Diario de a bordo XVI

31 01 2008

            La muchacha estaba tirando de Vircof cuando fui a buscarle. Estaba tan concentrado en la lanza que me había olvidado por completo de él. Al parecer intentaba sacar algo de detrás de unos escudos.

“Nngff… ¡Si ves que no sale suéltalo, ya encontraras otra cosa!” Farfullaba la muchacha.

“Ya casi…” Y con un tirón se echó atrás cayendo al suelo, desmoronando la pila de escudos y levantando una densa polvareda.

“¿Qué tienes ahí?” Pregunté apartando el polverío.      Vircof estaba sentado encima de la pobre muchacha sosteniendo una ballesta.

“Cof, cof… esta toda echa de vibranium…” Dijo fascinado. Luego se dio cuenta de se encontraba sobre la muchacha y se levantó de un salto, disculpándose y ayudándola a levantarse.

            Había oído hablar del vibranium. Los proyectiles de la Autoridad se fabricaban con ése metal antiguamente. Tenía la propiedad de absorber las vibraciones y por ello nunca se desviaban de sus trayectorias. El rozamiento con el aire se veía reducido a cero y siempre impactaban allí hacia donde se apuntaban sin ningún error. Tras mucho tiempo explotando los escasos yacimientos de vibranium, el metal se acabó y nunca más se volvió a descubrir ninguna beta de la que poder extraerlo. Claro está que sólo investigaron los yacimientos costeros, nadie se atrevía a explorar la Tierras Interiores. Allí las bestias acabarían con cualquier expedición antes de que llegasen con noticias de cualquier descubrimiento.

“¿Cuánto cuestan? Me las llevo.” Dijo Vircof. Y luego me miró a mí. “¿Llevas suficiente dinero?”

            Estaba claro que aquella situación no podía continuar. Cada vez que viera algo interesante Vircof acudiría a mí para prestarle dinero, como si yo fuera su banquero personal. Es cierto que la cantidad de doblones no era problema, pero tampoco había que abusar e ir despilfarrando por todas los lugares donde atracásemos.

            Con un suspiro cogí el saco de doblones más gordo que llevaba y se lo pasé a Vircof, que me miraba ansioso esperando una respuesta.

“Ése es todo tu dinero para las próximas tres islas a las que vayamos. Adminístratelo bien.” Le dije.

“Eso son flechas de vibranium para ballesta media-larga. ¿Tu tienes una?” Preguntó la muchacha sacudiéndose la ropa. “Además son muy caras.”

“¿Tienen ballestas medias-largas en las que sirvan estas flechas?” Vircof se acercó al mostrador para hablar con el dependiente. Se notaba que la muchacha lo sacaba de sus casillas. El dependiente asintió y sacó poco a poco el material del que disponía ayudado por la muchacha.

Cinco minutos más tarde el mostrador estaba lleno de arcos, ballestas grandes, ballestillas, pequeños dardos, flechas y demás proyectiles. Entretanto yo eché un vistazo a las dagas y las armaduras.

Al poco rato Vircof ya se había gastado casi todo su dinero en dos ballestillas y una ballesta media-larga en la que usar las flechas, que también había comprado, y volvía hacia la salida con todas las armas colgando, buscando un sitio en el que sujetarlas.

“¿Ya has terminado?” Pregunté desde los escalones de salida. “¿No vas a llevarte nada más? ¿Sólo cosas para atacar desde lejos?” Vircof me miró dudando, esperando alguna reacción por mi parte, como extrañado. Imaginé que ya no le quedaban suficientes doblones.

“Joder, Vicof…” Volví a bajar las escaleras y agarré una daga y una cota de malla que había visto antes y que parecían ser de la talla de Vircof. Me acerqué al mostrador para pagar al dependiente, que estaba recogiendo todo lo que había sacado del almacén cuando mostró todas las ballestas.

“¡Ey, ey!” Dijo Vircof, acercándose y haciendo sonar todo el metal que llevaba encima. “¿Para qué quiero yo una armadura? ¿No ves que ya tengo un chaleco Lambda de cuando las Revoluciones?”

“Si, de cuando las Revoluciones. ¿Y eso fue hace cuanto? ¿Veinte? ¿Treinta años tal vez? Necesitas una protección mejor.” Le dije mientras pagaba al dependiente. Y cogí la cota de mallas. “Pero puedes llevarla debajo del chaleco. Parece muy ligera.” Y se la lancé.

“Bueno, vale. Pero no me compres una espada tan canija.” Protestó señalando a la daga.

            Miré a mi alrededor, salvo escudos y espadas orientales que destacaban entre todas las armaduras despedazadas y los cañones oxidados, lo único que quedaban eran mandobles a dos manos. Enseguida Vircof agarró una claymore casi tan alta como él, con la empuñadura muy ancha y gruesa.

“Cómprame esto por lo menos, digo yo.” Y la depositó en el mostrador.

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3 responses

2 02 2008
JeSuLe

Una Claymore? Mejor un sable láser, no?

2 02 2008
Vircof

Tu calla gayer, ke salgo yo, no tienes que decir mas xDD

4 02 2008
JeSuLe

Jo! Pues yo quiero tener un sable láser… asi que ahora me enfado y no respiro…

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