Diario de a bordo XII

23 07 2007

Fecha estelar: 16 de Junio 2007, 20:03

Vircof orientó la boca del cañón con un cuadrante, siguiendo las anotaciones de la libretilla.Girando una rueda dentada hacía rotar el cañón a donde le señalase la aguja de la brújula. Cuando hubo acabado sacó de su bolsa otros instrumentos de navegación como los que tenía en mi camarote y los envolvió varias veces en una tela que colgaba de un perchero del muro de la casa, excepto la brújula, que se la guardó en un bolsillo. Tras esto introdujo el paquete de los instrumentos de nuevo en la bolsa.

“Apártate, tengo que subirlo.” Vircof traía rodando una enorme bola de metal hueca con un agujero en rosca. Metió dentro de ella su bolsa y lo subió con la grúa hasta el interior de la boca del cañón. “Ya te dije que no iría cargado con todo. Ponte detrás del muro.”

Prendió fuego a un pequeño trozo de cuerda que asomaba desde la vara de metal que me había ordenado coger. Apenas si hubo prendido la mecha del cañón, tiró la vara y, corriendo, se refugió tras el muro donde me había mandado esperar.

“¡Cúbrete los oídos ya!” Gritó. Le imité con rapidez.

Apenas unas décimas de segundo después, una oleada de nubes de polvo, arena y piedrecillas sobrepasó el muro a gran velocidad, cubriendo el pequeño jardincillo lleno de escombros de una densa polvareda. La explosión había dejado en mis oídos un agudo pitido en recuerdo a la onda expansiva que había estado a punto de derretirme. Menos mal que solo duró unas fracciones de segundo, de haber sido más prolongado ahora no sería más que un charco rosa en el suelo.

Apenas si se podía respirar. Me eché un trapo a la boca. Vircof se estaba frotando los ojos, estaba tosiendo.

“¡Joder! Nunca había probado algo así.” Estaba eufórico. ” La mezcla ha funcinado mejor de lo que esperaba. Joder, me gustaría haberlo visto estallar… joder.”

El cañón había desplazado toda la tierra de su alrededor formando un gigantesco hoyo. Parecía haber sido incrustado en parte dentro del mismo terreno. Una explosión de esa magnitud habría mandado por lo aires a todo aquel que se encontrase a doscientos metros. Menos mal que el grosor del metal y el muro suavizaron la explosión lo suficiente como para poder cubrirnos a una veintena de metros. Vircof seguía gritando de entusiasmo. Supuse que a él también le pitaban los oídos.

Aún a riesgo de fastidiarle la celebración, le pregunté una vez más cuando íbamos a marcharnos de allí. Vircof dejó de saltar y recuperó las seriedad que tenía cuando le propuse el embarcarse unos minutos antes en el sótano.

“Si. Sólo me queda por hacer una última cosa más.”

Volvimos a la parte delantera de la casa. Vircof entró unos segundo mientras yo esperaba fuera. Salió vistiendo un chaleco rígido con una lambda anranjada en el pecho.

Antes de tomar el camino que nos llevara de vuelta a la Villa de la Arena, Vircof desvió hacia una pequeña roca al pie del camino. La roca estaba rodeada por cráteres y restos de explosiones, pero permanecía en pie. Estaba claro que, si todos los cráteres y desniveles del terreno habían sido provocadas por las pruebas de tiro de Vircof con sus cañones, éste había tenido mucho cuidado de no tocar esa roca de ninguna forma con sus proyectiles. Vircof rodeó la roca y yo le seguí.

Cuando alcanzé a Vircof tras bordearla, él se encontraba con la cabeza agachada.

“Lo siento… padre.” Murmuró. Dirigí mi mirada hacia aquello que estaba mirando con tanto interés. Era una inscripción grabada en rojo: “GORDON FREEMAN. PADRE.” Tres palabras que jamás pensé encontrar en un lugar como Arabasta, y que, desde luego, nunca sospeché que tuviera relación con el artillero de quien oí hablar en Lodge Town. Gordon Freeman fue, en pocas palabras uno de los mayores hombres de la Historia. Luchó contra las invasiones nórdicas durante los primeros años de las Revoluciones y realizó grandes avances en los sistemas de experimentación bioquímicos que luego tuvieron aplicaciones armamentísticas al final de las Revoluciones. Nadie supo qué fue de él tras las condecoraciones de guerra. Pensé que había muerto hace ya tiempo.

Vircof se arrodilló y comenzó a escarbar al pie de la roca hasta destapar una caja alargada de madera carcomida. Con un colpe seco la abrió y buscó entre el húmedo serrín. Tras unos segundos alzó una palanca.

” Hace tres años, derrumbé el edificio donde vivíamos mi padre y yo en la Villa de la Arena.” Comenzó a explicarme Vircof sin saber que ya estab al corriente de su pasado. “Mi padre murió en la explosión y no llegué siquiera a despedirme de él. Me desterraron. Solo tuve tiempo de recoger cuetro cosas y esto, el único objeto que lo representaba.” Se puso de pie de nuevo y, ya más serio, sacó una pequeña pelota del chaleco, la prendió fuego y la lanzó a la casa. “Cuando forjé el cañón gigante sabía que era un arma muy poderosa, ya lo acabas de ver, su potencia es incríble. No quiero que caiga en malas manos. La casa está rodeada de explosivos para que sean detonados de forma que la arena y los escombros entierren el cañón.”

Al acabar su última frase, una sucesión de explosiones en cadena entraron en combustión y demolieron la casa y todo el material del jardín junto con el resto del terreno se volcaron de forma que pareciese que allí jamás hubo nunca una casucha.

“Vámonos.” Concluyó.

Y nos pusimos rumbo de vuelta a la costa.

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24 07 2007
Vircof

Oeeeeeeeee! Pero como molo xDDDD
Sigue asi, te lo pide tu lector nº 1 xDD

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