Terceras crónicas 30

12 06 2011

Sin dudarlo, el médico rompió el cristal que protegía el mapa y echó a correr escaleras abajo, siguiendo las indicaciones para llegar hasta la Cámara de Desmasificación. ¿Qué tenía la gente La Bóveda en contra de los mapas? ¡Con lo útiles que eran!

Tras sacarle de la sala de custodia, los guardias ataron a Txus con cadenas y escoltaron al preso en fila, vigilándole por delante y por detrás. Avanzaron por un pasillo estrecho y se detuvieron antes un control. Allí los guardias que le habían estado controlando en la sala les cedieron las cadenas a unos individuos cubiertos por una especie de mono blanco con guantes y botas cuyos rostros no se distinguían por detrás del cristal ahumado de las máscaras que les cubrían las cabezas.

Cuanto más avanzaba por los pasillos y atravesaba salas y cuartos, la seguridad se hacía cada vez más difícil de esquivar, y avanzar se hacía más complicado y lento. Científicos y soldados se mezclaban con batas y uniformes blancos. Finalmente, el médico tomó la decisión de esconderse y dejar inconsciente a un tipo orondo que pasó cerca de él. Según la acreditación, un profesor encargado de coordinar un experimento en paralelo a la desmasificación. La Autoridad no se iba a limitar a convertir a su preso en maná, también iba a aprovechar para realizar más investigaciones a su costa.

A primera vista, le resultaba imposible distinguir si las personas que se encontraban tras esos monos de protección eran simples cerebrines científicos o soldados con nociones de combate cuerpo a cuerpo. El preso seguía tanteando las posibilidades de escapar y salir al encuentro de Vircof y Caos en la sala de los periodistas o en busca de su otra copia que zigzagueaba por los pasillos.

Disfrazarse con la bata y la acreditación del profesor le hizo pasar desapercibido al principio. Para ser un reconocido criminal a punto de ser ejecutado en ése mismo edificio, ninguna persona parecía reconocerle. Seguramente debido a que ninguna de aquellas personas tenía relación directa con la ejecución y sí con los experimentos que pensaban llevar a cabo simultáneamente. Gracias a eso consiguió avanzar con más facilidad de lo que pensaba. Todo fue bien hasta llegar a un control en el que la seguridad era más estricta.

Los dos tipos de los monos de protección que le habían estado escoltando se detuvieron frente a una mesa tras la que el coronel Phill McPherson organizaba unos papeles dándoles unas órdenes a otros tipos cubiertos con los mismos monos.

“Anima esa cara, proyecto 3-21. Ninguno de los dos quería llegar a esta situación. Se suponía que tu ibas a infiltrarte y pasarme información a cambio de poder salir de tu celda más a menudo, pero es una pena que te descubrieran tan pronto.” Dijo ajustándose un mono de protección como el que llevaba el resto del personal en la sala.

“No tienes ni idea de lo que vas a hacer. Si vas a matarme hazlo ahora antes de que nadie salga herido.” Intentó advertirle el preso.

“¿O qué vas a hacer? ¿Duplicarte en otro preso con cadenas? Conozco los límites de tus habilidades porque fui yo quien te las dio. Siempre has sido un prisionero demasiado orgulloso, no vayas a acobardarte ahora.” Le espetó McPherson mientras indicaba a dos soldados que abrieran una gruesa puerta metálica.

“El daño que reciba uno de mis clones se replica en las demás copias. ¡Revisa tus cálculos! ¡Te estoy diciendo la verdad! ¡Si me desmasificas ahora, mi clon estallará al mismo tiempo arrasando todo lo que tenga a su alrededor!”

“¡Basta!” Ordenó el coronel. “Esperaba más de ti. Deja de suplicar y acepta que no tienes alternativa. Hasta aquí ha llegado tu vida.” Dicho esto rodeó la mesa y le indicó a los guardias que lo retiraran.

El vigilante del control miró receloso la identificación del profesor que tenía delante y tuvo que preguntar a su compañero quien, inmediatamente cayó en la cuenta de quien era. El médico comprendió que ya le habían descubierto y no tenía sentido seguir ocultándose. Derribó a los vigilantes y sacó su florete. Avanzó por los pasillos esquivando a todos aquellos que intentaban detenerle, científicos o militares. Una vez más, meditó en las palabras del capitán y las consecuencias que tendrían las muertes de todas aquellas personas. Evitarles la muerte a todos los que se interponían en su camino no tendría sentido si no llegaba hasta su clon antes de que la desmasificación comenzase, pues todo el islote de Endsville desaparecería en la explosión. Pero acabar con ellos solo porque seguían las órdenes de sus ignorantes superiores, era demasiado radical. Como médico debía evitar muertes no provocarlas y más teniendo en cuenta lo que le ocurrió en la Universidad de Mendel.

Los escoltas arrastraron al preso hacia la gruesa puerta de metal y entraron con él en una cámara  donde les encerraron. Al otro lado había otra pesada puerta metálica con un ventanuco. A través de su propio reflejo, el preso pudo distinguir una amplia sala al otro lado cuyas paredes estaban repletas de placas, cables, postes y luces parpadeantes, excepto por un amplio ventanal donde parecían moverse unas personas diminutas en unas gradas. La sala de los periodistas, pensó.


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