Diario de a Bordo XIX

18 09 2007

Fecha estelar: 17 de Junio 2007, 15:15

“¿Qué haces girando?” Exclamó Vircof con sorpresa.

“Huir antes de que se recuperen, no tenemos otra opción.”

“Espera un momento, joder, apenas pueden reaccionar.” Añadió molesto mientras bajaba hacia los cañones de proa. “Dame un respiro, ahora viene el tiro de gracia.”

Desde la pequeña apertura en proa de los cañones podía oírle protestar. Al asomarme por la estrecha puerta que comunicaba la bodega donde estaban los otros cuatro cañones, todavía calientes tras las detonaciones, con el diminuto cuartucho de los grandes cañones de proa.

“… treinta y tres metros… a, pongamos, catorce nudos en línea recta… y nosotros a aproximadamente doce…” Murmuraba pensativo mientras miraba por los instrumentos de navegación que acabábamos de recoger de su bola hueca gigante unas horas antes, a la salida de Ishbal. “… supongo que con 65º bastará.”

Con gran seguridad recogió dos balas huecas, las rellenó con una variedad más espesa de la amalgama que me había hecho arrojar con los cubos a los cascos de los barcos de la Autoridad que querían acorralarnos mientras nos estaban sobrepasando, y las introdujo por las bocas de los cañones, desde donde asomaba un fino rastro de la pólvora roja que guardaba en el frasco de cristal. De entre los pliegues de la gruesa tela con la que había envuelto su equipaje antes de lanzarlo de un disparo desde el jardín de su casa, sacó las piezas de lo que era, una vez montadas, la vara de encendido.

“No he podido evitar fijarme en que se te ha olvidado ponerle mecha a los cañones.” Comenté con una ligera preocupación, señalando la parte trasera del cañón más próximo.

“No se me ha olvidado. Voy a hacer un experimento.” Dijo mientras prendía el borde de la vara sin apenas mirarme.

Comprendí que el fino rastro de pólvora roja haría las veces de mecha. Temiendo la devastadora onda expansiva de la detonación, abandoné rápidamente el cuartucho para buscar un sitio donde refugiarme de las consecuencias que podría tener en mí.

Un momento después, cuando Vircof hubo acercado la vara al borde del cañón donde asomaba el polvillo rojo, una violenta sacudida que recorrió la quilla del barco me hizo tranquilizarme. Sin embargo, había olvidado que eran dos los cañones que había en la proa y, segundos más tarde, cuando ya me había incorporado con tranquilidad, una segunda sacudida que hizo crujir la madera del barco me precipitó de nuevo abajo. No tenía ni idea de cuánto más podría llegar a odiar esa pólvora roja.

Era extraño. No se escuchaba ruido de impacto. Los ocho navíos de la Autoridad que quedaban seguían maniobrando para poder tenernos a tiro, pero lo único que conseguían era cruzar sus trayectorias y rectificar para evitar choques. Se movían muy despacio. Cuatro galeones estaban casi quietos, recogiendo del agua a aquellos compañeros que habían abandonado las naves que todavía ardían y a los que nadaban alejándose de la que se estaba hundiendo, de la que sólo se podían ver ya los mástiles. Los otros cuatro barcos se encontraban más alejados, trazando semicircunferencias para tomar empuje y lanzarse de nuevo a por nosotros.

De repente, sin que nadie lo esperara, dos de las cuatro naves que se preparaban para cargar contra nosotros explotaron. Las balas que había lanzado Vircof se habían perdido en el cielo y ahora acababan de descender, dando de lleno a los dos galeones. Con las sacudidas de los cañonazos me había olvidado por completo de ellas, estaba ensimismado viendo a los navíos. Las balas cayeron prácticamente en vertical sobre la cubierta. Primero una gran llamarada roja seguida de una densa humareda negra. Después, a medida que el polvo se disipaba, destellos naranjas indicaban que había comenzado un fuego a bordo. Los barcos alcanzados bloqueaban el paso a los otros dos.

Vircof asomó la cabeza:

“Venga, ya está, ya podemos irnos, cagaprisas.” Dijo con calma.

Viré la Fenris una vez más para que las velas pudieran sacar el todo el partido al aire que soplaba a contraviento y nos alejamos de allí a la máxima velocidad que el tiempo permitía. Después de lo que había sucedido hoy estaba claro que no tendría mucho más tiempo para tomarme las cosas con calma. Lo mejor sería acudir a algún sitio conocido, de confianza, donde poder recuperarnos. Hacía tiempo que no visitaba Elbaf.

Una ensordecedora explosión, que pudo oírse desde la lejanía en donde nos encontrábamos con respecto a la zona de la batalla, confirmó a Vircof que, al menos uno de los fuegos provocados por sus lanzamientos, había alcanzado el polvorín de a bordo. No lo sé exactamente. Cuando miré hacia atrás solo vi pedazos de madera y tela incendiados que caían al mar envueltos en llamas.

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