Terceras Crónicas 1

26 09 2007

Centralita de la Autoridad. Dos semanas después del enfrentamiento de la Fenris contra once galeones que iban en su captura.

“¡Cinco barcos perdidos! ¡Cinco!” Comentaba indignado el vicealmirante Primero. “¿Y me está usted diciendo que luchaban contra una mísera goleta? ¿Quién es el inepto que estaba a cargo de la operación?”

El sargento apenas podía mantenerse de pie. En todos los cuerpos de la Autoridad era más que conocido el mal humor del vicealmirante Primero. Sus piernas temblaban con cada grito. Uno nunca llegaba a tranquilizarse delante del vicealmirante por muchas veces que hubiese estado ante su presencia.

“¿Y bien? No me ha contestado, sargento.” Concluyó el vicealmirante Primero, mirando fijamente al individuo que tenía escaleras abajo.

La sala de reunión estaba diseñada para intimidar en los interrogatorios. Parecía que los Altos Mandos de la Autoridad se habían tomado la destrucción de cinco de sus navíos como algo personal y por ello estaban llevando a cabo los informes de los subalternos en aquella sala.

El estrado se encontraba dos metros por encima del piso y la larga mesa donde se encontraban sentados los Altos Mandos se extendía hacia ambos lados cubriendo el ancho de la amplia sala. Los altos ventanales del lateral por los que se filtraba la luz del día se encontraban cubiertos con gruesas cortinas blancas que llegaban hasta el suelo. La única puerta por la que acceder a la enorme sala estaba custodiada por cuatro robustos soldados armados con largas lanzas que se encontraban firmes como estatuas a ambos lados de la puerta sin hacer el más leve ruido, no se les oía respirar siquiera. En el silencio que se creaba en la estancia, sólo roto por los gritos de enfado del coronel Primero, el acusado podía escuchar los latidos de su propio corazón con toda claridad. Todo eso hacía que cualquier persona que se sentase en la desvencijada silla de madera, situada en medio de la sala, recibiese la mayor presión posible y se sintiese inseguro. Ahora el sargento estaba sufriendo esas mismas consecuencias en sus carnes.

“¿Qué demonios había a bordo de esa goleta? Semejante cantidad de pérdidas sólo puede ser causada por un ejército profesional…” Interrumpió el vicealmirante Wise, cuando su compañero paró para retomar aliento antes de seguir gritando al pobre sargento. El sargento se apresuró a contestar, tartamudeando a causa de los nervios.

“S-Solo logramos a-avistar doss sujetos, vicealmirante…” Respondió avergonzado.

“¡¡DOS HOMBRES!! ¡¿Me esta diciendo, sargento, que dos hombres hundieron tres barcos y dejaron inservibles otros dos?!” Saltó enfurecido el vicealmirante Primero.

“Cálmate, Steven.” Dijo el vicealmirante Wise, poniendo su mano sobre el hombro del vicealmirante Primero para que se sentase de nuevo. “Sargento, le rogamos que sea lo más fiel a los hechos, ¿cuántas personas iban a bordo de esa nave?”

“D-Dos personas… Les digo la verdad, todos mis compañeros también los vieron…” Dijo desesperado el sargento. Miraba a ambos lados de la larga mesa, buscando entre las sillas vacías alguna mirada que le creyera. “Uno era delgado… y llevaba una gabardina rojo oscuro que le estaba ancha… y el otro era más musculoso, con una especie de peto de armadura color naranja…”

Los oficiales de la mesa comenzaron a prestar atención al sargento, incluyendo el propio vicealmirante Primero, lo que hacía que solo se oyesen sus palabras. El hecho de que el vicealmirante Primero se calmara sirvió de ayuda al sargento para continuar su explicación.

“El de la gabardina roja estaba al timón y el del peto naranja disparaba los cañones desde la bodega. No vimos a nadie más, pero suponemos que debería haber al menos un tercero en la bodega porque todos los cañones que tenía a los lados se dispararon a la vez…” Añadió el sargento, cada vez con un tono de voz más bajo.

“Bien, gracias por su ayuda, sargento. Puede retirarse.” Dijo el vicealmirante Wise moviendo la mano.

“Pero, ¿vas a dejar que se marche así?” Dijo el vicealmirante Primero girando la cabeza hacia su compañero. “¡Luke, alguien tiene que tomar responsabilidades por esto!”

“Basta ya, Steven. He dicho que es suficiente. Sargento puede retirarse.”

El sargento abandonó la sala haciendo un intento de ocultar su prisa por salir de allí. Los dos soldados con lanzas que se encontraban más próximos a la gruesa puerta abandonaron su sitio y la abrieron mecánicamente. Cuando el sargento salió la cerraron tan silenciosamente como la habían abierto y volvieron a sus posiciones.

Desde el más alejado asiento de la larga mesa, el joven coronel Janos se levantó para dirigir la palabra a los vicealmirantes.

“Ya sé quién es el capitán de la Fenris.”

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One response

1 10 2007
Maese Fangorn

No me seais gandules y escribid algo!!!!
Que si no yo luego no sé si tengo que seguir o qué, porque no sé si ya os habeis leído ésa parte…
Leñe!

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