Diario de a bordo CXI

2 01 2011

El vestíbulo de la torre no contenía más que un liso y rectangular bloque de granito a modo de recepción que destacaba entre las finas columnas repartidas por el suelo y entre las que se encontraban los pilares centrales del edificio por los que circulaban los elevadores que transportaban al personal a las diferentes plantas. Todo desprendía un pálido tono grisáceo que parpadeaba un poco por la iluminación de las luces de maná. El vestíbulo estaba vacía excepto por el mostrador, los pilares de detrás y unas oscuras aperturas en las paredes que delataban las escaleras.

Me dirigí hacia la mesa de información para preguntar por la planta donde se encontraban los archivos generales. Confiaba en comenzar a buscar ahí alguna información relacionada con el paradero de mi brazo. En Endsville todos los materiales, objetos y mercancías eran registrados y catalogados antes de ser distribuidos a los diferentes departamentos que los habían solicitado.

El conserje que se encontraba tras el largo y sobrio mostrador cerró el tubo de comunicación por el que estaba susurrando y se acercó a atenderme de mala manera. El personal administrativo de la isla no era conocido especialmente por su carisma. En la mayoría de los casos se trataba de personal de investigación, científicos como yo, cuyas investigaciones y experimentos ya habían terminado pero, debido a que sus proyectos se clasificaban como alto secreto o los resultados revelaban información comprometedora, no se les estaba permitido abandonar la isla.

De modo que la mayoría eran conocidos antiguos científicos de renombre condenados a una vida de trámites burocráticos. Algunos de los edificios bajos de Endsville albergaban alojamiento para las familias que antiguos investigadores habían formado tras pasar tanto tiempo en la isla. Sus hijos también se veían arrastrados al mismo destino, estudiando nuevos campos científicos y sustituyendo a los viejos encargados del papeleo cuando terminaban sus proyectos. Aunque esta tendencia cada vez era menor debido al reducido número de científicas que eran trasladadas a Endsville.

Conseguí sonsacarle al conserje el lugar donde se hallaban archivados los registros de entrada así que me rodeé el mostrador hacia uno de los pilares para esperar al elevador. De pasada pude ver como el conserje abría de nuevo el tubo de comunicación, de entre todos los que sobresalían del suelo, y volvía a hablar con quien fuera que estuviese al otro lado. Los tubos de comunicación estaban huecos y permitían la comunicación entre las diferentes plantas y los diversos departamentos que albergaba cada una.

El elevador no tardó mucho en llegar. Sus puertas correderas se deslizaron y dejaron a salir a unas pocas personas. Entré y pulsé la tecla del piso 55 al que me dirigía. Me detuve un par de veces. En cada planta subió gente con batas blancas, cieníficos revisando papeles, y gente sin batas blancas, antiguos científicos que ahora formaban parte del personal del edificio.

El elevador carecía de cualquier tipo de adorno o espejo en el que pudiera fijar mi atención durante el ascenso. Todo el edificio parecía haber sido diseñado para mantener a sus empleados ocupados en sus tareas sin proporcionar nada que sirviera como tema de conversación. Cualquier cosa que rompiese la monótona palidez y destacara era susceptible de ser retirada y eliminada.

Nadie pareció prestarme atención. Y eso que vestía una gabardina roja. Nada destacaba más en aquel ascensor pálido que mi gabardina roja.


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