Terceras crónicas 12

25 07 2008

En el poco tiempo que se alejó de la goleta, el artillero pudo ver cómo el tipo de la capa azul y su capitán, con gabardina la roja, peleaban. Los soldados habían dejado un círculo a su alrededor para no interferir, no por respeto, sino por miedo. Mirando hacia atrás, a medida que se alejaba hacia la popa, vio al médico, descolgado por la barandilla, rodeando la goleta sin ser visto.

A su regreso hacia la popa de la Fenris, derribó a unos desprevenidos soldados que mantenían vigiladas las puertas de la cocina y el cuarto de derrota. La coraza de metal anaranjado los golpeó discretamente y dejándoles inconscientes. Nadie pareció notar su presencia, parecían estar más pendientes de la pelea de su superior, por lo que el artillero se refugió en la mesa de laboratorio de detrás. Tan pronto como se detuvo para comprobar si el lugar era seguro, le entraron arcadas y vomitó por la borda. Había dado muchas vueltas.

Cuando se asomó a devolver vio un arpón con una cuerda encajado en la madera. Con un gesto de dejadez alzó la espada larga como pudo y cortó el cabo. Al darse cuenta de que no había nadie a su alrededor empezó a fabricar más chismes para lanzar y a tensar sus ballestillas. Desde que sacó la espada no las había vuelto a usar.

El tercer médico rodeó la proa muy lentamente y se introdujo por una de las escotillas de los cañones del buque. Una vez dentro se dirigió a los camarotes que estaban por debajo de la línea de flotación, los habitáculos menos seguros en cualquier nave donde se mantenía a los prisioneros. El médico caminaba sin hacer ningún ruido, comprobando cada esquina antes de girar por los pasillos, avanzaba despacio y con cautela, pero con seguridad, como si conociera de antemano el sitio al que debía dirigirse.

Descendió por debajo de las bodegas a un estrecho pasillo iluminado por dos pequeñas lámparas de maná, una al pie de las escaleras y otra al final. El pasillo era casi tan largo como el propio buque de la Autoridad. La humedad del mar se notaba allí más que en ninguna otra parte del barco, de hecho le parecía estar caminando sobre la propia quilla del buque. Allí no había nadie. Tampoco llaves, pero eso no le suponía ningún problema.

En medio del estrecho pasillo se desdobló. Los dos Txus empujaron la puerta con todas sus fuerzas, embistiendo con el escaso impulso que les dejaba la poca amplitud del pasillo. Para estar en un lugar tan húmedo y de aspecto deteriorado las puertas del calabozo eran resistentes y robustas.

Al quinto intento, cuando ya estaban a punto de desistir, la gruesa madera crujió y cedió, dejando al descubierto un Txus con ropas de recluso encadenado al fondo del habitáculo. El preso no se tapó los ojos ante la repentina luz que, aunque escasa, irrumpió en la que hasta hacía unos segundos era una habitación completamente a oscuras. De alguna forma sabía que estaba viniendo a por él, del mismo modo que sabía dónde se encontraría.

Sin mediar palabra, uno de los Txus que estaba de pie recogió a los otros dos, dejando unas cadenas vacías en el espacio donde había estado el preso. Al instante cruzó el pasillo y subió por las escaleras. Ahora buscaba el polvorín y esta vez avanzaba mucho más despacio, dudando. Nunca había estado dentro del polvorín. Conocía el itinerario hacia los calabozos porque ya le habían llevado hasta allí antes, pero el polvorín era algo nuevo.

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2 responses

26 07 2008
Vircof

Un apunte: en el segundo parrafo, en la parte de “desprevenidos soldados que mantenían vigilaban las puertas” me imagino que el tiempo verbal sera “mantenían vigiladas las puertas”, no? xD
Por lo demás esto se va poniendo interesante cada vez más xD.

5 08 2008
JeSuLe

Yo me sobro y me basto para salvarme a mi mismo… en concreto, unos cuantos “yo”… 😄

Hale… ¡dale duro!

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