¡Caray! Qué viento hace en San Francisco.

12 07 2010

¡Ah, San Francisco! La ciudad de las embrujadas, las persecuciones policíacas más accidentadas, el hogar de las gemelas Olsen en padres forzosos, el puente de Mapfre, cuna del movimiento hippie y del radiante sol característico de Califoria… o eso creía yo. Tal vez se deba a que llevo solo dos días en el momento en el que escribo estas lineas, pero si algo se anda en San Francisco es fresco. Un fresco más porpio de Londres que de una ciudad californiana. Pero me estoy adelantando. Volvamos al principio.

Tras una intensísima jornada de viaje (y digo intensisima porque entre vuelos esperas en el aeropuerto, vuelos y traslados desde el aeropuerto me tiré lo menos treinta horas sin pegar ojo) bajé del taxi que cogí en el aeropuerto de San Francisco tras despedirme de las muchachas, con las que había entablado conversación mientras esperaba en Filadelfia a que saliese el vuelo, y me planté en la casa de la familia que me habían asignado. Subi las escaleras y llamé a la puerta. Me abrió una señora de unos sesenta años con quien entablé una incómoda conversación de recien llegado a las Américas. A continuación me indicó que pasara y comenzó a mostrarme un poco la casa por encima. Con cada paso que avanzaba por el pasillo mis esperanzas de encontrarme con otro ser humano de mi edad disminuían exponencialmente. Confiaba en que, aunque tuviese cuarto propio, en la casa hubiese más estudiantes con los que entablar conversación sobre el viaje o aficiones. Pero no. Solo la señora contándome cosas sobre la casa, a quien apenas prestaba atención en parte por la decepción en parte por la paliza de viaje que me acababa de pegar.

Conseguí sacar el tema de Internet y me enseñó su ordenador y un router wi-fi del que apenas tenia conocimientos sobre su manejo. La señora me dejó escribir desde su ordenador con lo que pude tranquilizar a mi familia via mail. Después de estar esos cinco minutos sentado y relajado frente al ordenador mi tráfico intestinal aprovechó el descanso para ponerse en marcha y me entraron ganas de cagar. Y las ganas se me pasaron en cuanto vi el retrete en el que tendría que soltarlo todo. Una taza casi tan pequeña como las de un cuerto de baño de colegio, llena hasta la mitad de agua (porque no tiene el ingenioso sistema de que el tubo de desagüe haga una doble S) y con la tapa y el marco cubierto de piel sintética acolchada (aquello ya debía darme una idea del tiempo que haría pero no le presté importancia) y en cuento comprobé que mi muy extenso culo no entraba en tan minúscula superficie, regresé a mi cuarto y deshice la maleta. Finalmente no me quedó otra y regresé al baño para cagar como buenamente pude.

La cama de mi cuarto tiene dos colchones entre los que desaparecí al meterme dentro y cubrirme con las sábanas, las dos mantas y la colcha (que a la mañana siguiente descubrí que se trataba de una saco de dormir rectangular desdoblado). Me costó conciliar el sueño aquella primera noche. Tal vez fuese el jet-lag, tal vez fueran los petardazos del 4 de julio que se escuchaban en la distancia, tal vez se debiese al hecho de haber dado unas ridículas cabezaditas durante los dos vuelos o tal vez fuera por el frio que tenia y que me hacía tiritar como no recordaba tiritar en mucho tiempo que no conseguía dormirme. De modo que en un acto de valor para enfrentarme a toda aquella temperatura glacial que me rodeaba, me desarropé y salí a buscar mi toalla (guía del autoestopista galáctico) y la mantita que me guardé del primer vuelo en avión.

La mañana del lunes se pasó con tranquilidad. Tras despertarme y desayunar un bol de leche con Cheerios que sabían a cartón, me entró pánico de ir solo a la ciudad asi que le pregunté si me podría enseñar el vecindario por solucionarme lo típico: dónde coger el tranvía, donde comprar el abono transportes, la lavandería más cercana y alguna frutería o droguería del barrio. Llamé a la escuela para que me confirmaran y me saltó un contestador automático que, después de soltar su discurso en inglés, me lo repitió en japones (aquello sería muy significativo en el futuro pero mi preocupación por saber si ya llegaba tarde a calse no me dejaba para más). Y es que resultaba que la festividad del cuatro de julio se posponía al lunes por haber caído en domingo, de modo que gran parte de los comercios que me iba a enseñar la señora estaban cerrados. Al regresar, como no me aptecía ir a dar vueltas como un gilipollas por la ciudad, me fui con la señora al otro lado del Golden Gate Park que tenía que enmarcar unos posters y, según me dijo, habría alguna tienda en los alrededores donde podría comprar el abono transportes y alguna sudadera que me protegiese un poco del frio. Y con eso se pasó la mañana. Dimos un par de vueltas, compré algo de fruta, un comic en una librería, gel de ducha y una esponja, recojimos los posters enmarcados y regresamos a casa. Como sabía que el alojamiento solo me incluia el desayuno y la cena, y ya eran cerca de la una y media de la tarde y la señora, como no había comido nada seguramente querría ponerse a ello, cogí mi mochila y la dije que me iba al centro a intentar localizar la academia para llegar sin perderme al día siguiente. No me perdí. Llegué directo y llamé a la puerta del piso que tenía en los papeles. Allí habia un chino-japonés-asiático que me miraba de forma rara. Resultó ser el encargado de organizar los alojamientos en las familias y, cuando vió mis problemas para arrancarme a hablar en inglés me preguntó si yo era Héctor, sorprendido le pregunté cómo lo sabía, y justo después de decirlo mi memoria hizo un flash como Dori en Buscando a Nemo en el que salía yo dejando un mensaje en el contestador tras el discurso en japonés preguntando si había clases aquel día. El caso es que en menos de cinco minutos el tipo ya me había despachado y como no tenia nada que hacer y Union Square, la plaza más emblemática de San Francisco, me aparecía de color verde en el mapa imaginé que tendría algun banco donde sentarme a leer. Recorrí el camino hasta la plaza confiando en perderme para poder perder tiempo encontrándome y hacer que la tarde se me pasar más llevadera, pero mi sentido de la orientación es demasiado bueno incluso cuando no lo necesito y llegué hasta allí sin dar rodeos. Bastante decepcionado me senté a leer. A pesar del frío otoñal del lado oeste de la ciudad, en el lado este los edificios altos y las colinas impedían que me quedase fresco y de vez en cuando un intenso sol brillaba entre nube y nube. A lo tonto me tiré tres horas sentado en la plaza, sin atreverme a caminar hacia ninguna otra parte excepto para irme a comprar un perrito caliente. A eso de las seis regresé a casa justo a tiempo de cenar con la señora. No creo que eso vuelva a suceder por la diferencia horaria: a las seis yo meriendo, no ceno. Y a pesar del cansancio acepté cuando tras cenar la señora me propuso acercarme al Walgreen’s de la zona en busca de algun forro polar. Sabiendo que mi confort térmico dependría de ello al día siguiente, acepté y regresé a casa con un cortavientos negro bastante holgado a pesar de tratarse de la talla más pequeña que tenían. Tras aquello me puse un rato con el ordenador y me acotés. Dormí un poco mejor que la noche anterior.

Cuando me levanté el martes la señora ya se había ido a trabajar, asi aque me afeité, me duché, desyuné, fregué los cacharros, hice mi cama y salí marchando a clase con el tiempo justo y sintiéndome bastante idiota por no haber considerado ayer que los pocos rayos de sol que me cayeron en Union Square terminarían por pelarme la frente. Una vez en el edificio me mosqueé bastante al verlo todo lleno de chino-japoneses-asiáticos y las piezas del puzzle comenzarona encajar: el contestador en japonés, el chino-japonés encargado de los alojamientos y la excesiva cantidad de alumnos asiáticos que me convertían en el único occidental de toda la planta. Aquella semana solo esperaban dos estudiantes: una coreana y yo. De modo que nos metieron en una clase y nos dejaron a solas con el repoductor de CD que tenía el play puesto a la grabación de la prueba de nivel. Tras terminarlo (no es por fardar pero acabé antes que la coreana) devolvimos el material a la oficina y nos dijeron que tardarían dos horas en corregirlo y que volviesemos a mediodía. Le propuse a la coreana (no me pregunteis su nombre, ya se me ha olvidado) dar una vuelta por los alrededores de la escuela a pesar de habérmelos visto el día anterior y hacer que abandonara su idea de regresar a la escuela después de tomar algo en el Starbucks de al lado. Conversamos, caminamos, comimos en un diner y regresamos a la escuela con el tiempo justo. Ambos teníamos un nivel muy alto y nos meterían en la clase avanzada. Aun así le pregunté al tipo que me estaba dando los resultados de la prueba de nivel sobre otros estudiantes españoles (iba a decir europeos, o incluso occidentales, en todo caso no-asiáticos pero no me pareció adecuado) y me respondió de que esperaban una veintena de españoles en las dos próximas semanas. Aprovechando que el primer martes de cada mes los museos son gratis, un chino, la española y yo seguimos a la profesora después de clase hasta el Museo de Arte Moderno de San Francisco, no más diferente que el de Nueva York pero igual de absurdo (y es que el arte moderno es asi, o te gusta o te partes el culo a su costa). Después de aquello la profesora, muy joven y simpática ella por cierto, nos dejó y al poco rato el chino se despidió. De modo que como no eran ni las cuatro de la tarde, le pregunté a la española, Mónica, que a dónde iba, que como no tenia nada que hacer me iba con ella. Pretendía acercarse al ayuntamiento para ver el edificio, pero de algun modo nos las ingeniamos para terminar frente a la pirámide Transamericana y seguir subiendo por el barrio italiano. Cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos muy lejos y cogimos un trolebús que estuvo atrapado por un buen rato en Chinatown. Al regresar a Market Street, tomamos el camino correcto y nos encabezamos hasta el edificio del ayuntamiento. Una vez llegamos Mónica dijo que con eso ya solo le quedaba una cosa más en su lista, y como la siguiente eran las casas victorianas y estaban a poco menos de diez manzanas la propuse de ir andando. Fue agotador con tanta cuesta arriba, pero mereció la pena y por el camino conseguí hacer conversación. Aprovecho que las casas victorianas se conocen como painted ladies y aparecen en series como Padres Frozosos y Embrujadas. Tras aquello ya empezaba a refrescar asi que pusimos rumbo a la escuela, donde ella tenía su residencia y yo podría coger el tranvía de vuelta a casa, no sin antes parar en Isotope comics, donde el dependiente, algo estrafalario, nos atendió con un peinado similar al que lleva mi hermano útimamente y un traje morado. Mientras yo miraba comics, la española le preguntaba al dependiente por tiendas de camisetas frikis. Al salir, Mónica comentaba lo peculiar del traje hasta que le mencioné que Jóker (el malo de Batman, para los no entendidos) viste de forma idéntica. Llegué a casa sobre las siete y media. La señora ya había cenado, de modo que no habia prisa. Vacié la mochila, revisé el correo y me puse a cenar justo cuando ella se iba a acostar. Y a eso de las once dejé de escribir el informe para ponerme el pijama y acostarme.

La tercera va a la vencida y el miércoles me desperté de maravilla tras haber conseguido dormir toda la noche casi de tirón. Una vez más la señora no estaba asi que repetí lo mismo que hice el día anterior a modo de rutina, pero esta vez eché Nescafé a la leche para que los cereales no me repitieran a cartón pesado a lo largo del día. Llegué a clase con tiempo el tiempo suficiente como para ver a la coreana del día anterior saliendo del Starbucks. En el primer descanso que tuvimos le pregunté a Mónica si tenia planes para por la tarde y parece ser que tenía que comprar comida para dejarla en su residencia asi que me iba a quedar solo. Como intuía que esto pasaría algún día (aunque no esperaba que fuese tan pronto) eché mano de mi plan B que consistía en comprarme algo de ropa más adecuada al clima que parece ser que iba a terminar sufriendo. Recordando la tienda de Nueva York donde me compré unos vaqueros por 19$ me acerqué a la Old Navy de Market Steet que estaba de rebajas y me probé un par de pantalones por el mismo precio, y aunque me stan bien de cintura, a lo largo de la semana me daría cuenta de que me estaban largos, porque aui te viene graduado el ancho y el alto. Aquello no me llevó más de una hora. Lo siguiente era buscar al menos dos sudaderas con las que protegerme del fresco dentro de la clase, ya que llevar el cortavientos puesto del edificio es un poco exagerado. Ardua labor la de encontrar tiendas con sudaderas ya que se encuentran fuera de temporada. Me pateé todo el centro de San Francisco por calles en las que no había estado y hasta bajé hasta Yerbabuena Gardens hasta que me di cuenta de que no encontraría de eso en el Soma. A regañadientes, me encaminé hacia una tienda GAP donde me sajaron una cantidad innecesaria de dólares por una raquítica camiseta de manga larga y una sudadera peores que las que puedes conseguir en el Decathlon a un precio más razonable. Tras aquello me senté a descansar en Union Square (me acababa de tirar casi tres horas de tienda en tienda buscando una jodida sudadera) y a recapacitar sobre la gilipollez que acaba de hacer comprando ésa sudadera a ése precio. Par calmamrme me fui a la librería Borders donde me senté a leer el primer capítulode Unbrella Academy sopesando la posibilidad de comprarlo, aunque no en este día pues ya me había dejado una considerable cantidad de dinero en esa asquerosa tienda de pijos. Sobre las seis y media me decidí a coger el tranvía de vuelta a casa. Me bajé en mi parada como de costumbre con la intención de ir a la casa, pero en el camino opté por acercarme andando a la playa, la cual, por cierto, estaba mucho más lejos de lo que me pensaba. El caso es que al llegar a Ocean Beach me fijé en que aún me quedaba un trecho para alcanzar la playa, de modo que cogí un tranvía para que me subiera las diez calles de cuesta que acaba de bajarme a pata. En la casa la señora había terminado de cenar. Hicimos algo de conversación mientras me enseñaba cómo usar la cocina eléctrica de los años setenta por lo menos aprovechando que me tenia que preparar mi propia cena, aunque al final fue ella la que con tanta explicación la acabó cocinando. Después de aquello fregué los platos, hice limpieza de papeles de todos los folletos turísticos que tenía y me puse con el ordenador durante casi tres horas antes de irme a dormir a las once y media. Cada noche me acuesto más tarde.

En lo que espero que se convierta en la segunda de una serie de buenas noches, desperté el jueves con mi rutina habitual pero llegué tarde a clase gracias a un retraso del tranvía. La clase pasó sin pena ni gloria practicando la comunicación oral en inglés con los asiáticos de clase. Conocí a Carolina, de quien me había hablado Mónica como “la otra española de clase” y a Alex, a quien ya vi en la oficina el martes. En el lunchbreak comimos en un deli extrapicante que nos estuvo incordiando hasta que salimos de clase. Como Mónica me dijo que le faltaba ver Mission Dolores el otro día, propuse ir a Mission y al Castro cuando vi que nadie tenía un plan para por la tarde. Nos pateamos todo lo ancho del Soma hasta Dolores Park (no llegamos a entrar en la catedral pero la vimos) donde habíamos quedado con Alex. Justo en ése momento Carolina tuvo que irse porque le avisaron que habría problemas en el cercanías de la bahía ya que la semana pasada un segurata disparó a un chaval afroamericano a la altura de Oakland por donde ella vivía (uno de los barrios más conflictivos dela bahía) y la resolución del juicio se celebraba aquella misma tarde, por lo que se esperaban revueltas en el tren si la sentencia no era la deseada. Tras aquello seguimos caminando hasta el Castro, donde encontré Whatever Comics cuyos dependientes podrían hacerse pasar por moteros en cualquier bar de carretera con esas barbas que llevaban y los chalecos vaqueros que llevaban, en fin, tíos duros, de no ser por el suave tono de voz con el que se hablaban al no encontrar el cómic de Alan Moore por el que les pregunté. En cualquier caso salí bastante cargado del sitio. Como las zonas importantes ya las habíamos visto y no eran ni las cinco y media, decidimos regresar al centro para ver Chinatown. Por el camino encontré una tienda de comics fuera de mi lista, Al’s Comics donde no me compré más que un número de fábulas pero con cuyo dependiente comenzamos una acalorada discusión sobre la presidencia de los Estates al preguntarle yo por un comic que vi el año pasado donde salía Obama matando zombies. El tío decía que en realidad la presidencia de los Estates la elegían las empresas y que, después de lo mal que les había ido con Bush, las grandes compañías decidieron poner a un negro para calmar a la gente. La cosa iba a más a medida que Alex le decía que él estaba seguro de que las cosas cambiarían a mejor, pero el dependiente insistía en que él lo dudaba aunque le gustaba que la gente joven pensase así. Para salir de dudas, le pregunté sobre la reforma sanitaria de la que tanto se hablaba cuando estaba yo el año pasado en Nueva York. Al parecer, según me contó, se había quedado todo en agua de borrajas y que a Obama no le estaban saliendo las cosas mejor que a Bush, simplemente era otra marioneta con otro color para tranquilizar a la gente. En cuatro años que llevo coleccionando cómics, era la primera vez que mantenía una conversación tan larga e interesante con un dependiente (el de Otaku Center no cuenta). Salimos de la tienda y subimos hasta cerca de la academia. Alex y Mónica decían que tenían los pies destrozados, asi que descartaban irse a Chinatown. Ir yo solo no tenía gracia y, aunque Mónica se despidiera de nosotros, Alex quiso llevarme al restaurante de su hermano subiendo y bajando toda Nob Hill. El restaurante en cuestión se llamaba Lalola e imitaba a un bar de tapas moderno de Madrid con gran fidelidad. Aunque solo tenía intención de pasar a saludar, acabé quedándome un buen rato después de que me dieran un vaso de agua y Alex pidiera unas bravas (de un picante que ya las quisieran en Madrid). Salí de allí invitado a ver la final del mundial el domingo. Tras aquello me despedí de Alex y sus familiares y bajé a Chinatown solo ya que era mi única referencia para regresar a la parada de mi tranvía. Me gustó bastante, yo creo que porque ya estaba casi todo cerrado y no habia gente. Hice unas cuantas fotos y me jodió bastante no ir con nadie que me pudiera sacar una foto frente a la Puerta del Dragón. Hablando con un familiar de Alex sobre mis problemas a la hora de encontrar sudaderas a buen precio me recomendó ir a Old Navy, donde me compré los vaqueros pero me dijeron que no tenían sudaderas. Pues al parecer si que les quedaban. Asi que cuando pasé al lado, con la intenciónde ver si abrían temprano para comprarme una antes de ir a Embarcadero (donde habíamos quedado al día siguiente ya que los viernes no hay clase) vi que aun estab abierto y pasé a por una con un precio más razonable que la del Gap. Llegué a mi casa pasadas la nueve. La señora hacía mucho que se había ido a dormir asi que cené rápido. Cenando vi un papelito de eventos culturales en Yerbabuena Garden, suponiendo que la señora lo dejó allí para que lo viese, lo cojí y dejé en su lugar una nota de agradecimiento. Espero que esto no se convierta en algo habitual, ayer al menos pude saludarla en persona antes de que se fuera a dormir, hoy en cambio no la había visto la cara en todo el día. Terminé de escribir el informe, revisé mi correo y me fui a dormir.

A la mañana del viernes había quedado en Embarcadero para ver los puertos. Salí de casa con tiempo para buscr una peluquería donde me pudieran hacer la trenza ya que, tras el vuelo y luego todo el viento que había por la ciudad, se me estaba empezando a deshacer. Encontré una peluquería en mi barrio donde tardaron en abrirme la puerta pero finalmente me dejaron pasar y me hicieron la trenza. Me cobraron 5$ por hacerme la trenza. Me sentí estafado una vez más. Luego la señora me contó que eso es lo normal, de modo que debe ser una conspiración de las peluquerías para estafar al público en general. Tras salir de la peluquería me fui a Embacadero a esperar a Alex y a Mónica. Subimos hasta el Pier 39 ara ver los leones marinos y encontramos una tienda para zurdos, una tienda especializada unicamente en calcetines y una con posters de películas, discos y guitarras firmados por los actores y las bandas de música (todo carísimo evidentemente, mucho más que las peluquerías). Comimos en una hamburguesería Inn-n-Out donde, a pesar de los comentarios de Alex, las hamburguesas no me dejaron impresionado, aunque aun asi seguían siendo mejores que las de McDonalds o Burguer King. Tras aquello caminamos un poco más y Alex se fue a trabajar al bar de su hermano y Mónica decía que también tenía cosas que hacer, de modo que me quedé solo. Para aprovechar el poco sol que hacía, me me fui de nuevo a Union Square a leer. Después caminé hasta Chinatown para ver las chorraditas que tienen a ver si alguna me interesaba y a eso de las cinco y media subí Nob Hill hasta donde estaba Alex trabajando. Me dijeron que hasta las seis y media no entraba (extraño, puesto que se despidió de nosotros un poco antes de las tres) asi que, para hacer tiempo, me pateé Lombard Street para arriba y ver las ocho curvas que hace en la pendiente. Harto de caminar, intenté coger un tranvía para subir Mason Street, pero a esa hora resultó que iban todos petadísimos. Alex ya estaba en el bar cuando me acerqué por segunda vez, asi que le pregunté sobre los planes del día siguiente, pero me dijo que tendría visita y estaría ocupado, de modo que quedamos en vernos el domingo, durante el partido de futbol. Regresé a mi casa temprano para poder ver a la señora y pedirle alguna sugerencia para hacer al día siguiente. Estuvimos un buen rato charlando y, finalmente se fue a dormir. Me recomendó ver el puente de Mapfre, asi que me acercaré allí mañana. Tras aquello, lo de siempre: revisar el correo, escribir el informe y a dormir.

Como no tenía nada que hacer, el sábado me quedé vagueando en la cama hasta las diez y media. Hacía frio en la habitación y la cama estaba de lo más templadita. La señora de la casa se había ido a trabajar a pesar de ser sábado, asi que me tomé las cosas con calma. Salí a la calle a eso del mediodía y me dirigí a Ocean Beach en tranvía con la intención de ver el Pacífico y comer algo en los alrededores, ya que a la hora que era, decidí no desyunar. Hacía viento, la arena estaba un poco sucia y había madusas varadas entre las conchas y los pedazos de cangrejos dispersos, pero aun así había grupos que estaban de picnic en la playa. A lo lejos se veía a unos surfistas intentando mantener el tipo con unas raquíticas olas. Salí de la playa y decidí hacerme una foto a mi mismo con el mar detrás, ya que eso era lo más lejos que había llegado nunca de mi casa. Regresé hacia Golden Gate Park buscando algun sitio donde comer. No hubo resultado. De modo que cogí un autobús que me llevase al otro extremo del parque, por donde había visto más movimiento de camino a clase y además había tiendas que quería mirar. Al final estuve más pendiente de buscar las tiendas que dónde comer, y cuando vi un McDonalds detrás de Amoeba Music no me lo pensé mucho, a pesar de que aquí los McDonalds son peores que otras cadenas de comida rápida. En la tienda de música me tiré casi una hora, buscano entre vinilos, cintas y discos compactos. Tras aquello fui a Villains buscando productos de Toddland y a Giant Robot, una tienda de manga que me decepcionó mucho, más que nada porque solo tenian blind-boxes y ni siquiera eran gashapon, sino de diseñadores americanos. Caminé hacia casa siguiendo el extremo sur del Golden Gate Park y tomé un autobús hasta el puente de Mapfre. Mirándolo en retrospectiva, debería haber ido al puente primero, pues a medida que avanzaba el viento se hacía más insoportable y las nubes comenzaban a descender. Llegué al otro lado de la bahía, donde no había nada excepto una estatua de un soldado de la marina mirando al horizonte, y me di la vuelta. Regresé con paso ligero hasta el comienzo del puente para poder doger un autobús y llegar pronto a casa. Algo pasaba con el condenado autobús que estuvimos todos los turistas esperándole durante casi media hora. Para cuando me fui, del puente solo se veía parte de la carretera, los pilares y los cables se los habían tragado las nubes. En la casa, la señora salió de su cuarto a saludarme, mañana tambien le tocaba trabajar (debe estar ayudando a una amiga suya en nosedónde por lo que me contó), me enseñó lo que tenía de cena (cada vez hay menos comida y me la tengo que preparar yo) y se volvió a su cuarto. Después de cenar retomé mi rutina de responder emails y completar el informe.

El domingo me levanté como entre semana para poder llegar a tiempo al bar del hermano de Alex, donde iban a estar viendo el partido de fútbol de España contra Holanda, vamos, la final del mundial. El tranvía llegó con retraso y, como no pensaba subir hasta Nob Hill andando decidí coger el tranvía histórico, pero cambié de idea cuando vi la cola que había para subirse y, al final, me tocó patearme toda la subida hasta el bar. Aquello estaba petadísimo, pero pude hacerme un hueco cerca de la barra y ver el partido con normalidad. Para ser el primer partido de fútbol que veo íntegro en toda mi vida, ha sabido mantener la tensión hast el último momento. La celebración después no tuvo precio. En el mismo bar, alguien descorchó una botella de champán y comenzó a regar a la peña. A medida que se fue calmando la euforia la gente se fue llendo y me esperé a poder hablar con Alex para ver si se daba una vuelta o algo. Resultó que quería descansar asi que, como contaba con esa posibilidad, me fui al Borders a leer comics ya que me habia dejado la mochila en casa para que no me estorbara en el bar y la tentación me pudo, asi que acabé comprando. Tras aquello me fui al Walgreens a hacer unas compras de comida de subsistencia y cogí el metro-tranvía hasta la calle 22 para comprar algo de fruta. Finalmente llegué a casa justo antes de que la señora hiciese la cena, de modo que me organicé un poco para mañana y cenamos. Debió leerme la mente, porque hoy había preparado un buen bol de macarrones del que repetí tres veces.


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2 responses

12 07 2010
Jesús T. "chusetto"

No, no, noooooooooooooooooooo… tus rollos insufribles nooooooooooo…

A todo esto, luego lo leo porque ahora me tengo que ir… pero a no ser que hayas mojado ya, paso de comentar de nuevo en esta entrada… xD

20 07 2010
Marta

Madre mía el tío aventurero!!! deja algo para cuando vuelvas a las Españas!! Haz muchas foticos y a la vuelta nos cuentas, un besazo guapo!!!

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