Diario de a bordo LIII

31 01 2009

“¿Falta mucho?” Preguntó Vircof jadeando.

Me di la vuelta para ver el panorama. Los pantalones de Vircof estaban teñidos de la savia de la hierba alta por la parte de las espinillas y Txus tenía las rodillas verdes ya que su pantalón corto no le protegía las piernas.

Hacía ya rato que habíamos dejado atrás los últimos arbustos, rescoldos de la selva de la que salimos tras amarrar el barco. Las lomas del paisaje ocultaban el horizonte cuando caminábamos por los tramos más bajos y al llegar a la parte de arriba solo se podían percibir más colinas por delante nuestro, coronadas por algún solitario baobab que crecía entre toda aquella hierba tan alta.

El río sonaba cada vez más atronador, a medida que la altura de las orillas aumentaba según nos adentrábamos en tierra. Poco quedaba ya del caudaloso y manso río por el que entramos a Elbaf, ahora un torrente resonaba por su cauce. Las paredes del barranco se hacían cada vez más angostas y, por precaución, avanzábamos dejando el sonido del agua cada vez más a nuestra izquierda para prevenir cualquier posible derrumbamiento.

“No he podido evitar pensar por qué, si nos dirigimos al norte, hemos desembarcado en la orilla sur.” Comentó el médico. Vircof aprovechó la parada para tumbarse en la hierba.

“La orilla norte no es segura. Al menos no hasta que encontremos un camino.” Respondí.

“¿No es segura? ¿Alli también hay gallinas paralizantes?” Preguntó escéptico.

“No, no hay tantos basiliscos. Pero hay otros peligros… peligros más grandes… colosales.” Murmuré. Txus me miró extrañado. “Andando, ya debe faltar poco para dar con el camino. Una vez lo encontremos caminaremos más rápido y mejor sin esta maldita hierba.”

Nos pusimos de nuevo en pie y seguimos caminando sin perder de vista el acantilado del río. La única protección con la que podíamos contar era la escasa sombra que los solitarios baobabs nos daban durante las pausas breves que nos tomábamos en nuestra caminata.

A media tarde encontramos el camino. Un sendero amplio y despejado de arena amarillenta que serpenteaba sinuosamente entre las colinas. La hierba de medio metro se detenía en los márgenes del sendero como un espeso bordillo, formando un alto escalón verde.

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