Diario de a bordo LIV

6 02 2009

Abandonamos la angosta zanja que trazamos por la hierba para empezar a andar por aquel sendero gigante. Desde que dejásemos la selva tropical para adentrarnos en la llanura de hierba nuestro paso por aquella inmensidad verde se delataba en el surco de hierba aplastada que dejábamos, un rastro fácil de seguir, por fortuna, confiaba en que nadie nos estuviera buscando en aquella isla. Una vez entramos en el camino nuestro avance se agilizó considerablemente, tanto que al atardecer habíamos recorrido aproximadamente la misma distancia que tanto nos costó cubrir desde que saliéramos de la jungla en busca del sendero.

Los nudosos árboles que nos protegían del intenso sol desaparecían a medida que avanzábamos por el camino, dejando en su lugar tocones inservibles. Nos estábamos acercando al puente que nos llevaría a la otra orilla. La mayoría de los baobabs en sus proximidades fueron talados para fabricar un puente en el lugar exacto donde la distancia entre las dos paredes del acantilado se hacía más corta, antes de que volviesen a aumentar su distancia y a reducir su altura cuenca arriba, en la parte septentrional de la isla.

Un par de colinas más adelante el camino se desviaba hacia el norte para detenerse a orillas del barranco, donde un puente colgante de grandes dimensiones pero de burda construcción surcaba el espacio entre las dos paredes rocosas a quinientos metros de altura sobre el torrente de agua que sonaba por debajo y que daría lugar al río por cuya desembocadura navegamos.

La entrada al puente estaba delimitada por dos troncos de árbol invertidos, que proveían de soporte al resto del puente. Una roca y un baobab eran los únicos ornamentos a ambos lados del camino. A medida que nos acercábamos al puente podíamos distinguir una pila de chatarra que asomaba por detrás de la roca.

A una docena de metros del puente escuchamos ruidos metálicos provenientes de la roca y en unos segundos la montaña de metal se alzó cobrando la forma de un soldado de la antigüedad de un tamaño colosal que sostenía un hacha gigantesca de doble filo.

“¡Deteneos y presentad vuestras armas!” Resonó una voz desde el interior de la armadura. “Porque he jurado ante las reliquias del Templo de Ëcatyia y por mi honor de guerrero que ningún transeúnte cruzará este puente sin haberme derrotado antes en justo combate.”

Caos de Elbaf

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2 responses

7 02 2009
Vircof

¿En justo combate? Y va y lo dice el cachondo que mide tres veces lo que ellos? No, si esta visto que estos guardianes son de un cachondo.. xDD

7 02 2009
Maese Fangorn

mmh… no habia pensado en ello, ahora que lo mencionas no es justo para nada… da igual, no pienso cambiarlo. Suena bien.

Y por cierto, en el dibujo son tres veces porque no me salian las proporciones. En realidad son cinco veces.

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