Terceras crónicas 31

18 06 2011

El murmullo en la sala de los periodistas aumentó en cuanto retiraron al preso de la sala acristalada. Todos los reporteros miraban a su alrededor expectantes, aunque la mayoría ya sabía que la ejecución se produciría al otro lado del cristal ahumado.

“¡Tenemos que largarnos ya!” Murmuró Vircof apresuradamente.

“Espera.” Respondió Caos analizando la situación. “Todavía es muy pronto. Los soldados podrían sospechar de dos periodistas que se vayan antes de la ejecución sobre la que deben informar.”

“¿Qué más da lo que piensen los soldados? En cuanto ejecuten a gorrosa podemos darnos por muertos estemos donde estemos. ¡Tenemos que encontrarlo y liberarlo antes de que lo hagan estallar!”

“Vircof, la ansiedad corre por tu venas. Los guerreros ansiosos cometen errores siempre. Controla tus nervios y sopesa las posibilidades.” Le aconsejó Caos.

“Ya estamos otra vez. A ver si te enteras: ¡que no me entero cuando hablas! ¿No sabes hablar normal? Así solo consigues ponerme más nervioso.” Dijo Vircof intentando no alzar la voz.

“Estamos en rodeados de periodistas y soldados. No podemos actuar con libertad de movimientos. Cualquier cosa que hagamos no servirá de mucho si nos inmovilizan enseguida. ¿Qué otra cosa quieres hacer?”

“Bueno,” Comenzó Vircof. “para empezar podemos acercarnos al cristal espejado de delante haciendo como que queremos tomar mejores notas. Así conseguiríamos bajar de estas gradas tan estrechas y ponernos a nivel del suelo para poder salir disimuladamente en cuanto tengamos ocasión. ¿Qué te parece?”

Caos asintió dándole la razón. Para ser un joven lleno de energía y de nervios, Vircof había analizado bastante bien la situación. Salir de las gradas llenas de periodistas era la mejor opción si se tenía la intención de abandonar la sala cuanto antes.

“¡Joder, desde aquí no se ve nada!” Gritó Vircof con un fingido tono de indignación. “No voy a poder escribir un artículo bueno si no me entero de lo que pasa.” Y se giró para decirle a su compañero reportero Caos. “Tio, ¿te vienes abajo a verlo desde ahí?”

“Claro, desconocido periodista. Bajemos para observar mejor la noticia.” Añadió caos sin una pizca de credibilidad.

Los dos reporteros se pusieron en pie y comenzaron a bajar las escaleras de las gradas. Cada vez que algún periodista les obstruía el paso se excusaban diciendo que abajo se vería mejor la ejecución. Poco a poco, mientras bajaban, se corrió la voz y varios corresponsales les siguieron hacia abajo.

Vircof y Caos llegaron al pie de la cristalera e intentaron divisar qué había al otro lado de su reflejo sin éxito. En la sala que había al otro lado solo se podía distinguir una plataforma grisácea y, más allá, un ventanuco mal iluminado. Había movimiento detrás del ventanuco, pero no se distinguía nada.

Cuando se dieron la vuelta para intentar ver cómo apañárselas para salir de la sala de los periodistas, una marabunta de reporteros les rodeaba. A todos les pareció buena su idea de pegarse al cristal para ver la ejecución. Los pocos que quedaban en las gradas o protestaban porque los que ya estaban abajo les tapaban la vista o se estaban poniendo en marcha para bajar de las gradas. A nadie parecía entusiasmarle la idea de la Autoridad de instalar unas gradas en la ejecución.

A punto de retroceder entre la muchedumbre, Caos y Vircof se vieron sorprendidos por la repentina iluminación del espejo. Asustados, se dieron la vuelta. La sala al otro lado de la cristalera era casi circular. Las paredes estaban cubiertas de rejillas y de cables por todas partes. Ocho tubos sobresalían del suelo alrededor de una plataforma. En la distancia, los tubos parecían las varillas de una antena, con condensadores en los extremos e infinidad de cables serpenteando desde la base en todas direcciones. En lo alto de la plataforma había un soldado vestido con un mono blanco. Daba vueltas en torno a algo colocado en medio de la plataforma y que se ocultaba debajo de un gran trozo de tela. Por el contorno, daba la sensación de que se trataba de una jaula. Pero, de ser una jaula, ésta debía tener la misma altura que el soldado.


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