helándome el culo. Todo muy bonito alli dentro: loros, ranas, mariposas y muchas muchas plantas que por un momento te hacían olvidar la rasca que hacía afuera. Descendimos luego al acuario, donde había cosas más interesantes, peces en su mayoría, aunque también tenían medusas y unas piscinas pequeñas donde meter la mano y tocar erizos de mar, estrellas de mar y pepinos de mar, al estilo del toca-toca en el Cosmo Caixa. Allí dentro perdí el rastro de Allan y de Alex. Cuando salí encontré a unos cuantos españoles con los que había entrado prestando atención a lo que un viejo geólogo les contaba sobre la falla de san Andrés y los terremotos. Terminó justo a tiempo para entrar a ver el espectáculo del planetario, donde casi me quedé dormido, narrado por una voz de hombre que resultó ser Wooppi Woldberg. Luego pasamos a ver la exposición temporal de los mamíferos extremos que tenían puesta en el Museo de Ciencias Naturales de Nueva York el año pasado y, tras aquello, di un par de vueltas con algunos de los españoles nuevos, volviendo a ver la selva tropical y el acuario, y nos salimos fuera del museo a comer. Se suponía que la clase de Marina vendría también al museo pero no vi a nadie en toda la mañana y lo mismo me pasó con las españolas de mi clase de la Unversidad Autónoma. Sentados en las escaleras de un jardincito en obras entre el museo de ciencias y el de De Young, la gente decidió tomarse un café después de comerse sus bocadillos. Cogimos un autobús hasta la parte italiana de North Beach y Lola nos llevó a un café del movimiento Beatnik. Allí hablamos con unos americanos, hicimos bromas y nos relacionamos un poco, antes de ir a Chinatown para que lo vieran. Después de bajar la calle Grant (el Dolores Barranco de San Francisco) quisieron irse a tomar unas cervezas, pero yo andaba preocupado por no haber visto a Marina ni a Vincent en todo el día, ya que hablamos de reservar un viaje a Yosemite para este fin de semana. Con un par de viajes en autobús me planté en su residencia y nos pusimos a comparar precios. Adrián, uno de los andaluces, y dos madrileñas que también están en familia pero se tiran la vida en la residencia llamaron y se soprendieron (no muy gratamente percibí) de verme abrir la puerta. Tras una conversación insustancial y que me resultó algo incómoda, nos despedimos. Finalmente conseguimos reservar un viaje de dos días en autobús a un precio razonable en una compañía de viajes china que intuyo tiene algo que ver con la que organizó el viaje a Filadelfia-Washington-Cataratas del Niágara que reservó Elena el año pasado en Nueva York. Tras aquello regresé a la casa de la señora en Sunset, caleté la poca cena que me había dejado (el plato principal consistía en dos trozos de pan de molde pegados con queso fundido por dentro sin nada más), me corté las uñas y me puse a revisar los correos y escribir el informe en el ordenador antes de irme a dormir.

El jueves con la clase nos fuimos de nuevo hasta Coit Tower, pero esta vez por el lado norte, a la que había que llegar subiendo toda una ladera con escaleras. Las vistas y el solecito eran tan inmejorables allí arriba que los quince minutos de descanso se transformaron en media hora. Después bajamos con la profesora al Café Trieste, el que tenía monedas de 25 centavos pegados al suelo para que se agachara el personal que pasase a recogerlos. Allí estuvimos otra media hora hablando con dos estadounidenses para que la profesora viese lo bien que nos desnvolvíamos. Luego fuimos a la librería City Lights donde se originó el movimiento Beatnik del que habíamos leido en clase y, finalmente, bajamos la calle Grant atravesando Chinatown. Si algo de lo anterior os suena es porque es exactamente la misma ruta que hicimos el día anterior. Al regresar a la escuela, los profesores habían comprado dos cubos de helados para todos los estudiantes y nos quedamos un buen rato, tanto españoles como asiáticos, poniéndonos las botas. Me encontré con Marina que se encargó de arruinarme el momento al informarme de que la había escrito de la compañía de autobuses para comunicarnos que habían cancelado el viaje a Yosemite de este fin de semana. Por su parte, embriagado por la euforia del momento, a uno de los malagueños, Adrián, se le ocurrió organizar una fiesta en su residencia y sacó un papel para hacer una lista en la que todos nos apuntamos. Como aquello empezaba a las siete de la tarde, ya eran casi las cuatro y media, y yo quería comprar fruta me junté con un grupo de los españoles recién llegados que tenían que hacer la compra y les convencí para guiarles hasta un Safeway (el Carrefour de por aquí) en la esquina de la calle Market con Church, ya que luego me vendría bien para regresar a casa y no ir cargando con las bolsas durante mucho rato. A eso de las siete que dejé el supermercado aún no había aparecido Adrián para hacer la compra (dijo que sabiendo que estábamos allí, compraría comida y cervezas para la fiesta para que le ayudáramos a cargarlo). Yo me fui a casa, dejé mi fruta, hablé un poco con la señora que ya había cenado y estaba por salirse a no se dónde, cené por mi cuenta y me adecenté antes de salir hacia la residencia. Mandé un sms a Adrián durante el trayecto aún a sabiendas de que no tendría tiempo para leerlo en el caso de estar estresado con la compra. (¡Toma ya! Prueba un poco de tu medicina. Así sabrás lo que me estresa a mi organizaros a los malagueños.) Llegué antes de lo esperado al hostal y me encontré con el conserje echándole la bronca porque estaba intentando pasar a nueve personas a la vez dentro de la residencia. Tras aquello subimos y tuvimos una fiesta a lo American Pie pero sin el sexo (¡qué le vamos s hacer!) donde pude entablar conversación con la atractiva muchacha de la Autónoma que pareció haberse venido con el novio de Madrid (y es que hay que joderse, de siete que vienen nuevas, resulta que la más guapa se trae al apaño). Tras la fiesta se suponía que había que ir a Lalola donde Alex había convencido de nuevo a su hermano para que le dejase echar una timba de póquer. Yo hasta le había comprado unas fichas el día anterior, pero hubo rajada general y acabamos cantando en el karaoke justo al lado de la residencia de la que habíamos salido. Tras un poco de Village People, Jackson 5 y Queen, aquello cerró y me recogí a casa. Fue llegar y ponerme el pijama ya que lo había dejado todo listo para no entretenerme con nada.

El viernes, al no haber clase, me despertó una llamada de Carolina, la española cuyo novio nos invitó a los Estudios Pixar, que me llamaba para saber de mis planes. Yo le dije que había quedado para comer con estos nuevos españoles, pero que por la tarde, si seguían por el Golden Gate Park, podríamos acercarnos para ver el jardín de té japonés. Habíamos quedado a la una y media para comer pasta y yo, llegué quince minutos antes como es propio de mi, pero se pasó el rato y como hasta pasadas las dos la gente no se movió para buscar un supermercado donde comprar los ingredientes, le mandé un sms a Carolina diciendo que veía complicado lo de ir a encontrarles en el jardín de té. Ella me respondió que daba igual, que ya estaban regresando porque aquellos amigos suyos que habían venido a visitarla a ella por sorpresa tenían que irse a hace la maleta, porque seguramente su vuelo saldría por la noche. Me supo mal no poder ver a Carolina después de toda una semana, pero espero que se una a las clases de la planta diez y haga excursiones con nosotros la próxima semana. Tras cocinar, comer y reposar la comida viendo un poco de Quantum of Solace, salimos a la calle a las seis. Yo les dije que ya se nos haría tarde si queríamos ver el jardín de té, de modo que cambiamos el itinerario para ver Nob Hill (si, tercera vez ya) y Lombard street (de nuevo, por tercera vez) y después de auquello bajando hasta Fisherman’s Warf (¿a qué no adivinais por qué vez? ¡Correcto, la tercera! Y esta vez tampoco vi la sala de recreativos de los 80). Les enseñé alguna de las cosas que no vieron cuando se acercaron ellos por primera vez a comienzos de la semana, aunque para aquellas horas ya estaba casi todo cerrado. Cenamos en el Inn-n-Out y cogimos un bus de vuelta por Van Ness. Cada cual se fue bajando en la su calle horizontal donde tenían los hostales hasta que me quedé solo en Market y cogí el metro hasta mi casa. Al día siguiente íbamos a alquilar un coche para ver el sur de la bahía, de modo que guardé la cena que me había dejado la señora en un taper y me fui a dormir.

El sábado me tuve que levantar a las cinco y media de la madrugada para poder llegar a tiempo. La señora debió alucinar cuando se despertó y me vio desayunando en el salón. Tenía que pasar a buscar a Marina, nuestra incorporación de última hora para poder compartir el alquiler del coche. A pesar de que Marina estaba despierta y de que llegamos con tiempo al lugar acordado, allí no había nadie. Tras marearla dando vueltas buscando otro sitio (en el improbable caso de haberme equivocado) y mensajeando a uno de los españoles a través del móvil, finalmente llegamos al hostal de Sergio y Víctor una hora más tarde y aún después tuvimos que esperar otra hora hasta que supimos de los que fueron a alguilar el vehículo. Tras el madrugon y la panzada a caminar a tan tempranas horas, entramos en la furgoneta alquilada y cogimos la autopista dirección sur. Para rellenar hueco y repartir gasto, Jose de Pamplona había convencido a una pareja de recién casado de su residencia para que se vinieran, de modo que hacíamos un total de diez personas en la furgo de doce plazas. Decidieron cambiar el itinerario y dejar Stamford y Sillicon Valley para el final, de modo que llegamos a una zona de playas aceptables con gente haciendo picnic, después de parar los diez minutos de rigor para que el conductor descanse y la gente mee, finalmente nos detuvimos en una playa, en medio de ninguna parte, con rocas sobresaliendo al borde, con unas olas demasiado violentas y con el agua cubierta de algas desde la orilla hasta donde alcanzaba la vista a eso de las dos de la tarde. En esa mierda de playa comimos. No brillaba el pintoresco sol californiano de las películas, sino que la luz se dispersaba entre unas nubes blancas que cubrian el cielo y que, si bien impedían que proyectásemos ninguna sombra, no te dejaban abrir los ojos de lo blancas que eran. Tras esta decepción de playa (donde además se me mojó la mochila), regresamos hacia Sillicon Valley a las cuatro de la tarde. Allí conseguimos localizar la sede de Intel, Google y, ya en Palo Alto, la casa donde se fundó Hewlett-Packard. Apresuradamente llegamos a Stanford cuando el sol se ponía. Caminamos por una milésima parte de las instalaciones, viendo la biblioteca y una de las entradas a la universidad más emblemáticas y nos echamos de nuevo a la carretera. A las diez y media conseguimos aparcar la furgoneta. Salimos a cenar una pizza malísima por Union Square y, viendo que la gente quería tomarse unas cervezas y mi cansancio no me dejaba actuar de forma natural, decidí volverme a casa antes de que me cerrara el metro. No tardé mucho en llegar a casa pero entre pitos y flautas me acosté a la una.

El domingo desyuné malamente. La señora había tardado en coscarse de que la leche del desayuno se agotó el jueves y había comprado una garrafa que descubrí que estaba caducada tras notar que los cereales tenían un sabor más malo de lo habitual.El plan del día consistía en alquilar unas bicis en un sitio que Jose encontró donde el alquiler de todo el día, sin horario de entrega, iba a ser 14$ (lo cual me sentó como una patada en los huevos ya que la semana pasada nos costó 28$). Tras una especie de problema con el dueño sobre el precio marcado en sus anuncios, finalmente pagamos los 14$ de rigor y a las once nos echamos a pedalear Nob Hill cuesta arriba. Básicamente seguimos el mismo recorrido que la semana anterior con menos paradas para hacer fotos y comer. Llegamos a Sausalito a las cinco y media, tiempo de sobra para pedalear hasta el otro extremo del pueblo donde se encotraban las casas flotantes originales (y no el chalecito de madera o el Taj-Mahal que vimos el domingo anterior. De camino encontramos un DeLórean cubierto por una de esas impertinentes mantas impermeables que los dueños ponen por encima a sus coches. Mira tu que encontrarme un DeLórean en plena calle y no poder echarle fotos por esa estúpida manta de los cojones. Eso si que me sentó como una patada en los huevos, ya que seguramente sea la única vez que tendré en la vida de acercarme al coche de Regreso al Futuro. En las casas-barco, cuando iba a echarles una foto a las dos muchachas, salió el dueño del barco abriendo la puerta de repente y gritándo: “¡No podeis hacer eso! ¡Esto es una propiedad privada! ¡Esto parece un puto zoo con gente como vosotros caminando con vuestras estúpidad cámaras!”. Tras aquello dimos un par de vueltas por los muelles de las casas y regresamos, no sin antes levantarle la manta del DeLórean a duras penas los justo para poder leer “APR California 2009 3AGB096” en su matrícula. Pedaleamos hasta el puerto del ferry y volvimos rodeando Alcatraz como la semana anterior. En Embarcadero, ya que no teníamos hora límite para devolver las bicis, bajamos hasta el estadio de los Giants. Subimos atravesando Soma hasta la tienda de bicis y, tras aquello, agotados como estábamos, nos separamos hasta el lunes. La cena congelada que no me tomé ayer por haber cenado la pizza con esta gente, me esperaba hoy en la cocina y descubrí que debería empezar a quejarme a los de la agencia de Language4You sobre la definición de “cena incluida” si su significado se ceñía a “bandeja de comida de avión para calentar al microondas”. Bastante decepcionado, me preparé unos sándwiches a la plancha para acompañar, ya que esa ridícula bandeja apenas me haría olvidar el hambre durante media hora.





Hay que ver con la gente que encuentras en San Francisco.

19 07 2010

El lunes tenía pensado acercarme a la oficina de inmigración temprano, para solucionar unas dudas sobre los sellos en mi pasaporte, asi que me propuse levantarme a las seis y llegar con tiempo a clase, pero como escuchaba el ruido de la señora de la casa dando vueltas, decidí dormirme cinco minutos más y esperar a que se fuera. A l final acabé durmiéndome media hora más de la habitual y a las 7:24 salí zumbando de la cama. Al final no me dio tiempo a llegar a la oficina de inmigración, pero llegué justito a clase. La clase transcurrió sin pena ni gloria hasta las doce más o menos, cuando en el descanso conversamos con los nuevos españoles de la semana. Aprovecahndo que lo tenían fresco, les pregunté por el tema de los sellos en su pasaporte y, al parecer, se encontraban en la misma situación , por lo quemi nivel de alarma disminuyó. El director se acercó a hablar conmigo cuando vio que me enseñaban los pasaportes precisamente para preguntarme si me había acercado a la oficina, pero ya veía que no era necesario, puesto que nadie tenía una tarjeta verde grapada. Al acabar la clase pensamos acercarnos a la zona hippy the Haigh ASbury, por donde estuve la semana pasada, y acercarnos al Golden Gate Park. Nuestros planes cambiaron sobre la marcha y terminamos viendo como una hacía pompas de jabón en Dolores Park. Desde ahí, luego me volví a casa, bastante temprano. Confiaba en encontrarme a la señora preparando la cena pero resultó que llegué yo antes. Me puse con el ordenador para hacer tiempo. Como veía que tardaba en llegar y yo no podía calmar mi hambre a base de Oreos toda la noche, salí en busca de un Subway donde pillarme un bocadillo o un Walgreen’s donde comprar pan de molde y embutido. No encontré ninguno de los dos, pero con eso ya había estado una hora de más fuera de casa, asi que esperaba que la señora hubiese vuelto. Al regresar de nuevo a casa me encontré a su gata (intuyo que es gata porque el bicho está gordo que no veas, asi que para mi que debe estar a punto de parir) maullando desesperadamente. Como yo a los gatos les tengo tirria desde que descubrí que soy alérgico a ellos, procedía prepararme una lata de espaguetis enlatados que me compré el día anterior, precisamente por si se presentaba alguna noche en que no tuviera cena en casa. La jodida gata no me dejaba en paz e intentaba acercárseme a la pernera del pantalón y yo dándole largas para que no se me juntara para que no me dejase la ropa llena de pelos que luego me diesen reacción. Me acerqué a ver si tenia comida y la tia me seguía con la mirada. Tras comprobar que quería comer, abrí una de las latas de comida gatuna que habia en una bolsa y se la puse en su cuenco. La cabrona lo olisqueó un poco y se piró sin probar una migaja. Por fin se dejó de maullar, pero mañana seguramente tenga que explicarle a la señora a santo de qué le di comida a la gata. Y digo que se lo explicaré mañana porque de momento no ha llegado a la casa.

Algo le ha pasado a mi ordenador que se me ha quedado colgado y he perdido lo que escribí ayer sobre el martes y el miércoles.

Del martes puedo decir que después de clase atravesamos Chinatown y cruzamos Columbus street para subir Telegraph Hill hasta Coit Tower. Por el camino pasamos por las cafeterías del barrio italiano y me hizo gracia que, en una de ellas, alguien había pegado al suelo cuatro monedas de venticinco centavos justo a la entrada de la cafetería y todos los que pasaban y las veían, inevitablemente se agachaban a intentar recogerlas, sintiéndose como imbéciles al descubrir que estaban pegados al suelo. Las vistas desde Coit Tower eran espectaculares y después decidimos Sali marchando hasta Lombard Street. Esta vez, como no iba solo, me lo tomé con calma y subimos las escaleras laterales de la calle hasta donde empiezan las ocho curvas adoquinadas. Tras aquello fuimos al bar Lalopa donde Alex estaba echándole una mano a su hermano. Alli decidimos salir por la noche y tras estar un buen rato, regresamos cada cual a su alojamiento. Yo estuve poco en el mio porque a eso de las once habíamos quedado para ver como es la zona de marcha de Mision. Al final sólo apareció Alex. Nos dimos una vuelta y vimos que aquello estaba muerto. Pillamos un taxi a Union Square, el cnetro de la ciudad, preguntándole dónde podría haber un buen club. Yo creo que el tio no se enteró de lo que le preguntábamos pero era gracioso escucharle hablar como Apu. Por alli tampoco había marcha asi que nos tomamos una hamburguesa en el Jack in the Box y nos dimos la vuelta. Como no tenia muy claro cuando empezaba el servicio de autobuses nocturnos y ya llevaba mucho esperando en la parada paré un taxi. Me costó 20$ llegar hasta donde yo vivo, casi la mitad que llegar del aeropuerto. Me da a mi que será la última vez que cojo un taxi en la ciudad.

El miércoles quisimos tomárnoslo con más calma. Tras salir de clase los españoles nos dividimos: unos a comprar comida para preparar y otros, los que siguen empeñados en comer a la hora de España, se fueron a comer. Al final quedamos en encontrarnos en Fisherman Warf. Tras estar más de tres horas viendo como se organizaban los nuevos en su residencia y un trayecto en autobús de más de media hora hasta el puerto, llegamos hasta Fisherman Warf a media tarde, justo cuando los otros se estaban recogiendo. Al preguntarles por lo que habian visto me di cuenta de que no habian pasado al puerto, sino que se habian quedado por las calles de antes de llagr. Les convencí para regresar al principio y ver lo tipico de ésa zona. Y aunque esta vez fue más divertido al ir con más gente y conseguí ver al indigente-mascota del lugar (un tio que se esconde en un rinco cubierto con dos hojas de palmera y te asusta al pasar) no llegué a ver la tienda con máquinas arcade de recreativos donde tienen una de las primeras máuinas de Pong. Tras semejante paseo acaboms rendidos y después de ver la fábrica de Girardheli otra vez nos fuimos a esperar al autobús. Gracias a las indicaciones de un voluntarioso sanfranciscano, encontré otra ruta que me dajaría más cerca del metro para regresar a casa. Llegué a las nueve pasadas, por lo que la señora ya se habia acostado.

El jueves conseguimos convencer a la profesora para que una hora de clase la pasáramos en Yerbabuena Gradens donde estaba tocando un grupo de tango conocido en la ciudad, Tango nº9. El dia era muy caluroso y la hirba estaba repleta de gente tomando el sol. Tras la clase, de nuevo, el grupo de los que no comieron durante el lunchbreak se fue por su cuenta y los demás decidimos ir a Golden Gate Park de nuevo y esta vez, aprovechando el solecito adentrarnos más y ver lo que hay. Solo llegamos hasta el muse de ciencias naturales cuyo edificio fue remodelado para albergar un jardín boscoso en el tejado y nos detuvimos para ver una bazucada que había en las escaleras. Tras aquello, caminamos por Haigh Asbury como el lunes, de camino a Dolores Park, con la intención de coprar unas cervecitas y jabón y un cubo para hacer pompas como se las vimos hacer al la chica del lunes en el parque. En toda la ciudad está prohibido beber alcohol en lugares públicos, pero parece ser que Dolores Park es la excepción y cuando llegamos ya habia numerosos corrillos de gente que llevaban aprovechando el solecito durante toda la tarde. Nos sentamos en una de las laderas y nos pusimos con los litrillos y las pompas. Cuando nos cansábamos nos tirábamos ladera abajo por el césped haciendo la croqueta. La gente del lugar alucinaba con nosotros y la escandalera que metíamos, asi que no era de sorprender que, cuando comenzaban a animarnos antes de echarnos a rodar, nosotros les respondiéramos que se uniesen (uno de ellos al final se animó) y con eso echamos la tarde. En principio íbamos a vernos en el hostal de los nuevos españoles, pero cuando llegué a casa y vi que tenia que cocinarme la cena supe que no me daría tiempo, de modo que yo ya no sali de casa.

El viernes fue un dia tremendo. Se supone que habia quedado a las nueve y media de la mañana con Mónica para coger el tren hasta Oakland, donde vivía Carolina, ya que su novio y su hermano trabajan en los estudios Pixar y nos iban a enseñar las instalaciones. Al llegar se habían trastocado un poco los planes, porque resulta que ella habia estado en contacto por email con unos amigos de su novio que iban a venir de visita y habia conseguido ocultárselo para que fuese una sorpresa. Y al final le salio el tiro por la culata, en realidad, quienes respondian a los mails que ella enviaba a los amigos de su novio eran sus amigos y la sorpresa se la dieron a ella cuando en el aeropuerto, en vez de ver a los amigos de su novio, se encontró a los suyos. Mientras nos contaba esto muy entusiasmada, nos enseñó el vecindario por deonde vive y, tras haberla dicho lo mucho que quería ir después de que me hablara de ella, nos llevó hasta una juguetería donde me pillé un par de juegos que me pueden venir bien para las oposiciones y una bola número ocho de las que predicen el futuro. Tras aquella caminata, llegó el momento de ir a los estudios de animación Pixar, donde comprobamos por qué tada la gente que se dedica a la animación por ordenador quiere trabajar alli algun día. Aquello es una maravilla de trabajo: unas gradas en el césped para reuniones al aire libre, mesas de billar y futbolines en las salas de descanso, un restaurante barato dentro del edificio, despachos y cubiculos para amueblar como quieras… Estuvimos viendo una eposición con el artwork, el diseño de personajes, los modelos y los bocetos, y las secuencias de Toy Story 3, a los que tuve que esforzarme por no mirar ya que espero poder verla al regresar a España. Tras aquello, Carolina nos llevó a Berkeley para poder ver la universidad y sus alrededores, lo cual no era gran cosa. Regresamos a las cuatro a Oakland y nos tomamos un helado antes de coger de nuevo el coche y atravesar Bay Bridge para ver la ciudad desde la bahía. Alucinante. Gracias al atascazo que nos comimos pudimos disfrutar más tiempo de las vistas, observar el perfil de los rascacielos entre la niebla, divisar Alcatraz en el medio y distinguir el perfil de las grúas de descarga de los muelles en los que George Lucas se inspiró para los tanques ATT de Star Wars. Se suponía que yo habia quedado alas seis con el resto de españoles para regresar a Berkeley, pero por alli no aparecio nadie a la hora acordada y me marché a casa tres cuartos de hora más tarde. A mitad de camino me mandaron un mensaje preguntando que dónde estaba y que si pensaba ir. Tras responder que yo ya daba el día por cerrado, acordamos aplazar la excursión a Berkeley para el día siguiente y, como aún no eran ni las nueve. Me convencieron para salir a dar una vuelta de noche. A eso de las diez llegué a Van Ness donde Adrian y Vicente me esperaban para ir a un bar donde un español que conoción ADrian durante la celebración del partido del mundial nos esperaba. Aquel sitio no era nada fuera de lo comun y pronto salimos en busca de otro. Como no había nada, cogimos un taxi desde Haigh Asbury hasta no-se-donde-pero-cada-vez-mas-lejos-de-casa donde habia más ambiente, pero no habia marcha. Tras tomar una copa cogimos otro taxi de nuevo hasta mArina, que no se ni donde queda eso en el mapa pero está al norte que te cagas, donde ya habia más fiesta. Problema: llegamos una hora antes del cierre y es que, y esto es algo que a los nuevos españoles no les entra en la cabeza, no se puede salir de fiesta con el horario de España porque aquí las cosas cierran a la una y media de la madrugada. Muy decepcionado con cómo resultó la noche, cogimos un taxi hasta la residencia en la que se hospedaban Adrian y Vicente y esperé a que llegara un bus nocturno que me llevara a casa. La conclusión de la noche: salir de fiesta en San Francisco consiste en coger taxis de un lado a otro y beber copas que bien podrían contener oro en polvo habida cuenta del precio que cuestan. No creo que salga más en este plan por aquí.

Antes de despedirnos la noche anterior, acordamos encontrarnos en la puerta de la residencia a la hora de comer para almorzar y coger un tren hasta Berkelay de forma que pudieran ver la ciudad. El sábado por la mañana me levanté sobre las once para ducharme y poder hacer la colada antes de reunirme con esta gente. Siguiendo unas recomendaciones que me dejó la señora de la casa en un papel el primer día a modo “reglas de convivencia” abandoné la casa cargado con mis dos bolsacas de ropa sucia en busca de una lavandería que ne vez de encontrarse a cuatro calles como figuraba el papel, se encontraba a nueve. Cuando volví a casa con la ropa limpia la señora ya habia comido y estaba tocando el piano. Apresuradamente hablé con ella sobre que venia de hacer la colada y me iba a Berkeley, ella me dio unas instrucciones y Sali de casa con pantalón corto por primera vez, ya que ayer me di cuenta del sofocante calor que hacía al otro lado de la bahía. En la residencia todavía no habia nadie en marcha. Tuve que esperar más de una hora hasta que se reuniean todos sólo para decidir a dónde ibamos a comer. Lo peor de todo es que en vez de acordar una hora para irnos a comer y volvernos a encontrar para coger el tren, la gente se puso a jugar al billar. Yo no habia desyunado porque ya era tarde y, lo primero que haría con ellos seria comer, no esperar. Finalmente nos puimos en marcha sobre donde comer y, tras algunas discrepancia sobre Subway o BurguerKing, nos divididmos y nos encontramos media hora después. Y ahora viene lo bueno. Después de estar casi dos horas dando vueltas con la comida y esperando a la gente, cuando ya llegamos a la estacion de tren, la gente dice que el billete es muy caro y que no quieren ir ya a Berkeley porque no les compensa pasar allí lo que queda de día. En vez de eso propuse la alternativa de ir a ver el Pacífico, cogiendo la linea de metro que pasa por mi casa. Pero resultó que un chaval al que le hacia ilusión Berkeley se había puesto sandalias y pantalón corto como yo tras haberle dicho el caloraco que hacía en Berkeley, además, como ibamos a ir en Bart que es el tren y no en Muni que es el metro, se había dejado el abono en la residencia y tenia que volver a recogerlo. Esperando en la puerta de la resi la gente empezó a arrepentirse de ponerse pata corta y pasaron a sus respectivas habitaciones a ponerse pantalones largos. El resultado: tres horas y media de nuestra hora prevista para salir rumbo a Berkeley cogimos el metro hasta cerca de mi casa. Yo no me bajé en mi parada a ponerme pantalones largos a pesar de estar más cerca para no retrasarnos más. Llegamos a la playa a las seis de la tarde y en Sunset, el lado oeste de la ciudad la brisa del océano siempre pega más fuerte. Empezaba a tener frío, asi que me puse una sudadera que no se había secado muy bien en la lavandería tras hacer la colada. Haciendo el pino para una foto me llené de arena los zapatos asi que me descalcé y caminamos toda la distancia por la playa hasta Golden Gate Park, exactamente el mismo tramo que me había hecho la semana anterior. Salimos de la playa y nos metimos en el parque por la puerta del molino holandés. Nos encontramos con un puertorriqueño estudiante de diseño industrial que se unió a nosotros en la caminata hacia el interior del parque buscado los bisontes, que al final resultaron ser cinco en una explanada de poco más de tres hectáreas. Al poco rato una de las españolas dice que ha quedado en chinatown, le digo como ir y la gente decide acompañarla. En el autobús estuve a punto de bajarme para regresar a casa ya que sabía que luego tendría mucho viaje para tragarme a la vuelta, pero me convencieron en el último momento con que a eso de las diez estarían todos de vuelta en la residencia. Llegamos a las puertas del dragón a las ocho y media. El amigo de la muchacha llegó tarde y yo quería comer. Entramos en un restaurante donde el camarero se confundió al pedir (y no me extraña porque si ya te cuesta entender a un malagueño con acento cerrado hablando en castellano, imagínate a dos que te hablan a la vez en inglés y tu eres un camarero chino que tampoco sabes hablarlo bien). Al final en la cuenta había que pagar más de los que se esperaban y yo creo que la culpa me la echaron a mi porque fui el único que estuvo hablando con el camarero antes de pedir preguntándole por la carta y si me podía pedir un plato separado del menu. El camarero interpretó como platos separados del menú los pedidos de las tres personas que pidieron tras de mi lo que disparó la factura. Salimos del restaurante a las diez y media muy mosqueados todos. Después de aquello todavía había que esperar a que vinieran a buscar al amigo de la muchacha. Pero a las once conseguí volverme con dos de la residencia hasta la parada de Powel. Hicimos planes para el dia siguiente, se bajaron en Van Ness y yo seguí. Llegué a casa  a las doce y veinte de la noche. Menos mal que habia cenado fuera porque en casa solo me esperaba un sándwich de qeso y una ensalada. Me preparé el taper del almuerzo para mañana y me puse a escribir el informe de la semana. Ya son la una y media y creo que va siendo hora de dar el día por concluido.

El domingo, a pesar de que un coche atravesaba las vías del metro que me llevaba a la residencia de la gente, llegué bien y, aunque habíamos quedado a las once para ponernos en marcha hacia la plaza donde alquilaban bicicletas, no fue hasta las doce que nos reunimos todos y nos pusimos en macrha. Llegamos a la esquina de Lombard con Columbus (con las protestas de aquellos que no tenian el abono transportes y tuvieron que pagar para subirse al metro y al autobús) donde recordaba haber visto un local de alquiler que, además, venia anunciado con 5$ de descuento. Afprtunadamente nos redujeron la tarifa por ser grupo numerosos (éramos nueve personas) y a pesar de que ya no quedaban tándems para alquilar a la una nos pusimos en marcha bordeando la costa norte de la ciudad, donde hay una playa simbólica y puedes ver el puente de Mapfre a ras de suelo. Con la tonteria de esperar y pararnos a sacar fotitos, nos dio la hora de comer. Aunque el día anterior habia insistido en que la gente se preparase algo, siempre hay alguien (los andaluces) que lo deja todo para el ultimo momento y aunque estemos esperando no se prepararon nada. Nos deviamos de la ruta para buscar un bar o algun sitio donde pudiesen comprar algo y encontramos un sitio donde vendian pedazos de pizza. Pero para entonces la hambrienta pareja ya s habia desmarcado y se habia alejado en busca de comida. Con las pizzas al lado quien quiere comerse un sándwich frio, asi que nos pedimos todos algo de comer. Cuando terminamos los andaluces acaban de llegar y tuvimos que esperarles otra vez. Debian ser las tres o tres y media cuando por fin nos pusimos en marcha y no paramos de pedalear hasta llegar al comienzo del puente donde la vista es espectacular, excepto para bajar de la bici y subir empujándola cuando la cuesta no nos dejaba otra opción. A lo largo del puente nos separamos. Este día el puete estaba muchísimo más despejado que cuando fui yo y, gracias a la compañía de los que no se habían rezagado, pude hacerme mejores fotos con el puente y la ciudad de fondo. Casi al llear al final de puente tuve un accidente y frené de golpe, como me iba hacia un lado me quise apoyar en una verja que tenia al lado pero aun no me había parado del todo, total que meti mal la mano, el dedo se me quedó metido en un agujero y me empotré con la verja. Resultado: una uña partida en el pulgar de la mano para lo que me queda de estancia en San Francisco. El punto de encuentro que había fijado por si nos separábamos a lo largo del puente (como sabía que pasarí y como asi pasó) era la estatua del marinero solitario en plan Corto Maltés que había en el mirador de la parte norte, asi que a duras penas pedaleés hasta alli apoyando la mano solo lo juto para no caerme de nuevo. Alli solo estaba Alex y el resto de la gente tardó en aparecer, asi que aproveché para ir al baño y echarle un vistazo al pulgar. Lo que en un principio era una mancha roja bajo la uña, en los tres minutos que tardé en volver a mirarla se habia transformado en morado y empezaba a salirle una mota blanca. Cuando nos juntamos todos de nuevo y la gente se sacó las fotos pertinentes, pusimos camino hacia Sausalito. Sausalito era una pequeña ciudad costera al norte de la bahía famosa por sus casas flotantes, barcos rehabilitados como viviendas, durante los años del movimiento hippy en la región. Ahora es como las Rozas y la ladera de la montaña en la que se asienta a sotavento del Pacífico se ha llenado de chalecitos y el puerto de yates. Vimos muy pocas casas flotantes, en parte porque no nos adentramos mucho en el puerto hasta la zona de mayor densidad porque debíamos coger un ferry en media hora tras nuestra llegada para poder devolver las bicis antes de que cerrara la tienda. Nos tomamos un helado en una heladería cercana (yo me pedí uno doble de chocolate blanco y vainilla con trocitos de chocolate en un cono gigante bañado en chocolate y cubierto de almendra picada). Estaba de pu*a madre el helado. El ferry de vuelta nos permitió ver todo lo largo que era el Golden Gate Bridge desde el mar y nos pasó cerca de Alcatraz. Emabarcamos sin billete con las nueve biciletas y cuando llegamos a Embarcadero a las siete tuvimos que comprarlos a la salida. Como apenas nos quedaban cuarenta y cinco minutos para devolver las bicis, echamos a pedalear por el distrito financiero alternando los silbidos de verano azul con los de una moto cada vez que nos acercábamos a un coche. El distrito financiero estaba vacío un domingo a las siete y media y se pedaleaba de maravilla en una calle al estilo Soy Leyenda con los rascacielos haciéndonos eco. Mientras metíamos las bicis en la tienda, algunos tuvieron el valor de subir hasta Lombard con la bici a todo trapo y bajarla luego de seguido. Después de aquello regresamos hasta Market en autobús para coger el metro. A los andaluces (como no tienen abono transportes) no les dejaron pasar y, muy agarraos ellos, no quisieron pagar los dos dólares del billete sencillo y se fueron andando. El resto se metio en el primer vagón que vieno, ya que todos les valían para ir la residencia y me dejaron esperando en la estacion hasta que once minutos después apareció la linea N que me dejaría en casa. Por primera vez en todo el fin de semana pude hablar con la señora, que me habia dejado (oh sorpresa, sorpresa) otra hamburguesa para cenar que me tenia que cocinar, esta vez sin ensalada ni nada. Afortunadamente, todavía tenia los sándwiches de la excursión y, junto con una batata y una mazorca de maiz que ella me había hervido, pude hacerme una cena decente.





¡Caray! Qué viento hace en San Francisco.

12 07 2010

¡Ah, San Francisco! La ciudad de las embrujadas, las persecuciones policíacas más accidentadas, el hogar de las gemelas Olsen en padres forzosos, el puente de Mapfre, cuna del movimiento hippie y del radiante sol característico de Califoria… o eso creía yo. Tal vez se deba a que llevo solo dos días en el momento en el que escribo estas lineas, pero si algo se anda en San Francisco es fresco. Un fresco más porpio de Londres que de una ciudad californiana. Pero me estoy adelantando. Volvamos al principio.

Tras una intensísima jornada de viaje (y digo intensisima porque entre vuelos esperas en el aeropuerto, vuelos y traslados desde el aeropuerto me tiré lo menos treinta horas sin pegar ojo) bajé del taxi que cogí en el aeropuerto de San Francisco tras despedirme de las muchachas, con las que había entablado conversación mientras esperaba en Filadelfia a que saliese el vuelo, y me planté en la casa de la familia que me habían asignado. Subi las escaleras y llamé a la puerta. Me abrió una señora de unos sesenta años con quien entablé una incómoda conversación de recien llegado a las Américas. A continuación me indicó que pasara y comenzó a mostrarme un poco la casa por encima. Con cada paso que avanzaba por el pasillo mis esperanzas de encontrarme con otro ser humano de mi edad disminuían exponencialmente. Confiaba en que, aunque tuviese cuarto propio, en la casa hubiese más estudiantes con los que entablar conversación sobre el viaje o aficiones. Pero no. Solo la señora contándome cosas sobre la casa, a quien apenas prestaba atención en parte por la decepción en parte por la paliza de viaje que me acababa de pegar.

Conseguí sacar el tema de Internet y me enseñó su ordenador y un router wi-fi del que apenas tenia conocimientos sobre su manejo. La señora me dejó escribir desde su ordenador con lo que pude tranquilizar a mi familia via mail. Después de estar esos cinco minutos sentado y relajado frente al ordenador mi tráfico intestinal aprovechó el descanso para ponerse en marcha y me entraron ganas de cagar. Y las ganas se me pasaron en cuanto vi el retrete en el que tendría que soltarlo todo. Una taza casi tan pequeña como las de un cuerto de baño de colegio, llena hasta la mitad de agua (porque no tiene el ingenioso sistema de que el tubo de desagüe haga una doble S) y con la tapa y el marco cubierto de piel sintética acolchada (aquello ya debía darme una idea del tiempo que haría pero no le presté importancia) y en cuento comprobé que mi muy extenso culo no entraba en tan minúscula superficie, regresé a mi cuarto y deshice la maleta. Finalmente no me quedó otra y regresé al baño para cagar como buenamente pude.

La cama de mi cuarto tiene dos colchones entre los que desaparecí al meterme dentro y cubrirme con las sábanas, las dos mantas y la colcha (que a la mañana siguiente descubrí que se trataba de una saco de dormir rectangular desdoblado). Me costó conciliar el sueño aquella primera noche. Tal vez fuese el jet-lag, tal vez fueran los petardazos del 4 de julio que se escuchaban en la distancia, tal vez se debiese al hecho de haber dado unas ridículas cabezaditas durante los dos vuelos o tal vez fuera por el frio que tenia y que me hacía tiritar como no recordaba tiritar en mucho tiempo que no conseguía dormirme. De modo que en un acto de valor para enfrentarme a toda aquella temperatura glacial que me rodeaba, me desarropé y salí a buscar mi toalla (guía del autoestopista galáctico) y la mantita que me guardé del primer vuelo en avión.

La mañana del lunes se pasó con tranquilidad. Tras despertarme y desayunar un bol de leche con Cheerios que sabían a cartón, me entró pánico de ir solo a la ciudad asi que le pregunté si me podría enseñar el vecindario por solucionarme lo típico: dónde coger el tranvía, donde comprar el abono transportes, la lavandería más cercana y alguna frutería o droguería del barrio. Llamé a la escuela para que me confirmaran y me saltó un contestador automático que, después de soltar su discurso en inglés, me lo repitió en japones (aquello sería muy significativo en el futuro pero mi preocupación por saber si ya llegaba tarde a calse no me dejaba para más). Y es que resultaba que la festividad del cuatro de julio se posponía al lunes por haber caído en domingo, de modo que gran parte de los comercios que me iba a enseñar la señora estaban cerrados. Al regresar, como no me aptecía ir a dar vueltas como un gilipollas por la ciudad, me fui con la señora al otro lado del Golden Gate Park que tenía que enmarcar unos posters y, según me dijo, habría alguna tienda en los alrededores donde podría comprar el abono transportes y alguna sudadera que me protegiese un poco del frio. Y con eso se pasó la mañana. Dimos un par de vueltas, compré algo de fruta, un comic en una librería, gel de ducha y una esponja, recojimos los posters enmarcados y regresamos a casa. Como sabía que el alojamiento solo me incluia el desayuno y la cena, y ya eran cerca de la una y media de la tarde y la señora, como no había comido nada seguramente querría ponerse a ello, cogí mi mochila y la dije que me iba al centro a intentar localizar la academia para llegar sin perderme al día siguiente. No me perdí. Llegué directo y llamé a la puerta del piso que tenía en los papeles. Allí habia un chino-japonés-asiático que me miraba de forma rara. Resultó ser el encargado de organizar los alojamientos en las familias y, cuando vió mis problemas para arrancarme a hablar en inglés me preguntó si yo era Héctor, sorprendido le pregunté cómo lo sabía, y justo después de decirlo mi memoria hizo un flash como Dori en Buscando a Nemo en el que salía yo dejando un mensaje en el contestador tras el discurso en japonés preguntando si había clases aquel día. El caso es que en menos de cinco minutos el tipo ya me había despachado y como no tenia nada que hacer y Union Square, la plaza más emblemática de San Francisco, me aparecía de color verde en el mapa imaginé que tendría algun banco donde sentarme a leer. Recorrí el camino hasta la plaza confiando en perderme para poder perder tiempo encontrándome y hacer que la tarde se me pasar más llevadera, pero mi sentido de la orientación es demasiado bueno incluso cuando no lo necesito y llegué hasta allí sin dar rodeos. Bastante decepcionado me senté a leer. A pesar del frío otoñal del lado oeste de la ciudad, en el lado este los edificios altos y las colinas impedían que me quedase fresco y de vez en cuando un intenso sol brillaba entre nube y nube. A lo tonto me tiré tres horas sentado en la plaza, sin atreverme a caminar hacia ninguna otra parte excepto para irme a comprar un perrito caliente. A eso de las seis regresé a casa justo a tiempo de cenar con la señora. No creo que eso vuelva a suceder por la diferencia horaria: a las seis yo meriendo, no ceno. Y a pesar del cansancio acepté cuando tras cenar la señora me propuso acercarme al Walgreen’s de la zona en busca de algun forro polar. Sabiendo que mi confort térmico dependría de ello al día siguiente, acepté y regresé a casa con un cortavientos negro bastante holgado a pesar de tratarse de la talla más pequeña que tenían. Tras aquello me puse un rato con el ordenador y me acotés. Dormí un poco mejor que la noche anterior.

Cuando me levanté el martes la señora ya se había ido a trabajar, asi aque me afeité, me duché, desyuné, fregué los cacharros, hice mi cama y salí marchando a clase con el tiempo justo y sintiéndome bastante idiota por no haber considerado ayer que los pocos rayos de sol que me cayeron en Union Square terminarían por pelarme la frente. Una vez en el edificio me mosqueé bastante al verlo todo lleno de chino-japoneses-asiáticos y las piezas del puzzle comenzarona encajar: el contestador en japonés, el chino-japonés encargado de los alojamientos y la excesiva cantidad de alumnos asiáticos que me convertían en el único occidental de toda la planta. Aquella semana solo esperaban dos estudiantes: una coreana y yo. De modo que nos metieron en una clase y nos dejaron a solas con el repoductor de CD que tenía el play puesto a la grabación de la prueba de nivel. Tras terminarlo (no es por fardar pero acabé antes que la coreana) devolvimos el material a la oficina y nos dijeron que tardarían dos horas en corregirlo y que volviesemos a mediodía. Le propuse a la coreana (no me pregunteis su nombre, ya se me ha olvidado) dar una vuelta por los alrededores de la escuela a pesar de habérmelos visto el día anterior y hacer que abandonara su idea de regresar a la escuela después de tomar algo en el Starbucks de al lado. Conversamos, caminamos, comimos en un diner y regresamos a la escuela con el tiempo justo. Ambos teníamos un nivel muy alto y nos meterían en la clase avanzada. Aun así le pregunté al tipo que me estaba dando los resultados de la prueba de nivel sobre otros estudiantes españoles (iba a decir europeos, o incluso occidentales, en todo caso no-asiáticos pero no me pareció adecuado) y me respondió de que esperaban una veintena de españoles en las dos próximas semanas. Aprovechando que el primer martes de cada mes los museos son gratis, un chino, la española y yo seguimos a la profesora después de clase hasta el Museo de Arte Moderno de San Francisco, no más diferente que el de Nueva York pero igual de absurdo (y es que el arte moderno es asi, o te gusta o te partes el culo a su costa). Después de aquello la profesora, muy joven y simpática ella por cierto, nos dejó y al poco rato el chino se despidió. De modo que como no eran ni las cuatro de la tarde, le pregunté a la española, Mónica, que a dónde iba, que como no tenia nada que hacer me iba con ella. Pretendía acercarse al ayuntamiento para ver el edificio, pero de algun modo nos las ingeniamos para terminar frente a la pirámide Transamericana y seguir subiendo por el barrio italiano. Cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos muy lejos y cogimos un trolebús que estuvo atrapado por un buen rato en Chinatown. Al regresar a Market Street, tomamos el camino correcto y nos encabezamos hasta el edificio del ayuntamiento. Una vez llegamos Mónica dijo que con eso ya solo le quedaba una cosa más en su lista, y como la siguiente eran las casas victorianas y estaban a poco menos de diez manzanas la propuse de ir andando. Fue agotador con tanta cuesta arriba, pero mereció la pena y por el camino conseguí hacer conversación. Aprovecho que las casas victorianas se conocen como painted ladies y aparecen en series como Padres Frozosos y Embrujadas. Tras aquello ya empezaba a refrescar asi que pusimos rumbo a la escuela, donde ella tenía su residencia y yo podría coger el tranvía de vuelta a casa, no sin antes parar en Isotope comics, donde el dependiente, algo estrafalario, nos atendió con un peinado similar al que lleva mi hermano útimamente y un traje morado. Mientras yo miraba comics, la española le preguntaba al dependiente por tiendas de camisetas frikis. Al salir, Mónica comentaba lo peculiar del traje hasta que le mencioné que Jóker (el malo de Batman, para los no entendidos) viste de forma idéntica. Llegué a casa sobre las siete y media. La señora ya había cenado, de modo que no habia prisa. Vacié la mochila, revisé el correo y me puse a cenar justo cuando ella se iba a acostar. Y a eso de las once dejé de escribir el informe para ponerme el pijama y acostarme.

La tercera va a la vencida y el miércoles me desperté de maravilla tras haber conseguido dormir toda la noche casi de tirón. Una vez más la señora no estaba asi que repetí lo mismo que hice el día anterior a modo de rutina, pero esta vez eché Nescafé a la leche para que los cereales no me repitieran a cartón pesado a lo largo del día. Llegué a clase con tiempo el tiempo suficiente como para ver a la coreana del día anterior saliendo del Starbucks. En el primer descanso que tuvimos le pregunté a Mónica si tenia planes para por la tarde y parece ser que tenía que comprar comida para dejarla en su residencia asi que me iba a quedar solo. Como intuía que esto pasaría algún día (aunque no esperaba que fuese tan pronto) eché mano de mi plan B que consistía en comprarme algo de ropa más adecuada al clima que parece ser que iba a terminar sufriendo. Recordando la tienda de Nueva York donde me compré unos vaqueros por 19$ me acerqué a la Old Navy de Market Steet que estaba de rebajas y me probé un par de pantalones por el mismo precio, y aunque me stan bien de cintura, a lo largo de la semana me daría cuenta de que me estaban largos, porque aui te viene graduado el ancho y el alto. Aquello no me llevó más de una hora. Lo siguiente era buscar al menos dos sudaderas con las que protegerme del fresco dentro de la clase, ya que llevar el cortavientos puesto del edificio es un poco exagerado. Ardua labor la de encontrar tiendas con sudaderas ya que se encuentran fuera de temporada. Me pateé todo el centro de San Francisco por calles en las que no había estado y hasta bajé hasta Yerbabuena Gardens hasta que me di cuenta de que no encontraría de eso en el Soma. A regañadientes, me encaminé hacia una tienda GAP donde me sajaron una cantidad innecesaria de dólares por una raquítica camiseta de manga larga y una sudadera peores que las que puedes conseguir en el Decathlon a un precio más razonable. Tras aquello me senté a descansar en Union Square (me acababa de tirar casi tres horas de tienda en tienda buscando una jodida sudadera) y a recapacitar sobre la gilipollez que acaba de hacer comprando ésa sudadera a ése precio. Par calmamrme me fui a la librería Borders donde me senté a leer el primer capítulode Unbrella Academy sopesando la posibilidad de comprarlo, aunque no en este día pues ya me había dejado una considerable cantidad de dinero en esa asquerosa tienda de pijos. Sobre las seis y media me decidí a coger el tranvía de vuelta a casa. Me bajé en mi parada como de costumbre con la intención de ir a la casa, pero en el camino opté por acercarme andando a la playa, la cual, por cierto, estaba mucho más lejos de lo que me pensaba. El caso es que al llegar a Ocean Beach me fijé en que aún me quedaba un trecho para alcanzar la playa, de modo que cogí un tranvía para que me subiera las diez calles de cuesta que acaba de bajarme a pata. En la casa la señora había terminado de cenar. Hicimos algo de conversación mientras me enseñaba cómo usar la cocina eléctrica de los años setenta por lo menos aprovechando que me tenia que preparar mi propia cena, aunque al final fue ella la que con tanta explicación la acabó cocinando. Después de aquello fregué los platos, hice limpieza de papeles de todos los folletos turísticos que tenía y me puse con el ordenador durante casi tres horas antes de irme a dormir a las once y media. Cada noche me acuesto más tarde.

En lo que espero que se convierta en la segunda de una serie de buenas noches, desperté el jueves con mi rutina habitual pero llegué tarde a clase gracias a un retraso del tranvía. La clase pasó sin pena ni gloria practicando la comunicación oral en inglés con los asiáticos de clase. Conocí a Carolina, de quien me había hablado Mónica como “la otra española de clase” y a Alex, a quien ya vi en la oficina el martes. En el lunchbreak comimos en un deli extrapicante que nos estuvo incordiando hasta que salimos de clase. Como Mónica me dijo que le faltaba ver Mission Dolores el otro día, propuse ir a Mission y al Castro cuando vi que nadie tenía un plan para por la tarde. Nos pateamos todo lo ancho del Soma hasta Dolores Park (no llegamos a entrar en la catedral pero la vimos) donde habíamos quedado con Alex. Justo en ése momento Carolina tuvo que irse porque le avisaron que habría problemas en el cercanías de la bahía ya que la semana pasada un segurata disparó a un chaval afroamericano a la altura de Oakland por donde ella vivía (uno de los barrios más conflictivos dela bahía) y la resolución del juicio se celebraba aquella misma tarde, por lo que se esperaban revueltas en el tren si la sentencia no era la deseada. Tras aquello seguimos caminando hasta el Castro, donde encontré Whatever Comics cuyos dependientes podrían hacerse pasar por moteros en cualquier bar de carretera con esas barbas que llevaban y los chalecos vaqueros que llevaban, en fin, tíos duros, de no ser por el suave tono de voz con el que se hablaban al no encontrar el cómic de Alan Moore por el que les pregunté. En cualquier caso salí bastante cargado del sitio. Como las zonas importantes ya las habíamos visto y no eran ni las cinco y media, decidimos regresar al centro para ver Chinatown. Por el camino encontré una tienda de comics fuera de mi lista, Al’s Comics donde no me compré más que un número de fábulas pero con cuyo dependiente comenzamos una acalorada discusión sobre la presidencia de los Estates al preguntarle yo por un comic que vi el año pasado donde salía Obama matando zombies. El tío decía que en realidad la presidencia de los Estates la elegían las empresas y que, después de lo mal que les había ido con Bush, las grandes compañías decidieron poner a un negro para calmar a la gente. La cosa iba a más a medida que Alex le decía que él estaba seguro de que las cosas cambiarían a mejor, pero el dependiente insistía en que él lo dudaba aunque le gustaba que la gente joven pensase así. Para salir de dudas, le pregunté sobre la reforma sanitaria de la que tanto se hablaba cuando estaba yo el año pasado en Nueva York. Al parecer, según me contó, se había quedado todo en agua de borrajas y que a Obama no le estaban saliendo las cosas mejor que a Bush, simplemente era otra marioneta con otro color para tranquilizar a la gente. En cuatro años que llevo coleccionando cómics, era la primera vez que mantenía una conversación tan larga e interesante con un dependiente (el de Otaku Center no cuenta). Salimos de la tienda y subimos hasta cerca de la academia. Alex y Mónica decían que tenían los pies destrozados, asi que descartaban irse a Chinatown. Ir yo solo no tenía gracia y, aunque Mónica se despidiera de nosotros, Alex quiso llevarme al restaurante de su hermano subiendo y bajando toda Nob Hill. El restaurante en cuestión se llamaba Lalola e imitaba a un bar de tapas moderno de Madrid con gran fidelidad. Aunque solo tenía intención de pasar a saludar, acabé quedándome un buen rato después de que me dieran un vaso de agua y Alex pidiera unas bravas (de un picante que ya las quisieran en Madrid). Salí de allí invitado a ver la final del mundial el domingo. Tras aquello me despedí de Alex y sus familiares y bajé a Chinatown solo ya que era mi única referencia para regresar a la parada de mi tranvía. Me gustó bastante, yo creo que porque ya estaba casi todo cerrado y no habia gente. Hice unas cuantas fotos y me jodió bastante no ir con nadie que me pudiera sacar una foto frente a la Puerta del Dragón. Hablando con un familiar de Alex sobre mis problemas a la hora de encontrar sudaderas a buen precio me recomendó ir a Old Navy, donde me compré los vaqueros pero me dijeron que no tenían sudaderas. Pues al parecer si que les quedaban. Asi que cuando pasé al lado, con la intenciónde ver si abrían temprano para comprarme una antes de ir a Embarcadero (donde habíamos quedado al día siguiente ya que los viernes no hay clase) vi que aun estab abierto y pasé a por una con un precio más razonable que la del Gap. Llegué a mi casa pasadas la nueve. La señora hacía mucho que se había ido a dormir asi que cené rápido. Cenando vi un papelito de eventos culturales en Yerbabuena Garden, suponiendo que la señora lo dejó allí para que lo viese, lo cojí y dejé en su lugar una nota de agradecimiento. Espero que esto no se convierta en algo habitual, ayer al menos pude saludarla en persona antes de que se fuera a dormir, hoy en cambio no la había visto la cara en todo el día. Terminé de escribir el informe, revisé mi correo y me fui a dormir.

A la mañana del viernes había quedado en Embarcadero para ver los puertos. Salí de casa con tiempo para buscr una peluquería donde me pudieran hacer la trenza ya que, tras el vuelo y luego todo el viento que había por la ciudad, se me estaba empezando a deshacer. Encontré una peluquería en mi barrio donde tardaron en abrirme la puerta pero finalmente me dejaron pasar y me hicieron la trenza. Me cobraron 5$ por hacerme la trenza. Me sentí estafado una vez más. Luego la señora me contó que eso es lo normal, de modo que debe ser una conspiración de las peluquerías para estafar al público en general. Tras salir de la peluquería me fui a Embacadero a esperar a Alex y a Mónica. Subimos hasta el Pier 39 ara ver los leones marinos y encontramos una tienda para zurdos, una tienda especializada unicamente en calcetines y una con posters de películas, discos y guitarras firmados por los actores y las bandas de música (todo carísimo evidentemente, mucho más que las peluquerías). Comimos en una hamburguesería Inn-n-Out donde, a pesar de los comentarios de Alex, las hamburguesas no me dejaron impresionado, aunque aun asi seguían siendo mejores que las de McDonalds o Burguer King. Tras aquello caminamos un poco más y Alex se fue a trabajar al bar de su hermano y Mónica decía que también tenía cosas que hacer, de modo que me quedé solo. Para aprovechar el poco sol que hacía, me me fui de nuevo a Union Square a leer. Después caminé hasta Chinatown para ver las chorraditas que tienen a ver si alguna me interesaba y a eso de las cinco y media subí Nob Hill hasta donde estaba Alex trabajando. Me dijeron que hasta las seis y media no entraba (extraño, puesto que se despidió de nosotros un poco antes de las tres) asi que, para hacer tiempo, me pateé Lombard Street para arriba y ver las ocho curvas que hace en la pendiente. Harto de caminar, intenté coger un tranvía para subir Mason Street, pero a esa hora resultó que iban todos petadísimos. Alex ya estaba en el bar cuando me acerqué por segunda vez, asi que le pregunté sobre los planes del día siguiente, pero me dijo que tendría visita y estaría ocupado, de modo que quedamos en vernos el domingo, durante el partido de futbol. Regresé a mi casa temprano para poder ver a la señora y pedirle alguna sugerencia para hacer al día siguiente. Estuvimos un buen rato charlando y, finalmente se fue a dormir. Me recomendó ver el puente de Mapfre, asi que me acercaré allí mañana. Tras aquello, lo de siempre: revisar el correo, escribir el informe y a dormir.

Como no tenía nada que hacer, el sábado me quedé vagueando en la cama hasta las diez y media. Hacía frio en la habitación y la cama estaba de lo más templadita. La señora de la casa se había ido a trabajar a pesar de ser sábado, asi que me tomé las cosas con calma. Salí a la calle a eso del mediodía y me dirigí a Ocean Beach en tranvía con la intención de ver el Pacífico y comer algo en los alrededores, ya que a la hora que era, decidí no desyunar. Hacía viento, la arena estaba un poco sucia y había madusas varadas entre las conchas y los pedazos de cangrejos dispersos, pero aun así había grupos que estaban de picnic en la playa. A lo lejos se veía a unos surfistas intentando mantener el tipo con unas raquíticas olas. Salí de la playa y decidí hacerme una foto a mi mismo con el mar detrás, ya que eso era lo más lejos que había llegado nunca de mi casa. Regresé hacia Golden Gate Park buscando algun sitio donde comer. No hubo resultado. De modo que cogí un autobús que me llevase al otro extremo del parque, por donde había visto más movimiento de camino a clase y además había tiendas que quería mirar. Al final estuve más pendiente de buscar las tiendas que dónde comer, y cuando vi un McDonalds detrás de Amoeba Music no me lo pensé mucho, a pesar de que aquí los McDonalds son peores que otras cadenas de comida rápida. En la tienda de música me tiré casi una hora, buscano entre vinilos, cintas y discos compactos. Tras aquello fui a Villains buscando productos de Toddland y a Giant Robot, una tienda de manga que me decepcionó mucho, más que nada porque solo tenian blind-boxes y ni siquiera eran gashapon, sino de diseñadores americanos. Caminé hacia casa siguiendo el extremo sur del Golden Gate Park y tomé un autobús hasta el puente de Mapfre. Mirándolo en retrospectiva, debería haber ido al puente primero, pues a medida que avanzaba el viento se hacía más insoportable y las nubes comenzaban a descender. Llegué al otro lado de la bahía, donde no había nada excepto una estatua de un soldado de la marina mirando al horizonte, y me di la vuelta. Regresé con paso ligero hasta el comienzo del puente para poder doger un autobús y llegar pronto a casa. Algo pasaba con el condenado autobús que estuvimos todos los turistas esperándole durante casi media hora. Para cuando me fui, del puente solo se veía parte de la carretera, los pilares y los cables se los habían tragado las nubes. En la casa, la señora salió de su cuarto a saludarme, mañana tambien le tocaba trabajar (debe estar ayudando a una amiga suya en nosedónde por lo que me contó), me enseñó lo que tenía de cena (cada vez hay menos comida y me la tengo que preparar yo) y se volvió a su cuarto. Después de cenar retomé mi rutina de responder emails y completar el informe.

El domingo me levanté como entre semana para poder llegar a tiempo al bar del hermano de Alex, donde iban a estar viendo el partido de fútbol de España contra Holanda, vamos, la final del mundial. El tranvía llegó con retraso y, como no pensaba subir hasta Nob Hill andando decidí coger el tranvía histórico, pero cambié de idea cuando vi la cola que había para subirse y, al final, me tocó patearme toda la subida hasta el bar. Aquello estaba petadísimo, pero pude hacerme un hueco cerca de la barra y ver el partido con normalidad. Para ser el primer partido de fútbol que veo íntegro en toda mi vida, ha sabido mantener la tensión hast el último momento. La celebración después no tuvo precio. En el mismo bar, alguien descorchó una botella de champán y comenzó a regar a la peña. A medida que se fue calmando la euforia la gente se fue llendo y me esperé a poder hablar con Alex para ver si se daba una vuelta o algo. Resultó que quería descansar asi que, como contaba con esa posibilidad, me fui al Borders a leer comics ya que me habia dejado la mochila en casa para que no me estorbara en el bar y la tentación me pudo, asi que acabé comprando. Tras aquello me fui al Walgreens a hacer unas compras de comida de subsistencia y cogí el metro-tranvía hasta la calle 22 para comprar algo de fruta. Finalmente llegué a casa justo antes de que la señora hiciese la cena, de modo que me organicé un poco para mañana y cenamos. Debió leerme la mente, porque hoy había preparado un buen bol de macarrones del que repetí tres veces.