Diario de a bordo X

9 07 2007

Fecha estelar: 16 de Junio 2007, 19:27

Tras mi último comentario la mirada de desconfianza regresó a su rostro. Ya no sabía qué mas decir para convencerle. Era cierto que nadie en toda la Villa de la Arena le querría como vecino tras la explosión de hace tres años que destruyó su casa y mató a su padre, y muy probablemente no sería bien recibido en el resto de ciudades de Arabasta, pero yo no era nadie para decirle que lo abandonara todo y se embarcase conmigo.

De todas formas tampoco tenía mucho más tiempo. Los carpinteros ya habrían terminado de reparar el barco y, con toda seguridad, los buques de la Autoridad ya habrían determinado mi paradero. Tampoco podía entretenerme mucho más en Arabasta sin arriesgarme.

“Escucha, Vircof, no dispongo de mucho tiempo. No es que quiera presionarte, pero necesito una respuesta ya.” Y era cierto, no tenía previsto perder tanto tiempo en la isla. “Me da igual la que sea, pero necesito saberla y partir cuanto antes, con o sin artillero.” Vircof volvió a sumirse en su silencio, supongo que estaría barajando todas las opciones, en cualquier caso no parecía estar escuchándome.

Le miré  sentado sobre las cajas en el sótano. Como no parecia que me fuese a dar una respuesta me levanté e hice ademán de irme. No había puesto todavía la mano en la pared para derme un impulso inicial antes de empezar a subir las escaleras cuando reaccionó.

“Está bien. Iré”

“No tienes por qué venir si no quieres.” Añadí para aclararle que aún podía rectificar su decisión, aunque con ello se fuesen mis esperanzas de conseguir un buen artillero.

“No, iré. Dame un minuto para terminar mis cosas.” Dijo levantándose y recogiendo objetos de la mesa, estantería y paredes, y echándolos en un anorme saco que habí tirado en el suelo. Eran demasiadas cosas, y todas ellas parecían muy pesadas como para llevarlas a cuestas todo el camino de vuelta.

“No es necesario que te lleves todo. Basta con que cojas algo de ropa. En el barco tengo cañones, munición y todo lo necesario. Basta con que cojas algo de ropa.”

“Tranquilo, no vamos a ir cargados con ellas. Además, sa igual qué munición tengas, no es como esta.” Seguramente se habría figurado lo que pensaba. “¿Dónde has amarrado tu barco?”

“En el muelle ocho del puerto de Ishbal. ¿Para qué lo preguntas?” Dije sorprendido.

“Vamos arriba, ya te lo explicaré.”

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