Diario de a bordo XVIII

18 09 2007

Fecha estelar: 17 de Junio 2007, 14:41

“Es una locura,” Exclamé cuando Vircof me dió a conocer sus intenciones. “Se ve venir desde lejos.”

“Bueno, pues tu decides: es esto o esperar a que nos hundan.” Concluyó Vircof ya sin paciencia.

Había intentado convencerme de su plan durante el poco rato que las ráfagas de cañonazos de la Autoridad le permitían y ya empezaba a agotarse su vena dialogante. Apenas si nos separábamos de los barcos por una docena de metros. Parecía increíble que, a esta distancia, sólo hubiesen destruido la recién reparada cofa y agujereado la barandilla del castillo de proa.

“Está bien. Habrá que moverse rápido.” Dije resignado. A Vircof se le iluminó la cara y salió corriendo a tomar posición.

Con un golpe seco destensé las velas y desplacé la botavara a contraviento para perder el mayor empuje posible y, a continuación, de una patada, desbloqueé la corona de barbotín, de forma que el ancla del barco descendiera por debajo de nosotros. El freno que suponía el ancla bajo nosotros junto con la pérdida de impulso hizo que la Fenris perdiese drásticamente la velocidad que veníamos manteniendo. De hecho, el cambio de velocidad fue tan drástico que tuve que sujetarme a los aparejos para no caerme de lleno a la cubierta. Desde las bodegas escuché otro grito de “joder”, a Vircof también le había pillado por sorpresa la bajada de movimiento.

Inmediatamente después de soltar el ancla e iniciar la frenada, los dos navíos de la Autoridad que teníamos más cercanos y que estaban comenzando una encerrona sobre nosotros a ambos lados comenzaron a sobrepasarnos. La madera de sus cascos estaba tan cercana a nosotros que se podían distinguir los clavos que unían los tablones a las cuadernas. Sin perder un instante, agarré los dos cubos de metal que Vircof había dejado reposando en las escaleras, cubiertos con una membrana de piel para que no les entrase agua, y lancé su contenido contra los cascos de los barcos. La masa grisácea del cubo se extendió en una alargada salpicadura, pegándose al momento a la madera y comenzó a arder a los pocos segundos sin necesidad de darle fuego.

Una vez que las dos naves terminaron de sobrepasarnos, pude ver a los otros nueve galeones, prosiguiendo su avance en formación de combate. Nos encontrábamos enmedio de todos ellos. Nada más sobrepasar nuestra proa los barcos que querían arrinconarnos, se sucedieron desde las bodegas de la Fenris varias detonaciones, y segundos después los dos navíos que se encontraban a nuestra altura, pero más retirados debido al hueco que los dos barcos de la avanzadilla habían dejado al adelantarse para atraparnos, recibieron cuatro impactos explosivos. Vircof, de alguna manera, consiguió detornar los cuatro cañones de babor y estribor al mismo tiempo y asestar de lleno tres balazos, dos de los cuales abrieron dos boquetes en la eslora del que se encontraba en estribor, a la altura de la línea de flotación. El otro disparo consiguió reventar parte de la cubierta del barco de babor, mientras que el cuarto proyectil había pasado de largo, derribando algunas botavaras. Aún así suponía todo un éxito, con las botavaras desequilibradas y las velas colgando no podrían seguirnos.

Desde las dos primeras naves surgían gritos de sorpresa y terror. Al parecer habían intentado apagar las llamas con agua, pero eso sólo las había avivado más, y ahora el fuego avanzaba hacia las velas prendiendo todo a su paso, de hecho, en la primera nave, los marineros ya estaban saltando por la borda, llenos de pánico.

“¿Ves como siempre es bueno tener a mano balas huecas?” Dijo Vircof asomando su cabeza desde las escaleras que unían la cubierta con la bodega. Una alargada sonrisa de satisfacción surcaba su rostro. “Tres blancos de cuatro… todo un éxito.” Añadió contemplando cómo a lo lejos, los tripulantes del barco cuyas botavaras habían sido dañadas por el proyectil perdido intentaban recoger sus enredades velas.

“No te quedes ahí parado, todavía no estamos a salvo, hay que seguir con el plan.” Le apuré con prisas. “Será mejor que tu recojas el ancla, yo soy el que sabe cómo están unidos los aparejos con las velas.” Los galeones de la Autoridad intentaban maniobrar, por delante de nosotros, para virar lo suficiente como para seguir disparando, pero estaban demasiado próximos los unos a los otros.

Con gran rapidez, extendí de nuevo el velamen que habíamos destensado segundos antes, y orienté las botavaras para que captasen el poco viento de popa que se pudiera aprovechar para poder virar y retroceder a contraviento y, así, alejarnos de los once navíos. Los dos barcos que habían recibido el contenido de los cubos ardían en llamas y aquél de estribor que recibió los dos disparos comenzaba a hundirse inexorablemente.

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