Diario de a bordo CXIII

11 02 2011

No sé cuánto tiempo pasé leyendo aquellos índices. Por unos instantes olvide la amenaza que suponía la inminente desmasificación de Txus. Había tantas cosas en aquél archivo que sólo podía lamentarme de no tener tiempo para leerlas todas.

La carpeta de Spunkmeller contenía más referencias de las que podía imaginar. Prácticamente envolvía a todas las secciones que trabajaron bajo su supervisión, todos los experimentos e investigaciones posteriores se encontraban, de alguna manera, relacionados con lo que ella hacía. Cualquiera pensaría que, al fin y al cabo, era normal que en la carpeta de un antiguo cargo de la Comisión de I+D aparecieran indexados todos los proyectos que estuvieran bajo su supervisión. Pero aquello era algo más que un índice.

Cierto, cualquier investigación llevada a cabo mientras la doctora Spunkmeller dirigía La Bóveda se reflejaba en aquella lista, pero en vez de ser una mera relación de experimentos, todos ellos figuraban con anotaciones y mencionaban referencias a otros archivos y carpetas. Ojalá hubiese tenido algo más de tiempo para poder leer toda la información que rodeaba a la doctora, pero fui interrumpido.

“¿Hola? ¿Hay alguien ahí?” Dijo una mujer.

Fui un estúpido. Una vez más me había precipitado demasiado. Dejándome llevar por los nervios y la tensión, no caí en la cuenta de que la luz del archivo llamaría la atención en mitad de un piso a oscuras. Las prisas por recuperar mi brazo me habían puesto al descubierto.

“He visto la luz encendida y solo quería asegurarme de que todo estaba en orden. ¿No hay nadie?” La voz me resultaba familiar. “Claro que no hay nadie, tonta. Como si me fueran a contestar…”

“¿Brisseis?” Murmuré sorprendido al recordar a una antigua compañera de trabajo. La chica de la puerta se detuvo un momento.

“¿Quién anda ahí?” Respondió alterada. “¡Se lo advierto, voy armada! ¡Salga con las manos en alto!”

Resignado me aparté de las estanterías tras las que me escondía con las manos en alto.

“¿Fangorn? ¿Eres tú? ¿Has vuelto?” Dudó por unos instantes.

“Si, soy yo. Cuanto tiempo ¿no?” Respondí con calma. “No irás a darme con lo que sea que estés armada ¿verdad?”

“¡Claro que no, nunca estoy armada! Lo digo siempre para ver si funciona. Es la primera vez que da resultado…” Comentó más relajada, pero luego murmuró. “… claro que es posible que las veces anteriores nunca hubiese nadie para escucharlo. ¡Ja!”

Me alegraba ver una cara conocida después de tanta tensión para infiltrarme en el edificio. Brisseis era miembro de la plantilla de científicos locales del peñón, es decir, hija de antiguos científicos reubicados a la fuerza en Endsville por la Autoridad. Era una ingeniera bajita de pelo moreno y con gafas cuadradas que siempre llevaba su blanca bata de científica llena de manchas debido a todas las herramientas engrasadas que guardaba en los bolsillos y a que le estaba grande y la arrastraba.

“¿Qué haces aquí? Creía que estabas en la Centralita.” Preguntó Brisseis. Esto me tranquilizó un poco, al menos el personal propio de la isla no tenía constancia de mi situación actual.

Brisseis sorteó un pequeño bidón metálico que había a la entrada, que no me sonaba de haber visto antes, para hablar con más tranquilidad y cerrar la puerta del archivo del todo para que no saliera la luz afuera. Brevemente, le puse al corriente de lo sucedido. Le conté lo de mi deserción en la Centralita a bordo de la Fenris, de cómo recluté a un artillero y a un médico, de cómo el teniente Janos nos emboscó y me arrancó un brazo, de cómo desembarcamos en Elbaf para busca a un antiguo amigo mío y nos enteramos de la amenaza que suponía la condena del médico, y de cómo decidimos adentrarnos en Endsville para detener la ejecución.

Al terminar de explicarle lo que nos había pasado la luz de la sala de archivos parpadeó una fracción de segundo, pillándonos a los dos por sorpresa.

“Pues estáis bien jodidos. Tu sobre todo.” Sentenció Brisseis colocándose las gafas. “Y no lo digo por decir. Me he cruzado con el teniente por el pasillo unas plantas más arriba.

“¡Maldición! ¿Sabe alguien más a parte de él que estamos aquí? ¿Sabe que le estoy buscando?”

“No creo. El teniente lleva subiendo a la azotea todos los días desde que llegó. Siempre con un pedazo de hielo. Ahora que me lo has contado, ya me hago a la idea de qué es lo que hay dentro.”

Aquel detalle no era insignificante. Para bien o para mal, Janos ya se había hecho una rutina, así que tendría una oportunidad de pillarle por sorpresa sabiendo dónde encontrarle y cuándo encontrarle.


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