Diario de a bordo LII

21 01 2009

Sin pensármelo mucho me lancé al claro dando vueltas por el suelo hasta acabar frente a Vircof, de espaldas al basilisco. No planeé interponerme entre sus miradas y, sin embargo, el efecto paralizante dejó de hacer efecto en Vircof, que volvía a poder moverse aunque su pulso temblaba.

Tras impedir que paralizara a Vircof, el basilisco volvió a fijarse en Txus, que hasta entonces se apoyaba a cuatro patas para recuperar el aliento sin caer al suelo. Una vez más, dejó de poder respirar. Vircof cogió su ballestilla de nuevo y apuntó a la criatura antes de disparar. Por desgracia su pulso hacía que la mano le temblase y falló. La flecha de la ballesta se clavó cerca del basilisco, distrayendo su atención y en ése momento Txus se levantó con su florete y, sin dirigir la mirada al suelo, asestó un golpe vertical que seccionó el cuello del pollo.

Estuvimos un buen rato sentados en el suelo, intentando calmarnos. El basilisco había conseguido paralizar poco a poco los músculos exteriores de Vircof y Txus, especialmente de Txus, que al permanecer más rato bajo su mirada, empezaba anotar como el diafragma dejaba de responderle y se ralentizaba, impidiendo que pudiese respirar con normalidad. Por eso apenas tenía fuerzas para gritar.

Vircof se acercó al cadáver del monstruo. La cola de serpiente se sacudía poco a poco hasta quedarse quieta finalmente. Ayudé a Txus a ponerse en pie.

“Será mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes. Los cadáveres no suelen durar mucho, otras criaturas olerán carne fresca y vendrán a comer lo que puedan aprovechar.” Salimos del claro tan rápido como pudimos. “¡Vircof!” Estaba tan entretenido mirando algo en el suelo que no se dio cuenta de que nos íbamos.

“¿Ya nos vamos?” Preguntó.

“No teníamos que haber venido desde un principio.” Dije. “Ve despejando el camino. Tengo que ayudar a Txus a caminar.”

Avanzamos poco a poco hasta que la espesa vegetación empezó a hacerse más clara. El río sonaba cada vez más por debajo de nosotros y en el suelo del bosque empezaba a crecer la hierba que no crecía antes debido a que las hojas de los árboles impedían que la luz del sol llegara al suelo. Poco a poco el único rastro de vegetación era un puñado de arbustos que crecían a orillas del bosque y hierba alta. Afortunadamente, para cuando salimos de la selva, el médico ya había recobrado la movilidad.

En pocas horas el bosque tropical quedó atrás y lo único que teníamos por delante era una llanura con un precipicio a nuestra izquierda que se hacía más y más profundo a medida que avanzábamos. De vez en cuando divisábamos algún nudoso baobab que surgía de la nada entre todo el inmenso mar de hierba verde que nos rodeaba. La alta hierba nos impedía caminar con facilidad, haciendo que tuviésemos que levantar nuestras rodillas más de lo común y aplastar los brotes que teníamos delante. Caminábamos en fila india, al igual que en la selva, el primero aplastaba la mayor cantidad posible de hierba, para que el segundo y el tercero pudieran caminar con mayor comodidad. El problema es que la fatiga enseguida se hacía intolerable y teníamos que rotar, dejando al que hasta entonces estaba primero en último lugar para que sus piernas descansasen.

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