Diario de a bordo CXII

21 01 2011

El elevador se detuvo en la planta 55 tras haber desalojado al resto de pasajeros en los pisos intermedios. Durante el trayecto nadie dio muestras de reconocerme. Desde luego que me miraban sorprendidos por llevar una gabardina roja en lugar de las batas blancas, pero nadie pareció darse cuenta de que yo era un fugitivo de La Autoridad. En cierto modo no era de extrañar. Al fin y al cabo la mayoría de los empleados en Endsville eran científicos retenidos allí en contra de su voluntad o nacidos en Endsville dedicados a las investigaciones que no podían abandonar la isla, ninguno era un soldado al que se le hubiese notificado mi orden de búsqueda y captura.

Endsville nunca había sido muy permisiva con la presencia armada en la isla. La antigua directora de la Comisión de I+D no lo fue nunca y dudaba de que aquello hubiese cambiado bajo la dirección de McPherson. De hecho, seguro que la razón por la que había tantos soldados en ése momento sobre la isla se debía a la ejecución de Txus y al hecho de que La Autoridad quería mostrar una imagen de estricto control ante los periodistas que acudirían como testigos.

Las puertas correderas dieron paso a un estrecho pasillo enmoquetado iluminado con la luz que provenía del interior del elevador. Me detuve un momento entre las puertas para escuchar si había alguien más en las proximidades. Todo despejado. Cuando se cerraron las puertas el pasillo quedó a oscuras, hasta que pude percibir pequeños farolillos de maná esparcidos a lo largo de la planta.

El piso 55, como la mayoría de los pisos en las Torres Gemelas, estaba recortado por intricados pasillos que serpenteaban entre los despachos de los diferentes departamentos. Las paredes de los despachos eran muy finas y se levantaban un metro por el suelo, a partir de ahí, los cristales delimitaban cada despacho, de modo que bastaba con ponerse de pie y echar un vistazo para saber qué sucedía al otro lado del departamento. A pesar de todo, la escasa luz proporcionada por los farolillos solo servía para evitar tropezar con las cosas que hubiese por en medio, casi siembre columnas de papeles y archivos, pero no alumbraban lo suficiente como para ponerse a buscar cosas en concreto. Menos mal que el conserje ya me había indicado a dónde ir, más o menos.

El almacén de archivos que estaba buscando se encontraba detrás de los huecos que dejaban los elevadores, en una sala que aprovechaba las paredes de las columnas de los elevadores. Sin embargo la entrada era justo por detrás, de modo que debía rodear la fila de elevadores, algo complicado ya que los pasillos no avanzaban en línea recta más allá de diez metros. Los despachos y los departamentos, estaban distribuidos de forma completamente aleatoria por toda la planta. Lo que hacía que los pasillos zigzaguearan y no siguieran ninguna distribución lógica.

La explicación para tal descontrol era sencilla. En las Torres Gemelas se albergaban los equipos de científicos encargados de analizar los resultados de los experimentos realizados en La Bóveda. Como el análisis de los resultados llevaba más tiempo que realizar otro experimento, normalmente se tenía a varios equipos trabajando en los diferentes resultados de un mismo experimento repetido varias veces. Cuando un equipo terminaba su investigación, archivaban sus papeles, destinaban el personal a otros proyectos y se desmontaba, literalmente, el departamento, despacho a despacho y módulo a módulo, hasta que su espacio lo ocupaba otro equipo de análisis. Por eso la organización de los departamentos no seguía ningún orden.

Serpenteando por los pasillos, y tropezándome repetidas veces con la cantidad de papeles y demás obstáculos tirados por en medio, conseguí acercarme a la entrada del archivo. Una puerta de madera, más gruesa que la mayoría de las ligeras paredes con cristales que hacían de separadores en los despachos, indicaba que si algo no cambiaba en toda la planta eso era el archivo general. El lugar donde se guardaban todos los resultados de los análisis de los departamentos establecidos no solo en la planta 55 sino también los de todos los departamentos de las plantas en la torre occidental de Endsville.

Abrí la puerta y pasé al interior del almacén. Abrí el interruptor de maná para encender la iluminación. Una infinidad de estanterías con carpetas y cajas se alineaban sin dejar apenas hueco para pasar entre ellas. Ahí se almacenaba el registro de cada estudio de cada experimento llevado a cabo en la torre. Si mi brazo había entrado en la torre, quedaría reflejado por escrito en algún lugar de aquella sala y sabría por dónde empezar a buscar.

El primer archivador de la derecha debía hacer las veces de índice general de todo el almacén, así que rápidamente comencé a buscar. Ahora comenzaba la parte más lenta. Esquivar a los guardias y entrar en la torre era pan comido en comparación a buscar un único informe entre todas las montañas de papeleo que se guardaban en cada piso.

Las primeras búsquedas con mi nombre y apellidos no llevaron a ninguna parte. Los nombres de las personas a cargo del experimento en el que tuve mi “accidente” me remitían a informes de otros experimentos en los que habían colaborado. Buscar una relación entre el equipo de análisis al que pertenecí y los resultados del experimento no sirvió de nada tampoco.

Hacer una búsqueda manual entre todos los archivos de las estanterías me estaba llevando mucho más tiempo del que había previsto y debía regresar rápidamente a la Fenris donde mi tripulación me estaría esperando. Todo sería mucho más sencillo si hubiese alguna manera de codificar toda la información de los papeles en maná y utilizar una máquina que realizase una búsqueda de determinadas palabras clave.

Sin esperanza de encontrar ningún resultados, me puse a mirar el índice de la letra S buscando el nombre del experimento que me arrancó los huesos cuando encontré el apellido de Spunkmeller. La anterior directora de la Comisión de Investigación y Desarrollo.


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