Diario de a bordo XXIV

15 01 2008

No tardé mucho en alcanzar a Vircof ya que continuaba caminando a la misma velocidad que cuando bajó del barco. A pesar de ser la hora de comer, la gente del pueblo seguía transitando por las calles al ritmo habitual. Algunos de los pocos restaurantes que quedaban abiertos tenían terrazas que se estaban llenando poco a poco. Los primeros olores a comida empezaban a inundar el ambiente.

Bajamos por la calle principal y después estuvimos dando vueltas por calles zigzagueantes hasta detenernos en un ancho cruce de callejones al que apenas llegaba la luz del sol.

“Es aquí.” Dijo Vircof con ilusión en los ojos. Subimos los tres peldaños hacia la entrada y entramos.

La armería debía llevar más de medio siglo con los mismos muebles y los mismos productos, de hecho, había telarañas colgando de las varas y espadas más antiguas. La suciedad se acumulaba en la superficie de los cañones y las armaduras de los laterales. Era tal la densidad de polvo en el ambiente que la poca luz que se filtraba por los ventanucos dejaba a su paso la silueta de las aperturas por las que entraba. La planta se encontraba por debajo del nivel de la calle, así que tuvimos que bajar ocho peldaños.

A pesar del destartalado aspecto de la tienda, la dependienta era una muchacha de unos veinte años. En cuanto nos vio descender los escalones bajó los pies del mostrador y se acercó a las cortinas de detrás que tapaban el acceso a la trastienda.

“¡Papá! ¡Clientes!” Gritó. “¡El tío de antes y otro!”

“Si ya habías estado aquí antes, ¿por qué no compraste lo que querías? ¿Por qué me has traído?” Susurré a Vircof.

“Necesitaba efectivo. Yo no tengo ni medio doblón, j eje…”

De la trastienda salió un tipo corpulento, con una densa barba negra. Parecía contento. Estaba claro que Vircof le habría encargado algo para cuando volviese.

“¡Uuuff! No esperaba volver a verle tan pronto, señor… ¡Ah! Y parece que ha traido compañía, excelente.” Dijo limpiándose con un pañuelo el poco sudor que empezaba a acumularse en su frente. “Por favor, siéntanse libres de mirar cuanto quieran. Nuestro catálogo de armas y productos derivados de artillería es uno de los más amplios del Octavo Mar…”

Vircof, enseguida empezó a hurgar entre los barriles de espadas y los proyectiles de cañón. No pude evitar fijarme en que la muchacha no dejaba de vigilarle todo el rato.

Tras un rato sin hacer otra cosa que mirar a Vircof revolver las antiguallas de la tienda pensé que tal vez no era tan mala su idea. Era verdad que parecíamos haber dado esquinazo a la Autoridad, pero llegado el caso en que nos viéramos atrapados de verdad no me vendría nada mal tener algo con lo que defenderme, los palos y paraguas que había usado hasta entonces no habían resultado ser muy fiables, por lo que decidí pedir consejo al dependiente.

“Disculpe a mi compañero. Es que… le gustan mucho estas cosas.” Comencé a decir para romper el hielo. “Verá, necesito algo que me pueda servir para defenderme en caso de estar acorralado. Algo ligero, pero consistente. Que ocupe poco y sea fácil de montar a ser posible.”

“Mmhf, ya veo… sin embargo, no le resultaría más útil una espada o un arco ¿tal vez?”

“No, quisiera algo no tan evidente como una espada, pero sí que se opere con las manos. Si le sirve de algo, tengo cierta experiencia manejando varas de caña…” Dije, intentando ayudar.

“Entonces tengo exactamente lo que necesita.” Y se agachó a abrir una trampilla que había por el otro lado del mostrador.

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One response

19 01 2008
JeSuLe

¿No me digas que es un sable láser? XD

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