Diario de a bordo CXXI

3 06 2011

La brillante capa de neblina blanca no era muy gruesa. Antes de terminar de subir la escalera, con medio cuerpo fuera de la buhardilla, la niebla desaparecía, dejando ver el cielo azul. Un cielo más despejado y con un sol más brillante de lo que nunca había visto. Hacía muchísimo calor. Y eso ya no era por los nervios, los rayos del sol caían realmente fuertes.

Desde que llegamos a las proximidades de Endsville, la lluvia no se había detenido ni un por un instante. El agua, el viento y el frío se acentuaban como consecuencia de las cerradas nubes que rodeaban el islote. ¿A dónde había ido a parar toda la tormenta? No terminaba de entender en qué momento la lluvia se detuvo para ser sustituida por un día tan soleado.

Una vez fuera de las escaleras eché un vistazo a mi alrededor. El suelo estaba completamente cubierto por aquella niebla resplandeciente, tan blanca que casi cegaba la vista tanto como el propio sol. La niebla era tan densa que por debajo de las rodillas no se distinguía nada. Ni mis pies ni el suelo eran visibles. Aquel efecto debía ser muy frecuente, pues a mi espalda un largo poste con un trapo indicaba dónde estaba el hueco de la buhardilla que daba a las escaleras.

Cuando trabajé en las instalaciones de I+D del islote antes de mi accidente, todos decían que las Torres Gemelas eran tan altas que desde arriba se podía ver el Tercer Mar. Ninguno de los que divulgaban el rumor había subido hasta allí para comprobarlo, pero era una bonita historia para todos aquellos que trabajábamos sin descanso en los experimentos bajo una eterna nube de tormenta. Allí siempre llovía. En Endsville nunca brillaba el sol.

Enseguida descubrí qué era toda aquella niebla. Las Torres Gemelas eran tan altas que superaban la distancia sobre la que flotaba la tormenta. Por eso el sol era tan intenso. En ese momento me encontraba sobre la mayor nube del planeta. Al oeste, entre toda la arrugada superficie blanca de la nube, sobresalía un diminuto pico montañoso, el de la montaña más alta de la cordillera que separaba el Octavo Mar del Tercer Mar. Supongo que eso sería todo lo que en verdad se podía ver desde allí arriba al fin y al cabo.

“Una buena vista, ¿eh?” Escuché la voz de Janos.

Sorprendido me giré. No estaba a mi espalda como me temía sino más alejado. Estaba apurando la última calada de su cigarrillo antes de tirarlo al suelo, o al menos imaginaba que sería el suelo, con esa neblina no había forma de saber dónde pisaba uno. No parecía dispuesto a atacarme, aunque llevaba sus guantes cubiertos de lija colgando del cinturón.

La tranquilidad con la que se dirigía hacia mi, me confirmó que mis sospechas eran acertadas. Durante todo este tiempo el teniente Janos había fingido una rutina de subir a la azotea solo para asegurarse de que cualquier persona pudiese indicarme dónde encontrarle.

“¿Has traído lo que robaste?” Dijo Janos mostrando mi brazo congelado en el hielo. Al menos seguía sin saber qué objeto debía recuperar.

“No.” Respondí intentando mantener la calma.

“¿Qué es lo que quieres, Fangorn?” Insistió. “¿Qué pretendes conseguir? ¿Por qué huyes? ¿Es por Pandora?” Janos me conocía demasiado bien. Nunca me gustó eso. “No va a volver. Lo sabes, ¿verdad? Sus experimentos no te llevarán hasta ella. Los cofres no hablan.”

¡Maldición! Janos lo sabía. Sabía qué objeto había robado. Había estado jugando conmigo todo el rato y yo no me había dado cuenta. A pesar de todo el tiempo que pasamos juntos en la Comisión de Investigación y Desarrollo, jamás había conseguido adivinar en qué pensaba Janos, sin embargo, él me conocía demasiado bien y podía anticiparse a mis pensamientos.

Aquello me puso demasiado nervioso y perdí la poca compostura que me quedaba. Instintivamente extendí el brazo para dejar caer las barras de la alabarda hacia mi mano. Los resortes del interior la montaron en un par de segundos y me puse en guardia.

“Por favor… Te ofrecí un cambio precisamente para evitar tener que pasar por esto.” Dijo Janos con tono de resignación echando mano de sus guantes. “Tu brazo a cambio del Cofre Pandórico. ¿No pensarás pelear en serio? ¡Mirate! ¿Qué posibilidades tienes de recuperar tu brazo? Seguro que eres incapaz manejar esa lanza con una sola mano.”

No debía atacar primero. Janos aún no se había puesto los guantes de lija y, por tanto, conservaba su piel humana. Por lo que sabía, las diferentes composiciones de su piel se materializaban al despellejarse y exponerse al aire. Mientras le atacase en las áreas que aún no habían sido raspadas podría hacerle algún daño. A lo mejor si debía atacar primero. Así podría aprovechar la poca ventaja que eso me diera. Sin embargo, mis ataques con la alabarda eran demasiado lentos con un solo brazo y carecían de impulso suficiente como para asestarle algún golpe fuerte. Aunque tal vez me convenía más esperar a que él diese el primer paso y encontrar alguna apertura en sus movimientos. En cualquier caso la alabarda no era la mejor arma para atacar desde cerca. Y además, estaba la cuestión de cómo arrebatarle mi brazo antes…

Estaba paralizado. Después de cómo barrió el suelo conmigo tras la emboscada que nos tendieron al salir de Fantom Town, no sabía qué hacer.


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