Terceras crónicas 23

24 12 2010

Vircof y Txus se incorporaron sobre la mugrienta tela intentando silenciar la tos de la densa humareda de polvo. Los ojos les lloraban de la suciedad que se acumulaba en el aire del cuartucho. A duras penas, consiguieron tantear un pomo de puerta y girarlo sin resultado. En vista de lo que les costaba respirar, entre tos y tos, decidieron forzar la puerta.

De un empujón la puerta cedió y la polvareda se dispersó por una galería de color pálido que se curvaba suavemente hacia un lado. No había ninguna esquina en la que ocultarse y desde la que echar un vistazo. La galería se extendía hasta donde alcanzaba la vista flanqueada por puertas cada pocos metros.

“¿Y ahora por dónde?” Susurró el artillero.

“Creo que por aquí.” Indicó el médico avanzando sigilosamente.

Vircof le siguió con menos discreción, acompañado del particular repiqueteo de sus flechas y ballestas metálicas. Txus se paró en seco, claramente disgustado por el ruido que generaban las armas de Vircof.

“Tengo una idea.” Dijo el médico.

Sacudieron un poco las telas del cuartucho por el que habían aparecido, al parecer un pequeño almacén en desuso y empaquetaron las armas de Vircof a modo de petate.

“Si alguien te pregunta, puedes decir que es tu equipaje.”

“Claro, todo el mundo pensará: ‘¡vaya! Una incorporación de última hora. Menudo corresponsal más irresponsable, llegando el último al evento periodístico del año’ ¿no?” Se burló el artillero.

“Efectivamente.” Respondió el médico orgulloso de su idea.

“Por supuesto, si. Y sin embargo nadie sospechará de su acompañante: un médico de gorro rosa que va armado con una espada y se parece sospechosamente al preso que van a ejecutar.”

La cara de Txus cambió ante la innegable obviedad que acababa de decir Vircof, de modo que entraron de nuevo en el almacén y se pusieron a revolver de nuevo en busca de algo con lo que poder disfrazar la identidad del médico mientras éste no paraba de murmurar que no tenían tiempo para semejantes tonterías.

Unos instantes después, por el pasillo caminaban dos tipos pintorescos cubiertos con telas sucias. Uno tiraba de un voluminoso petate de lona y el otro se retocaba una oscura barba de estropajo con el mango de su paraguas.


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