Terceras crónicas 22

7 12 2010

El médico y el artillero llegaron a la fachada de La Bóveda. No se veía ninguna entrada entre la niebla, ni tampoco se percibía el ruido de ningún soldado. El silencio era absoluto.

“¿Y ahora por dónde, gorrosa? ¿No conocía el camino?” Susurró Vircof.

“Conozco el camino una vez estemos dentro.” Aclaró. “Ya estaba dentro cuando recuperé el conocimiento, pero no sé por dónde está la entrada. Tenemos que darnos prisa y meternos dentro de una vez.”

“Con esta maldita niebla no se ve nada.” Protestó Vircof. “Un momento, creo que ahí hay algo.” Añadió forzando la vista.

A unos cinco metros sobre el nivel del suelo, una serie de claraboyas rodeaba el edificio. Una ráfaga de viento había apartado los jirones de la nube baja que formaba la niebla en torno al edificio, pero ya volvía a tapar los diminutos ventanucos.

“¿Qué has dicho? ¿Qué hay?” Preguntó Txus impaciente.

“He visto como unas ventanas de buhardilla pero están muy altas. Podríamos trepar y romper el cristal para colarnos dentro, pero no tenemos cuerdas.”

“Olvida las cuerdas tengo algo mejor.” Dijo Txus precipitándose hacia la pared.

Señaló con un gesto hacia arriba indicándole a Vircof si era en ése lado donde se encontraba la ventana. Siguiendo las instrucciones del artillero consiguió colocarse justo debajo. Al instante aparecieron dos médicos más que comenzaron a empujarle hacia arriba contra la pared.

“¡Espera, espera! ¿Vas a ir tu solo?” Dijo Vircof. “¡No es justo! Se supone que somos un equipo.”

Precariamente los tres médicos consiguieron alzar al artillero por la pared hasta que éste alcanzó la altura de la claraboya. Con la culata de su ballesta, Vircof rompió el cristal y echó un vistazo al interior.

“Todo despejado.” Anunció.

“Pues date prisa. Creo que oigo voces.” Se quejó uno de los médicos.

Una patrulla de soldados rodeaba el muro de La Bóveda y se aproximaba peligrosamente hacia donde se encontraban la torre humana que formaban los dos médicos que alzaban al otro médico quien sujetaba a Vircof para que este pudiese entrar por la ventana.

Vircof cayó hacia el interior del edificio dejando a la torre humana de médicos al otro lado de la pared. Tras unos segundos, que a Txus le parecieron horas según escuchaba las pisadas de los soldados acercaban, Vircof se asomó desde el ventanuco y agarró de la mano al médico que le había empujado. En un abrir y cerrar de ojos los otros dos médicos del suelo desaparecieron y dejaron a Txus colgando de la pared sostenido por Vircof desde la ventana, mientras los soldados de la patrulla pasaban por debajo de ellos sin saber qué estaba sucediendo a apenas un metro sobre sus cabezas.

Cuando se alejaron lo suficiente, Vircof comenzó a tirar de nuevo para subir a Txus y meterlo por la claraboya. Cayeron sobre unos rollos de tela llenos de polvo.


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