Diario de a bordo LXIV

30 04 2009

Pasaron unos segundos antes de que Vircof se atreviese a reiniciar la conversación. Parecía que estuviese echando cuentas.

“¿Cómo llamaste al capitán?”

“¿A quién? ¿A Fangorn?” Dijo Caos, “¿No conoces su nombre?”

“No. Supongo que hasta ahora no me había surgido la duda.” Admitió.

Avanzábamos ligeros sobre el sendero amarillo que ondulaba por las colinas. Desde la parte alta de las colinas podíamos divisar la tremenda explanada que formaba Elbaf. Tras abandonar las lomas prácticamente despobladas que había tras cruzar el puente que custodiaba Caos, la vegetación se volvía menos irregular hasta el punto de que ya empezaban a aflorar pequeños matorrales entre la hierba alta y los baobabs crecían cada vez más juntos. Sin embargo, aún no se conseguía divisar la breve cordillera que delimitaba la franja norte de la isla y señalaba a su vez la proximidad de la ciudad Capital.

Cuando pasábamos cerca de un tupido grupo de arbustos una bandada de pájaros echó a volar tres colinas más adelante.

“Se aproxima alguien. Escondeos.” Anunció Caos señalando que nos saliéramos del camino.

“¿Cómo sabes eso?” Preguntó Vircof. Me sorprendió que la excelente vista del artillero no hubiese percibido nada anómalo.

“Hay que aprender a leer el paisaje. Si una bandada de pájaros alza el vuelo es probable que algo les haya asustado. No hay más camino que el que seguimos nosotros así que sea lo que sea que les ha asustado se avecina en nuestra dirección.” Explicó al tiempo que nos ocultábamos en la maleza.

Caos no estaba equivocado. Apenas cinco minutos después, y a pesar de la distancia que había entre el lugar desde donde los pájaros parecían haber echado a volar, dos colosos aparecieron de detrás de la colina que teníamos enfrente, transportando un primitivo carro de dos ruedas cargado de sacos. Uno de ellos empujaba por detrás, recogiendo los sacos que se caían del carro. Por el olor lo más suave que parecían llevar los sacos era estiércol. El otro tiraba del carro en el lugar en que iría situada un buey o cualquier otro tipo de res. Aquél no era un carro de diseño coloso, de otra forma no tendría sentido el construir un carro con un diseño para reses cuando no había animales de semejante tamaño en Elbaf.

El carro intentaba ser una burda imitación de carromato de mercancías normal y corriente, pero porteado por esos dos campesinos colosos no dejaba de balancearse de forma inestable y los sacos no dejaban de caerse. Cada vez que el de atrás dejaba de empujar para recoger el saco que se caía, el de adelante cargaba con todo el peso solo y se inclinaba hacia delante para contrarrestar, con malos resultados, el peso del carro que le echaba hacia atrás. Lo correcto habría sido utilizar un carro de cuatro ruedas, o el tradicional carro de tres ruedas con la rueda principal pivotante.

Escondidos entre los arbustos ninguno de los tres que estábamos nos dimos cuenta de que Caos había desaparecido.

“¡Deteneos y presentad vuestras armas!” Resonó una voz. Caos estaba plantado en mitad del camino, con su estatura plena y con su hacha lista y en posición de ataque. “Porque he jurado ante las reliquias del Templo de Ëcatyia y por mi honor de guerrero que ningún transeúnte cruzará estos campos sin haberme derrotado antes en justo combate.”

La sorpresa de los campesinos que trasladaban el carro ante la repentina aparición de Caos de la nada hizo que el que tiraba por delante retrocediera un paso y no pudiera contrarrestar el peso de los sacos. A consecuencia de ello prácticamente la totalidad de los sacos de estiércol cayeron sobre su compañero, que empujaba por detrás y todavía no había visto a Caos.

Nada de lo anterior parecía haber hecho gracia a los colosos. Ya he mencionado que Caos no era muy alto. Los otros dos colosos le sacaban casi dos cabezas.

“¿Pero qué mierdas hace tu amigo?” Murmuró Txus desde donde estábamos escondidos.

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One response

1 05 2009
cHuSe

“Estiercol… odio el estiercol…”

Me ha gustado lo de ¿Qué mierdas? Muy apropiado… 😀

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