Terceras crónicas 14

23 08 2008

Tras dar vueltas por el interior del buque, Txus encontró el polvorín. Extendió un reguero de pólvora hasta la puerta y le prendió fuego. Salió corriendo en busca de la cubierta antes de ver cómo las chispas comenzasen a avanzar siquiera.

La flecha se clavó de lleno en el manojo de cuerdas. Las fibras comenzaron a deshacerse en jirones candentes hasta que una de las jarcias se desprendió soltando un latigazo en el aire. El mástil se inclinó un poco. Nadie, excepto el artillero pareció darse cuenta. Por un momento temió que el palo mayor permaneciera así indefinidamente, pero pronto el peso que soportaban los otros cabos fue demasiado y también se desprendieron. El palo comenzó a caer hacia la proa del barco y esta vez los soldados si que lo notaron.

Algunos de los soldados empezaron a gritar, avisando a sus compañeros. Los que estaban más próximos a babor de la goleta treparon hacia el buque con los mismos cabos que habían utilizado para bajar. Pero ya era tarde para detenerlo, en el buque no quedaba nadie para sujetar los cabos sueltos y detener su caída. La madera crujió cuando el palo se dobló casi a la altura de la cubierta.

La mesana cayó estrepitosamente sobre la proa. La madera de proa del buque se hinchó y se resquebrajó con una explosión ensordecedora. Unas llamaradas refulgentes y un humo negro impenetrable brotaron desde el lado de babor como si hubiese reventado el polvorín. El resultado sorprendió incluso al propio artillero.

Aunque la onda expansiva había deteriorado el buque de la Autoridad, todavía permanecía en pie. Los soldados que no estaban luchando se dirigieron al buque alarmados.

Desde el tejadillo, el artillero cargó de nuevo su ballesta con las flechas que tenían el explosivo atado y comenzó a disparar contra los soldados que proseguían con el combate. Los primeros en caer fueron aquellos que acorralaban a los dos médicos. Era una cuestión de orgullo personal para el artillero.

Al pie del palo de mesana de la goleta el coronel Janos recogió un pedazo de hielo de la cubierta.

“¡Replegaos!” Ordenó con un potente grito. “¡Regresad al buque! ¡Tapad las fisuras! Necesitamos que siga en pie para regresar.” Se volvió para mirar al capitán de la Fenris. “No sé cómo lo has hecho, pero has tenido suerte. Volveremos a vernos.” Y saltó al buque sin esfuerzo.

En la cubierta los soldados se organizaban para arreglar los desperfectos con la mayor rapidez posible. Algunos se encargaban de recoger el velamen del mástil derribado para evitar que el fuego se extendiese. Otros intentaban sofocar el fuego del polvorín para poder cerrar el boquete antes de que entrase más agua en el buque. Los demás simplemente se sorprendían al encontrar partes de la barandilla de estribor todavía humeantes y con aspecto de haber sido arrancadas de cuajo por explosiones localizadas.

El coronel Janos se acercó en silencio y se quedó mirando la oscura mancha de la madera. El segundo de a bordo, que se encontraba organizando las labores de los soldados, se acercó al coronel.

“Señor, tenemos una entrada de agua en la proa, hemos perdido la vela mayor, hay grandes desperfectos en la armura de estribor y…”

“Ya me he dado cuenta.” Le interrumpió el coronel. “Cualquier tonto se daría cuenta de esas cosas… Dime algo que yo no sepa. ¿La enfermería está dañada?”

“N-no, señor. Está plenamente operativa, de hecho, está atendiendo a nuestros efectivos más graves… señor.”

El coronel miró asqueado el tiznón irregular de la cubierta donde había caído el cubo.

“Pandilla de engendros…” Murmuró el coronel.

“Señor, ¿se ha desarrollado la operación como estaba previsto?” Preguntó el segundo de a bordo para tranquilizar a su superior.

“No. No se ha desarrollado para nada como había previsto. Pero por lo menos hemos conseguido lo que queríamos.” Dijo alzando el pedazo de hielo. Levantó la mirada para volver a dirigirse a su segundo. “Bien… ¿alguna otra novedad?

“S-si, señor… hemos… hemos tenido u-una fuga, s-señor.”

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