Diario de a bordo LI

30 12 2008

La jungla de la orilla había crecido considerablemente con respecto a la última vez. No recordaba que la vegetación fuese tan frondosa. Allá donde mirásemos solo encontrábamos verde. En un primer momento intenté distinguir algún punto de referencia para tratar de ubicarnos, como la roca picuda en mitad del río o los árboles cruzados, pero las viejas señales que funcionaron anteriormente ya no se podían percibir. La maleza lo cubría todo. Mi única esperanza era intentar determinar nuestra posición una vez saliéramos del bosque y comenzasen los acantilados.

“¡Ey!” Dijo Txus desde atrás.

Avanzábamos en fila india. Primero yo, sin perder de vista el río. Luego Vircof, que cada vez estaba más fatigado y sudaba a consecuencia de la humedad. Por último nos seguía Txus, que apenas hacía ruido al avanzar debido a que yo ya había despejado las ramas del camino y Vircof las había aplastado al caminar.

“¿Hemos llegado ya?” Preguntó Vircof.

“Por tercera vez, Vircof. No habremos llegado a ninguna parte hasta que no acaben los árboles. Y baja la voz.” Respondí.

Los mosquitos nos rondaban la cabeza desde todas las direcciones. Apenas conseguía abrir los ojos sin que ninguno me molestara. Las hojas crujiendo y el torrente de agua impedían que pudiéramos escuchar más allá de nuestras voces. Fue una tontería decirle a Vircof que se callara. Me detuve.

“¿Dónde está gorrosa?” Le pregunté a Vircof.

“Pues… estaba detrás de mí hace un rato.” Dijo dándose la vuelta tras comprobar que el médico no nos seguía. “¿A dónde ha ido?”

Me quedé sin aliento durante un momento antes de lanzarme tras nuestros pasos en busca de Txus. Esta isla es peligrosa para una sola persona. Grifos, lamias, basiliscos pequeños y mantícoras. Por el bien del médico esperaba que no se hubiese encontrado con una mantícora.

“¡Ey!” Oí decir a la voz de Txus entre la espesura.

A medida que me acercaba la voz del médico parecía hacerse cada vez más débil. Finalmente me le encontré en un claro, de espaldas, quieto, sin apenas moverse con su florete desenvainado y colgando de la mano. No parecía haber nada peligroso cerca y, sin embargo, algo había hecho que Txus desenvainara su arma. Eso lo hacía más sospechoso, así que me tumbé en el suelo. Las piernas de Txus no me dejaban ver qué era lo que tenía delante.

Vircof llegó corriendo detrás de mi. No me vio en el suelo y tropezó. Cayó al suelo del claro, cerca de Txus y cuando intentó levantarse del suelo volvió a caerse, como mareado. Txus se dejó caer al suelo, todavía con su florete en la mano. Le faltaba el aliento y jadeaba. A Vircof le costaba moverse. Sus manos temblaban en dirección a una de sus ballestillas, pero cuando consiguió desenfundarla se le escapó entre los dedos. Txus intentó levantarse, pero sus piernas no respondían. Se hizo a un lado y pude ver qué pasaba. Había una gallina. Una gallina verdosa con cola de serpiente permanecía de pie, con el cuello ladeado, clavando sus ojos amarillentos en Vircof. Un basilisco. Y aunque éste era pequeño su mirada era suficiente como para paralizar poco a poco los músculos de mi tripulación.

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One response

31 12 2008
chusetto

¡Ey! Gorrosa tus cojones… 😀

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