Soplan nuevos aires en San Francisco

26 07 2010

El lunes llegaron nuevos españoles a la acedmia y, a pesar de intentar hacer conversación con gran parte de ellos, se mostraban poco comunicativos, imagino que decepcionados por el mal tiempo y el viento frío que han regresado a la ciudad. Ahora somos demasiados estudiantes en la clase de nivel avanzado de Betty, de modo que han abierto una nueva clase en la planta diez (las vistas son mejores) que, según la nueva profesora, será más práctica y haremos excursiones donde podamos aplicar de primera mano nuestros conocimientos de inglés. Me llama mucho la atención comprobar el funcionamiento de esta metodología, ya veremos en que queda. Tras la clase queríamos visitar las Painted Ladies en Alamo Square (las de Padres Forzosos) y caminar atravesando Japantown para acabar en Lalola, el bar del hermano de Alex. Alex había convencido a su hermano para dejarle usar el sótano mientras el bar estaba cerrado para poder echar una timba de póquer. Se supone que habíamos quedado a las siete, pero ya desde el primer momento se veía que la gente no se pondría en marcha para ir a ver las casas victorianas, de modo que, en cuanto vi que una de la residencia se iba para hacer unas compras, la acompañé al Walgreens donde pude reaprovisionarme de pan de molde y lonchas de queso. Tras aquello regresamos a la residencia y, haciendo tiempo, reservé tres billetes a Alcatraz, pregunté a todo el mundo si se queria venir, pero solo le interesaban a dos. Después a eso de las seis de la tarde, como veía que tendríamos una hora de viaje hasta Lalola y al gente estaba perezosa, subi a avisarles. Los encontré jugando al billar, al ping pong y toqueteando un portátil. De alguna manera, mientras intentaba hablar con ellos, intuía que me ignoraban más de lo normal. Mi sentido arácnido agudizó mi oído y pude intuir que tramaban un viaje a Las Vegas al que no me habían invitado a pesar de todas mis exclamacines de “Si vais a algun lado yo me apunto a un bombardeo” y parecía ser que tenían problemas para pagar online ya que ninguno tenía tarjeta de crédito (o no se fiaban de los demás como para cargar con el pago de los vuelos y el hotel, porque esa es otra, había que ir en avión que era más rápido). Como veía que allí no había movimiento y nos faltaba tiempo para llegar al bar dije que me iba yendo y que viniese conmigo quienquisiera. Se incorporaron finalmente un chico y una chica que nada tenían que ver con los que estaban reservando el viaje a Las Vegas. Cogimos el metro hasta Powell y desde allí, aprovechando el abono transportes, nos subimos (por primera vez todos) a un tranvía de los de época que nos subiera toda la colina hasta las proximidades del bar. Ya eran casi las siete y temía que, al retrasarnos esperando al tranvía antiguo, los de la residencia hubiesen parado un taxi y llegasen antes que nosotros. Llegamos justo para ver cómo el hermno de Alex abría el bar y le dejaba las llaves. Le saludamos y preparamos las mesas para la timba en el sótano. Como tardaban en llegar Alex les mandó un mensaje. Comenzamos una Fanta de naranja que había traído para beber y jugamos un rato al Jungle Speed, ya que ninguno traíamos las cartas de póquer. Yo pensaba recogerme a las ocho, pero a esa hora todavía estábamos esperando a los de la resi. Llamaron diciendo que estaban a mitad de camino (en diccionario malagués-castellano: estaban a punto de salir del hostal) y que cuanto calculábamos que tardarían en llegar. Ellos no tenian abono transportes y no se les ocurriría pagar 5$ por subirse a los tranvías de época, Alex tenía que cerrar el bar a las nueve y medi y devolverle las llaves a su hermano, una timba duraba por lo menos dos horas, era más que evidente que ya no les iba a dar tiempo. Renunciaron a venir y, los cuatro que estábamos comenzamos a hacer planes para los días siguientes ya que se irían pronto y aún les quedaban cosas por ver. Antes de las ocho y media salimos del bar y nos despedimos de Alex. A las nueve llegamos a Powell y cogimos un tranvía hasta Van Ness. A las diez llegué a casa. La señora me había dejado media bandeja de macarrones con pollo gratinados que saboreé con celeridad tras llevar tres días a base de hamburguesas congeladas y sándwiches mixtos sólo de queso fundido. Organicé mi mochila para mañana, pronostiqué algunas cosillas con la bola mágica, revisé mi correo, escribí el informe y me fui a dormir.

El martes vagueñe durante quince minutos antes de decidirme a salir de la cama. Hacía más frío que de costumbre asi que intuí que necesitaría el forro polar en algun momento de la tarde. En el descanso de clase para comer, los nuevos estudiantes de la nueva profesora fuimos a Union Square, ya que los edificios nos protegerían mejor del viento que quedándonos en Yerbabuena Gardens. Allí la gente comenzó a conocerse un poco. Me enteré de que con los chicos de mi clase no podía contar para ir a Las Vegas o a Los Ángeles porque acaban de pasar una semana allí antes de empezar el curso. Al terminar las clases intenté reunir algo más de gente que las cinco personas que quedamos para ir a ver las Painted Ladies, pero resultó que esta gente española nueva tambien tenía conocidos a quienes esperar y, como si nos poníamos a esperar no avazábamos, decidimos ir tirando a ver si nos seguían. No nos siguieron. Subimos en un tranvía antiguo hacia Civic Center y cogimos un autobús para llegar al Alamo Square. Allí estuvimos un buen rato, tirados en el césped durante el poco rato que brillase el sol, mirando las casas y viendo cómo un bebé intentaba ponerse de pie pero se caia siempre para atrás porque el suelo del parque estaba inclinado en la loma de un monte. Después pusimos rumbo al Japan Center, un centro comercial en Japantown lleno de… bueno, pues eso, comercios japoneses. No era lo que me esperaba y tras comprar un par de mangas temí que la gente empezara a aburrirse. Pero no. Resulta que, aunque el centro comercial fuese aburrido en si, había muchas ñoñerías de Hello Kitty y demás pijadas para el móvil, peluches y demás, asi que nos quedamos un rato más. Al salir, había cerca un bar llamado Tony’s Joint donde uno de clase me recomendó las hamburguesas. Parece ser que hoy no había hamburguesas y como, dentro de lo quecabe todos teníamos algo de hambre, acabamos encargando algo para comer. Aquello no era una hamburguesería sino un bar-restaurante tçipicamente americano, de modo que pudimos comer sentados cómodamente en un cubículo similar al de Cómo Conocí a Vuestra Madre. Al terminar pensábamos ir a Chinatown a por souvenirs, pero la gente ya estaba cansada y de cinco que éramos, tres acabaron bajando Van Ness en autobús rumbo a la residencia. Otra muchacha, Patricia, y yo nos fuimos a echar un vistazo en Chinatown antes de que cerraran. Ya estaban recogiendo los mostradores de la calle cuando llegamos pero pudimos comprar recuerdos con mayor o menor diferencia de precios de una tienda a otra y antes de que anocheciera, como empezaba a hacer mucho más viento fresco que a lo largo de la tarde, regresamos a Powell para coger el metro. Patricia se bajó en u parada y yo seguí hasta donde la señora tenía su casa, casi en la otra punta de la ciudad. Llegué más temprano que de costumbre y me encontré dos perritos calientes, media mazorca de maíz y una patata hervida para cenar. Intenté acompañarlo con uns mac&cheese instantáneos que me compré de emergencia pero algo tenían que no podía terminármelos. Tras cenar y prepararme los bocadillos para mañana, revisé mi correo y redacté el informe antes de irme a dormir.

El día anterior en clase, la profesora nos dijo que el miércoles la entrada a la Academia de Ciencias de California era gratis, de modo que, si queríamos ir, tendríamos que quedar más temprano. A mi, como me pillaba de paso en la línea N, me bajé antes de tiempo y si habíamos quedado a las nueve, a eso de menos veinte yo ya estaba por allí. La cola era kilométrica en proporciones inimaginables a pesar de todo el frío que hacía y el intenso viento que soplaba. Mandé sms a la profesora diciéndole que ya estaba en la fila y, al poco rato, a Alex porque me temía (y así fue) que la profesora no lo habría leido. Durante más de media hora esperé a que llegaran mis compañeros de clase ahí solo y, cuando aparecieron había caras que no conocía. Una de ellas bastante atractiva que, para más sorpresas, también formaba parte de la Universidad Autónoma (Patricia también era de allí y su compañera Sara se parece tremendamente a Arancha, una de las que estuvieron de Erasmus en Varsovia). Una vez iniciadas las conversaciones (ya que las presentaciones nunca llegaron a formalizarse) la cola empezó a avanzar y pudimos pasar al edificio, ecológicamente diseñado para ser ecológicamente sostenible aprovechando ecológicamente la energía del entorno y el aislamiento térmico-sonoro del ambiente, nos dispersamos. Terminé con Alex, y un chavalín asiático llamado Allan que me siguió, viendo la bóveda dedicada a la selva tropical, cosa que necesitaba después de tirarme la primera hora de la mañana helándome el culo. Todo muy bonito alli dentro: loros, ranas, mariposas y muchas muchas plantas que por un momento te hacían olvidar la rasca que hacía afuera. Descendimos luego al acuario, donde había cosas más interesantes, peces en su mayoría, aunque también tenían medusas y unas piscinas pequeñas donde meter la mano y tocar erizos de mar, estrellas de mar y pepinos de mar, al estilo del toca-toca en el Cosmo Caixa. Allí dentro perdí el rastro de Allan y de Alex. Cuando salí encontré a unos cuantos españoles con los que había entrado prestando atención a lo que un viejo geólogo les contaba sobre la falla de san Andrés y los terremotos. Terminó justo a tiempo para entrar a ver el espectáculo del planetario, donde casi me quedé dormido, narrado por una voz de hombre que resultó ser Wooppi Woldberg. Luego pasamos a ver la exposición temporal de los mamíferos extremos que tenían puesta en el Museo de Ciencias Naturales de Nueva York el año pasado y, tras aquello, di un par de vueltas con algunos de los españoles nuevos, volviendo a ver la selva tropical y el acuario, y nos salimos fuera del museo a comer. Se suponía que la clase de Marina vendría también al museo pero no vi a nadie en toda la mañana y lo mismo me pasó con las españolas de mi clase de la Unversidad Autónoma. Sentados en las escaleras de un jardincito en obras entre el museo de ciencias y el de De Young, la gente decidió tomarse un café después de comerse sus bocadillos. Cogimos un autobús hasta la parte italiana de North Beach y Lola nos llevó a un café del movimiento Beatnik. Allí hablamos con unos americanos, hicimos bromas y nos relacionamos un poco, antes de ir a Chinatown para que lo vieran. Después de bajar la calle Grant (el Dolores Barranco de San Francisco) quisieron irse a tomar unas cervezas, pero yo andaba preocupado por no haber visto a Marina ni a Vincent en todo el día, ya que hablamos de reservar un viaje a Yosemite para este fin de semana. Con un par de viajes en autobús me planté en su residencia y nos pusimos a comparar precios. Adrián, uno de los andaluces, y dos madrileñas que también están en familia pero se tiran la vida en la residencia llamaron y se soprendieron (no muy gratamente percibí) de verme abrir la puerta. Tras una conversación insustancial y que me resultó algo incómoda, nos despedimos. Finalmente conseguimos reservar un viaje de dos días en autobús a un precio razonable en una compañía de viajes china que intuyo tiene algo que ver con la que organizó el viaje a Filadelfia-Washington-Cataratas del Niágara que reservó Elena el año pasado en Nueva York. Tras aquello regresé a la casa de la señora en Sunset, caleté la poca cena que me había dejado (el plato principal consistía en dos trozos de pan de molde pegados con queso fundido por dentro sin nada más), me corté las uñas y me puse a revisar los correos y escribir el informe en el ordenador antes de irme a dormir.

El jueves con la clase nos fuimos de nuevo hasta Coit Tower, pero esta vez por el lado norte, a la que había que llegar subiendo toda una ladera con escaleras. Las vistas y el solecito eran tan inmejorables allí arriba que los quince minutos de descanso se transformaron en media hora. Después bajamos con la profesora al Café Trieste, el que tenía monedas de 25 centavos pegados al suelo para que se agachara el personal que pasase a recogerlos. Allí estuvimos otra media hora hablando con dos estadounidenses para que la profesora viese lo bien que nos desnvolvíamos. Luego fuimos a la librería City Lights donde se originó el movimiento Beatnik del que habíamos leido en clase y, finalmente, bajamos la calle Grant atravesando Chinatown. Si algo de lo anterior os suena es porque es exactamente la misma ruta que hicimos el día anterior. Al regresar a la escuela, los profesores habían comprado dos cubos de helados para todos los estudiantes y nos quedamos un buen rato, tanto españoles como asiáticos, poniéndonos las botas. Me encontré con Marina que se encargó de arruinarme el momento al informarme de que la había escrito de la compañía de autobuses para comunicarnos que habían cancelado el viaje a Yosemite de este fin de semana. Por su parte, embriagado por la euforia del momento, a uno de los malagueños, Adrián, se le ocurrió organizar una fiesta en su residencia y sacó un papel para hacer una lista en la que todos nos apuntamos. Como aquello empezaba a las siete de la tarde, ya eran casi las cuatro y media, y yo quería comprar fruta me junté con un grupo de los españoles recién llegados que tenían que hacer la compra y les convencí para guiarles hasta un Safeway (el Carrefour de por aquí) en la esquina de la calle Market con Church, ya que luego me vendría bien para regresar a casa y no ir cargando con las bolsas durante mucho rato. A eso de las siete que dejé el supermercado aún no había aparecido Adrián para hacer la compra (dijo que sabiendo que estábamos allí, compraría comida y cervezas para la fiesta para que le ayudáramos a cargarlo). Yo me fui a casa, dejé mi fruta, hablé un poco con la señora que ya había cenado y estaba por salirse a no se dónde, cené por mi cuenta y me adecenté antes de salir hacia la residencia. Mandé un sms a Adrián durante el trayecto aún a sabiendas de que no tendría tiempo para leerlo en el caso de estar estresado con la compra. (¡Toma ya! Prueba un poco de tu medicina. Así sabrás lo que me estresa a mi organizaros a los malagueños.) Llegué antes de lo esperado al hostal y me encontré con el conserje echándole la bronca porque estaba intentando pasar a nueve personas a la vez dentro de la residencia. Tras aquello subimos y tuvimos una fiesta a lo American Pie pero sin el sexo (¡qué le vamos s hacer!) donde pude entablar conversación con la atractiva muchacha de la Autónoma que pareció haberse venido con el novio de Madrid (y es que hay que joderse, de siete que vienen nuevas, resulta que la más guapa se trae al apaño). Tras la fiesta se suponía que había que ir a Lalola donde Alex había convencido de nuevo a su hermano para que le dejase echar una timba de póquer. Yo hasta le había comprado unas fichas el día anterior, pero hubo rajada general y acabamos cantando en el karaoke justo al lado de la residencia de la que habíamos salido. Tras un poco de Village People, Jackson 5 y Queen, aquello cerró y me recogí a casa. Fue llegar y ponerme el pijama ya que lo había dejado todo listo para no entretenerme con nada.

El viernes, al no haber clase, me despertó una llamada de Carolina, la española cuyo novio nos invitó a los Estudios Pixar, que me llamaba para saber de mis planes. Yo le dije que había quedado para comer con estos nuevos españoles, pero que por la tarde, si seguían por el Golden Gate Park, podríamos acercarnos para ver el jardín de té japonés. Habíamos quedado a la una y media para comer pasta y yo, llegué quince minutos antes como es propio de mi, pero se pasó el rato y como hasta pasadas las dos la gente no se movió para buscar un supermercado donde comprar los ingredientes, le mandé un sms a Carolina diciendo que veía complicado lo de ir a encontrarles en el jardín de té. Ella me respondió que daba igual, que ya estaban regresando porque aquellos amigos suyos que habían venido a visitarla a ella por sorpresa tenían que irse a hace la maleta, porque seguramente su vuelo saldría por la noche. Me supo mal no poder ver a Carolina después de toda una semana, pero espero que se una a las clases de la planta diez y haga excursiones con nosotros la próxima semana. Tras cocinar, comer y reposar la comida viendo un poco de Quantum of Solace, salimos a la calle a las seis. Yo les dije que ya se nos haría tarde si queríamos ver el jardín de té, de modo que cambiamos el itinerario para ver Nob Hill (si, tercera vez ya) y Lombard street (de nuevo, por tercera vez) y después de auquello bajando hasta Fisherman’s Warf (¿a qué no adivinais por qué vez? ¡Correcto, la tercera! Y esta vez tampoco vi la sala de recreativos de los 80). Les enseñé alguna de las cosas que no vieron cuando se acercaron ellos por primera vez a comienzos de la semana, aunque para aquellas horas ya estaba casi todo cerrado. Cenamos en el Inn-n-Out y cogimos un bus de vuelta por Van Ness. Cada cual se fue bajando en la su calle horizontal donde tenían los hostales hasta que me quedé solo en Market y cogí el metro hasta mi casa. Al día siguiente íbamos a alquilar un coche para ver el sur de la bahía, de modo que guardé la cena que me había dejado la señora en un taper y me fui a dormir.

El sábado me tuve que levantar a las cinco y media de la madrugada para poder llegar a tiempo. La señora debió alucinar cuando se despertó y me vio desayunando en el salón. Tenía que pasar a buscar a Marina, nuestra incorporación de última hora para poder compartir el alquiler del coche. A pesar de que Marina estaba despierta y de que llegamos con tiempo al lugar acordado, allí no había nadie. Tras marearla dando vueltas buscando otro sitio (en el improbable caso de haberme equivocado) y mensajeando a uno de los españoles a través del móvil, finalmente llegamos al hostal de Sergio y Víctor una hora más tarde y aún después tuvimos que esperar otra hora hasta que supimos de los que fueron a alguilar el vehículo. Tras el madrugon y la panzada a caminar a tan tempranas horas, entramos en la furgoneta alquilada y cogimos la autopista dirección sur. Para rellenar hueco y repartir gasto, Jose de Pamplona había convencido a una pareja de recién casado de su residencia para que se vinieran, de modo que hacíamos un total de diez personas en la furgo de doce plazas. Decidieron cambiar el itinerario y dejar Stamford y Sillicon Valley para el final, de modo que llegamos a una zona de playas aceptables con gente haciendo picnic, después de parar los diez minutos de rigor para que el conductor descanse y la gente mee, finalmente nos detuvimos en una playa, en medio de ninguna parte, con rocas sobresaliendo al borde, con unas olas demasiado violentas y con el agua cubierta de algas desde la orilla hasta donde alcanzaba la vista a eso de las dos de la tarde. En esa mierda de playa comimos. No brillaba el pintoresco sol californiano de las películas, sino que la luz se dispersaba entre unas nubes blancas que cubrian el cielo y que, si bien impedían que proyectásemos ninguna sombra, no te dejaban abrir los ojos de lo blancas que eran. Tras esta decepción de playa (donde además se me mojó la mochila), regresamos hacia Sillicon Valley a las cuatro de la tarde. Allí conseguimos localizar la sede de Intel, Google y, ya en Palo Alto, la casa donde se fundó Hewlett-Packard. Apresuradamente llegamos a Stanford cuando el sol se ponía. Caminamos por una milésima parte de las instalaciones, viendo la biblioteca y una de las entradas a la universidad más emblemáticas y nos echamos de nuevo a la carretera. A las diez y media conseguimos aparcar la furgoneta. Salimos a cenar una pizza malísima por Union Square y, viendo que la gente quería tomarse unas cervezas y mi cansancio no me dejaba actuar de forma natural, decidí volverme a casa antes de que me cerrara el metro. No tardé mucho en llegar a casa pero entre pitos y flautas me acosté a la una.

El domingo desyuné malamente. La señora había tardado en coscarse de que la leche del desayuno se agotó el jueves y había comprado una garrafa que descubrí que estaba caducada tras notar que los cereales tenían un sabor más malo de lo habitual.El plan del día consistía en alquilar unas bicis en un sitio que Jose encontró donde el alquiler de todo el día, sin horario de entrega, iba a ser 14$ (lo cual me sentó como una patada en los huevos ya que la semana pasada nos costó 28$). Tras una especie de problema con el dueño sobre el precio marcado en sus anuncios, finalmente pagamos los 14$ de rigor y a las once nos echamos a pedalear Nob Hill cuesta arriba. Básicamente seguimos el mismo recorrido que la semana anterior con menos paradas para hacer fotos y comer. Llegamos a Sausalito a las cinco y media, tiempo de sobra para pedalear hasta el otro extremo del pueblo donde se encotraban las casas flotantes originales (y no el chalecito de madera o el Taj-Mahal que vimos el domingo anterior. De camino encontramos un DeLórean cubierto por una de esas impertinentes mantas impermeables que los dueños ponen por encima a sus coches. Mira tu que encontrarme un DeLórean en plena calle y no poder echarle fotos por esa estúpida manta de los cojones. Eso si que me sentó como una patada en los huevos, ya que seguramente sea la única vez que tendré en la vida de acercarme al coche de Regreso al Futuro. En las casas-barco, cuando iba a echarles una foto a las dos muchachas, salió el dueño del barco abriendo la puerta de repente y gritándo: “¡No podeis hacer eso! ¡Esto es una propiedad privada! ¡Esto parece un puto zoo con gente como vosotros caminando con vuestras estúpidad cámaras!”. Tras aquello dimos un par de vueltas por los muelles de las casas y regresamos, no sin antes levantarle la manta del DeLórean a duras penas los justo para poder leer “APR California 2009 3AGB096” en su matrícula. Pedaleamos hasta el puerto del ferry y volvimos rodeando Alcatraz como la semana anterior. En Embarcadero, ya que no teníamos hora límite para devolver las bicis, bajamos hasta el estadio de los Giants. Subimos atravesando Soma hasta la tienda de bicis y, tras aquello, agotados como estábamos, nos separamos hasta el lunes. La cena congelada que no me tomé ayer por haber cenado la pizza con esta gente, me esperaba hoy en la cocina y descubrí que debería empezar a quejarme a los de la agencia de Language4You sobre la definición de “cena incluida” si su significado se ceñía a “bandeja de comida de avión para calentar al microondas”. Bastante decepcionado, me preparé unos sándwiches a la plancha para acompañar, ya que esa ridícula bandeja apenas me haría olvidar el hambre durante media hora.


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One response

2 08 2010
Jesús T. "chusetto"

“Vas a ir a Stanford, vas a ir a Stanford” xDDDD

El otro día estuve viendo Conspiración en la Red y me pregunté si ibas a ir a Sillicon Valley… y luego me pusiste la foto en el FB.

PD1: DeLorean FTW!
PD2: Sigues sin mojas
PD3: Me cuesta horrores leerme todo esto… xD

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